28/11/07

Los cimientos coloniales (1492-década de 1880)

Thomas Skidmore y Peter Smith
Cuando los europeos llegaron a lo que hoy constituye América Latina, encontraron tres civilizaciones importantes: la maya, la azteca y la inca. El hecho de que sigamos llamando a los pueblos nativos de este hemisferio «indios» perpetúa el error cometido por los españoles en el siglo XVI, que querían creer que habían arribado a las Indias, ricas en especias. El pueblo maya, que ocupaba la península de Yucatán situada al sur de México y la mayor parte de lo que hoy constituye Guatemala, comenzó a cimentar su civilización en torno al año 500 a. C. Sus logros más apreciados fueron de índole cultural: no sólo edificó templos exquisitos, sino que también fue precursor en arquitectura, escultura, pintura, escritura jeroglífica, matemáticas, astronomía y cronología (incluida la invención del calendario). Los mayas se organizaban generalmente en un conjunto de ciudades-estado independientes, algunas con una población que alcanzaba los 200.000 habitantes o incluso más, y desarrollaron un complejo orden social. Por razones desconocidas, la sociedad maya clásica se derrumbó, cayó víctima de la dominación (972-1200) y luego de la absorción (1200-1540) por parte de los invasores toltecas, procedentes de las tierras altas del centro de México. No obstante, los descendientes directos de los mayas han sobrevivido en el sur de México y en Guatemala hasta nuestros días. Más tarde, el espacioso valle central de México se convirtió finalmente en el emplazamiento del imperio azteca. Los aztecas, una de las tribus chichimecas que llegaron del norte para someter a los toltecas en los siglos XII y XIII, entablaron guerras constantes con sus vecinos y acabaron construyendo la ciudad de Tenochtitlán alrededor del año 1325 (en el lugar que hoy ocupa la Ciudad de México). Tras obtener el control de todo el valle de México, crearon un importante imperio, que estaba llegando a su cúspide cuando Colón arribó a la costa en el Caribe. Los aztecas se destacaron por su organización militar y su destreza para edificar ciudades ceremoniales. Su arte, exceptuando su poesía perturbadora, era inferior en sutileza y acabado al de muchas otras antiguas civilizaciones mexicanas. En su forma final, la sociedad azteca estaba rígidamente estratificada. Los esclavos ocupaban el escalón más bajo, mientras que la nobleza hereditaria se hallaba situada en el más alto. La educación, el matrimonio y el trabajo estaban programados con meticulosidad y la economía tenía carácter comunal. Gobernantes hereditarios, como Moctezuma II, ejercían un poder político inmenso. Sin embargo, a pesar de la centralización de la autoridad, los estados conquistados de las regiones vecinas no se incorporaban al imperio. Se los trataba como vasallos sometidos a tributo y a algunos –como la cercana Tlaxcala– se les permitía mantener un estado perpetuo de guerra con Tenochtitlán. Una de las razones para ello era que la religión azteca requería el sacrificio humano y los prisioneros de guerra podían utilizarse para los rituales de sangre. Los incas adoptaron un modelo de organización muy diferente. Su imperio abarcaba más de 5.000 km en los Andes, desde el norte de Ecuador, todo Perú, hasta el sur de Chile, y también el interior. Después de consolidar su dominio en el valle de Cuzco, en Perú, comenzaron a extender su imperio a comienzos de 1400 y continuaron en esta empresa hasta la conquista española en 1532. Una vez vencidos, los grupos se convertían en partes integrantes del imperio. Para fortalecer el apoyo al emperador, o inca, los nobles de las regiones conquistadas eran llevados a Cuzco y tratados como huéspedes reales, mientras que los elementos que ofrecían resistencia en las zonas de conquista reciente se transferían a otras controladas por fieles seguidores. El poder político correspondía a una burocracia con una organización muy estrecha y una estricta disciplina, compuesta en su base por equipos de funcionarios locales a quienes encabezaba un único dirigente supremo. Por ello, los incas podían ejercer una autoridad efectiva sobre la mayor parte de los Andes. Eran diestros ingenieros que construyeron un vasto sistema de carreteras (para tránsito humano y animal, ya que no utilizaban la rueda), un intrincado sistema de irrigación y una agricultura de terrazas impresionante en las laderas de las montañas. También sobresalieron en el diseño textil y en el tratamiento de lesiones de cabeza debido a su extraordinaria habilidad para trepanar el cráneo humano. Además de los mayas, aztecas e incas, había muchas otras culturas indias. Sólo en la zona de lo que hoy es México, había más de doscientos grupos lingüísticos diferentes. Los cálculos sobre la población indígena latinoamericana han variado ampliamente. Un estudioso ha establecido la cifra de 90 a 112 millones, de los que 30 millones corresponderían a México y otros tantos a Perú. Aunque este cálculo quizás sea demasiado elevado, es evidente que para las pautas europeas de finales del siglo xv las sociedades indias habían crecido mucho. Entonces llegaron los españoles.
El contexto europeo
El «descubrimiento» europeo de América (es presumible que los indios sabían dónde estaban) formó parte de la considerable expansión europea durante el siglo XV. Europa iba percibiendo el resto del mundo a medida que sus navegantes y exploradores ampliaban las fronteras del globo conocido hasta entonces. A comienzos del siglo xvii ya había desplegado redes de comunicaciones alrededor de toda la tierra y había establecido el predominio económico que moldearía el mundo moderno. Este estallido de la expansión europea lo hizo posible una combinación de factores, entre los que se hallaba la destreza técnica. El pilotaje y la navegación constituyeron ejemplos notables, al igual que la habilidad de adaptar los barcos costeros a los retos que suponía el océano abierto. Y otro ejemplo fue el armamento, que iba a hacer fuertes a los europeos enfrentados con los pueblos nativos americanos, en alguna ocasión bien armados, como en el caso de México. Un segundo factor fue la base económica, que brindó capital para la empresa marítima y militar. La tecnología sólo no resultaba suficiente. Los vikingos habían demostrado habilidad técnica para alcanzar América, pero carecieron de los recursos necesarios para establecer asentamientos y comenzar la colonización, que requería hombres y dinero. En pocas palabras, el Nuevo Mundo no iba a pertenecer a especuladores de escasos recursos u objetivos limitados. Como tercer factor, tuvo que haber un poder europeo interesado en algo más que la experiencia técnica y el beneficio. Tenía que estar dispuesto a perseguir lo desconocido con una determinación excepcional. España y Portugal se ajustaban a esta descripción. Estas monarquías católicas, con su ideal de cruzada para convertir a las masas gentiles a la verdadera religión, poseían una motivación única. España, en particular, había llegado tarde a la consolidación de su territorio contra el infiel ocupante musulmán. Portugal, aunque se había deshecho antes del intruso musulmán, también se hallaba comprometido con la expansión militante de la fe cristiana. Su arrojo estableció un precedente para que los intrusos europeos se dirigieran a América Latina durante los cuatro siglos siguientes. A pesar de toda la resistencia que ésta ofreció, iba a seguir siendo una extensión, a veces una contradicción, de la Europa que había navegado hacia el oeste en el siglo XV.
América española: de la conquista a la colonia, 1492-1600
No fue una coincidencia que Colón llegara a América el mismo año en que los españoles liquidaron la última fortaleza mora en España. La reconquista de la Península Ibérica contempló cómo los nobles guerreros cristianos se hacían con tierras y la corona estrechaba su control político. Como resultado, en 1492 había una nobleza establecida y otra en ciernes ansiosas de más conquistas, y una corona dispuesta a dirigirlas a ultramar. Así pues, los españoles llegaron al Nuevo Mundo en una conquista espiritual que ya estaba bien desarrollada en su tierra. España había representado una oportunidad moderada para prosperar en la escala social y existen pruebas considerables que sugieren que los conquistadores del Nuevo Mundo –Hernán Cortés, Francisco Pizarro y sus seguidores– llegaron a América para conseguir un puesto en la sociedad, así como riqueza. Sin duda, la motivación española era compleja. Fernando e Isabel y los monarcas sucesivos pensaron que la riqueza del Nuevo Mundo podría fortalecer su autoridad en. Europa. Muchos celosos misioneros esperaban salvar las almas de los indios infieles. Los conquistadores tenían en mente muchos objetivos: como dijo uno de ellos, «aquí venimos a servir a Dios y al Rey, y también a hacernos ricos». Pero su motivo central parece haber sido lograr nobleza y opulencia. (Alrededor de un tercio de los conquistadores de Perú provenían de la baja nobleza; dos tercios tenían orígenes plebeyos. Todos debían conseguir una posición). Con este impulso, partieron hacia un destino desconocido. En muy pocos años, habían llegado a la cima de los poderosos imperios de los aztecas e incas. ¿Cómo lo consiguieron? ¿Cómo unos cuantos cientos de españoles vencieron a unos imperios de millones de indios? Cuando Cortés partió de Cuba hacia México en 1519, sólo tenía 550 hombres y 16 caballos. En dos años y medio, con su vapuleado contingente español (asistido por refuerzos que sumaron varios cientos) había reducido a escombros Tenochtitlán, la espléndida capital azteca, y había aceptado la rendición de Moctezuma, su desalentado y perplejo rey-dios. Esta derrota se explicaría por la superioridad del equipo y las tácticas españoles: pólvora (utilizada en los mosquetes y cañones), caballos, organización y la confianza de resistir constantemente el ataque. Otro factor fue la inicial propensión de los aztecas a identificar a Cortés y sus hombres con el dios Quetzalcóatl, cuyo retorno al valle predecía un mito. También fue importante el papel de los pueblos no aztecas, como los tlaxcaltecas, que se resistían a los aztecas y les tenían resentimiento y que proporcionaron a los españoles tropas y consejos sobre las tácticas militares más convenientes. Por último, y quizás lo más importante, un brote de viruela, hasta entonces desconocida en América, diezmó a la población india, que carecía de inmunidad natural. En 1521, dos años después del inicio de la campaña de Cortés y a menos de treinta años del primer viaje de Colón, el imperio azteca había caído bajo el dominio español. Cortés no perdió tiempo en afirmar su autoridad: se hizo con garantías de lealtad de los caciques vecinos y dirigió un vigoroso esfuerzo de reconstrucción. Algunos de los factores que favorecieron a los españoles en México operaron también en Perú, pero la tarea de Pizarro se simplificó por la guerra civil que entonces arruinaba el imperio inca: el inca Atahualpa, preocupado por el conflicto local, no llegó a ocuparse de Pizarro con la seriedad requerida. La pequeña banda española había consumado la conquista en 1533. Se llevaron como botín una cantidad de oro y plata que llenaría una habitación de unos 4 x 5 m hasta la altura del brazo extendido de un hombre. El sueño de El Dorado se había hecho realidad en los Andes. La conquista española se centró en el Caribe y en las plazas fuertes de los dos grandes imperios indios, el azteca y el inca. También se emprendieron exploraciones desde los principales centros de población, pero no contaron con los hombres o los recursos para establecer el control directo en muchas de esas regiones. Su atención se concentró en especial en sus nuevos reinos de México y Perú. No se tardó demasiado en recrear muchos aspectos de su propia sociedad en América. Se proyectaron ciudades típicamente españolas y se crearon sociedades de una rica complejidad. Sometidos a un estricto control inmigratorio, llegaron toneleros, panaderos, escribanos -gente procedente de España de toda condición- a hacer fortuna en el Nuevo Mundo. El número de hombres era mayor que el de las mujeres en este éxodo. Según un estudio sobre Perú, por ejemplo, la proporción de hombres blancos con respecto a las mujeres de su misma raza era de siete a una, por lo menos. Esto no sólo ocasionó una intensa competencia por la mano de estas mujeres, sino que también llevó a tomar mujeres indias como consortes. Sus hijos de sangre mixta, casi siempre ¡legítimos, acabaron siendo conocidos como mestizos. Con el tiempo, la raza mestiza se convertiría en el componente étnico dominante de gran parte de la América española, incluidos México, Centroamérica y los países andinos. La corona española se dio cuenta pronto de que existía un conflicto de interés con los conquistadores de tendencias independientes y creó con premura una complicada burocracia para mantener la economía y la sociedad del Nuevo Mundo bajo un control firme. En España, la institución clave para los asuntos del Nuevo Mundo fue el Consejo de Indias. En ultramar, la principal unidad organizativa fue el virreinato, gobernado por un virrey nombrado por el rey. El primer virreinato se estableció en México (entonces conocido como Nueva España) en 1535, el segundo en Perú en 1544; se erigieron dos más en el siglo XVIII (véase el mapa). La Iglesia poseía estructuras paralelas, dirigidas por el arzobispo y las autoridades de la Inquisición. En la práctica, esta burocracia condujo a un intenso conflicto sobre temas de jurisdicción, pero el ingenio del sistema consistía en que una vez que se llegaba a un punto muerto, siempre se podía traspasar el problema a una autoridad superior, ya fuera el virrey o el Consejo de Indias, lo que significaba que las distintas instituciones hacían de perros guardianes unas sobre otras (además de las revistas y las investigaciones periódicas sobre el desempeño de un cargo). Aunque resulte sorprendente, otro de los rasgos del sistema era su flexibilidad. Prácticamente todos los grupos tenían cierta medida de acceso a la burocracia. Y aunque la corona retenía la autoridad última, las autoridades locales poseían una considerable autonomía, como lo demuestran algunas de sus respuestas a decretos reales: «Obedezco pero no cumplo». A pesar de sus aparentes peculiaridades, la burocracia española operó bastante bien en el Nuevo Mundo y mantuvo a las colonias bajo el dominio real durante cerca de 300 años. Apuntalando esta estructura política se hallaba un conjunto de valores y premisas que legitimaban el dominio monárquico y elitista. Tenían su origen en la aserción fundamental católica y romana, articulada con la mayor claridad por Tomás de Aquino, de que había tres clases de derecho: el divino, es decir, la propia voluntad divina; el natural, un reflejo perfecto o encarnación del derecho divino en el mundo de la naturaleza; y el humano, el intento completamente imperfecto de los hombres de aproximarse ala voluntad divina dentro de la sociedad. Nacida en el pecado original, la humanidad era falible por definición y sólo por la gracia de Dios algunas personas eran menos falibles que las demás. Por lo tanto, la meta de la organización política era elevar a los menos falibles al poder para que pudieran interpretar y ejecutar la voluntad de Dios de un modo superior. Y el gobernante, una vez en el poder, era responsable ante su conciencia y ante Dios, no ante la voluntad del pueblo. Este razonamiento proporcionó una justificación convincente para la supremacía de la monarquía española. Su origen teológico revelaba y fortalecía estrechos vínculos entre la Iglesia y el Estado. Este código, resucitado a menudo en la época poscolonial, también proporcionó, como veremos, una crítica devastadora de la teoría democrática. Andando el tiempo, los gobernantes legitimarían su poder mediante aspectos residuales de la doctrina católica y romana tradicional. La estructura económica del imperio era un reflejo de la teoría mercantilista predominante de que la actividad económica debía realzar el poder y prestigio del Estado, medido por las barras de oro o plata. Un buen mercantilismo había de presentar una balanza comercial favorable y adquirir especias o lingotes como pago. Siguiendo esta lógica, España trató de monopolizar el acceso a la riqueza descubierta en el Nuevo Mundo. El objetivo principal fue la minería, primero de oro y luego fundamentalmente de plata. Otro objetivo era mantener un control completo sobre el comercio. En contraste, la agricultura recibió al principio poca atención de las autoridades reales (excepto si se trataba de productos de exportación) y la manufactura, cuando se consideró más tarde, se desalentó de forma activa. El fundamento central de esta economía fue el trabajo indígena, que se obtenía mediante una forma u otra de coerción. Los nativos pagaban tributo a la corona y a sus emisarios. Como resultaba crítico obtener una fuerza laboral barata, la corona española, los colonizadores y los clérigos lucharon con acritud para controlar a los indios. En 1542, para reducir a los colonizadores, el rey decretó las Nuevas Leyes con el fin de proteger a los indios al apartarlos de la tutela directa de los conquistadores y ponerlos bajo la jurisdicción directa de la corona. En 1600 la corona había logrado ampliamente su objetivo, al menos en términos legales. Sin embargo, en la realidad, estos cambios sólo alteraron la forma legal de la opresión, ya que ésta persistió. Para los indios, la conquista significó sobre todo un descenso drástico de la población. Los estudiosos han discutido mucho y con dureza acerca del tamaño de la población indígena a la llegada de los españoles. Las investigaciones más fiables sobre México central sitúan la población anterior a la conquista, en 1519, en alrededor de 25 millones; para 1523 la cifra es de 16,8 millones, para 1580 de 1,9 millones y para 1605 de un millón, lo que significa un descenso total del 95 por 100. Los datos sobre Perú son menos completos, pero también evidencian un descenso continuo, de 1,3 millones en 1570 (cuarenta años después de la conquista) a menos de 600.000 en 1620, una caída de más de un 50 por 100. Aunque no se cuente con magnitudes exactas, sin duda la conquista ocasionó un desastre demográfico, atribuible en gran medida a enfermedades como la viruela, el sarampión y la gripe. Los indios supervivientes vieron socavado y distorsionado su orden social. Obligados a entregar su trabajo a los españoles, lucharon por mantener sus redes sociales tradicionales. Las tierras más fértiles fueron usurpadas por los conquistadores, quienes, en muchos casos, las dedicaron a la ganadería. Los indios contemplaron la destrucción de los símbolos de su antigua religión y se apegaron a cuantas prácticas sincréticas pudieron idear. Las enfermedades causaron más bajas entre los hombres que entre las mujeres, lo cual, al desequilibrar los sexos, condujo a una ruptura mayor de los patrones de matrimonio y de la estructura familiar. Para paliar el descenso de la población indígena, particularmente en las regiones de tierras bajas tropicales, los españoles comenzaron a importar esclavos negros de África, práctica que ya era conocida en España, Portugal y sus islas atlánticas. Entre 1518 y 1870, la América española importó más de un millón y medio de esclavos –más de un 16 por 100 del total del comercio esclavista atlántico–, la mayor parte a través de Cuba y el extremo septentrional de Suramérica, destinados al trabajo en las zonas de tierras bajas costeras. Brasil, con sus dilatadas plantaciones de azúcar, llevó alrededor de 3,7 millones. Como veremos más adelante, América Latina produjo sociedades con un gran componente multirracial, en contraste con la sociedad birracial altamente polarizada que se desarrolló en Norteamérica. Los tres componentes étnicos de la población colonial hispanoamericana –indios, europeos y africanos– se combinaron en una estructura social que se dividía por líneas de raza y función. El sector blanco, que incluía menos del 2 por 100 de la población del siglo xvi, era el más poderoso y de mayor prestigio. En ese mismo periodo, el grupo mestizo incluía a los negros libres, los mestizos (hijos de indios y blancos) y los mulatos -en conjunto, menos del 3 por 100 del total. Los indios, más del 95 por 100 de la población, se situaban en una posición única, limitada cuidadosamente y protegida por una batería de leyes reales. Había además otras relaciones sociales importantes. Una era la rivalidad entre los blancos nacidos en España (peninsulares) y los blancos nacidos en el Nuevo Mundo (criollos). Otra era la estructura de la ocupación desempeñada: la de la Iglesia, el ejército, los comerciantes o los ganaderos. Estas categorías sociales que se solapaban produjeron en la América española colonial un complejo sistema de estratificación en el que la posición social constituía la recompensa principal. El conflicto entre peninsulares y criollos acabaría dando forma a las luchas que llevaron a la independencia del dominio europeo. La interacción entre los grupos raciales no llegaba a ser tirante, sino que era tenue. Aunque se hallaba extendido el concubinato interracial, es probable que el matrimonio de este tipo fuera raro y, de producirse, seguiría gradaciones: los blancos podrían casarse con mestizos y éstos con indios, pero rara vez los blancos se casarían con indios. A medida que se extendió la consagración civil y religiosa a las uniones interraciales, en especial a aquellas en las que tomaban parte los blancos, se fueron borrando las fronteras sociales, legitimando las aspiraciones de movilidad y fomentando la incertidumbre acerca del sistema de estratificación. Indudablemente, existía movilidad, tanto social como geográfica, y los individuos podían experimentar un cambio considerable durante su vida. El matrimonio y las costumbres familiares solían dar por sentado el dominio masculino sobre las mujeres. El culto a la superioridad masculina (machismo) apareció pronto en América Latina, dentro de una amplia escala de estratos sociales y étnicos, y muchas mujeres llevaron una vida restringida. Pero, contra la imagen estereotipada, la familia tipo no siempre estaba encabezada por un patriarca masculino que presidía una gran prole de hijos. Era mucho más habitual que las familias estuvieran formadas por parejas casadas de una edad razonablemente próxima y de dos a cuatro hijos. No obstante, no todas las mujeres se casaban y las que lo hacían no permanecían en ese estado de por vida. Los datos acerca del siglo xvi son dispersos, pero ya en 1811, según los resultados de los censos, sólo el 44 por 100 de las mujeres adultas de la Ciudad de México estaban casadas. Muchas eran viudas y aproximadamente un tercio de los hogares de esa ciudad tenían a la cabeza una mujer, en parte debido a la inferior expectativa de vida de los hombres. Sea por la razón que fuere, muchas mujeres mexicanas pasaban gran parte de sus vidas como solteras.
América española: la transformación de la sociedad colonial, 1600-1750
Las colonias hispanoamericanas sufrieron profundos cambios poco después de 1600. El primer impulso vino de Europa, donde España comenzó a perder el poder que había disfrutado desde finales del siglo XV y durante el siglo XVI. Tras la derrota de la armada a manos inglesas en 1588, la tesorería real afrontó la bancarrota repetidamente, los nobles se enfrentaron a la corona, Cataluña se alzó en una revuelta y, en 1640, Portugal -desde 1580 gobernado por la monarquía española- logró reafirmar su independencia. Al mismo tiempo, España y Portugal comenzaron a perder sus monopolios sobre el Nuevo Mundo. Los ingleses, holandeses y franceses establecieron asentamientos en Nortearnérica y también se hicieron con posiciones firmes en el Caribe. Con España en declive, el resto del siglo XVII Europa buscó contrarrestar a Francia, ahora la potencia dirigente. El Nuevo Mundo se convirtió en un elemento vital para la ecuación de poder europea. Esto se hizo evidente en la guerra de Sucesión española (1700-1713), que instaló a los Borbones en el trono español y proporcionó a los ingleses el contrato (asiento) del tráfico de esclavos para las colonias españolas. En las colonias también estaban ocurriendo cambios de largo alcance. La composición étnica de la sociedad sufrió una transición profunda. La inmigración continua y el crecimiento natural convirtió a los blancos, en su mayoría criollos, en un segmento de población considerable, quizás ya un 20 por 100 en 1825. Mucho más espectacular fue el crecimiento relativo de los mestizos y las distintas mezclas sanguíneas, que pasaron de menos de un 3 por 100 hacia 1570 a aproximadamente un 28 por 100 en 1825. El cambio en la población india fue aún mayor, pese a un ligero aumento en términos absolutos: de un 95 por 100 descendió a un escaso 42 por 100. En el mismo año (1825), los negros constituían en torno al 12 por 100 de la población hispanoamericana. Según fue pasando el tiempo, los criollos comenzaron a asumir papeles activos en sectores clave de la economía, tales como la minería y el comercio. Resulta especialmente sorprendente que cada vez se hicieran con más tierras (algo que los monarcas españoles anteriores habían desalentado) y, en algunas zonas, aparecieran las grandes fincas o haciendas. Caracterizadas por su vasta extensión y el peonaje por deudas, solían convertirse en comunidades rurales casi autónomas, gobernadas por sus dueños o su capataz. Los títulos sobre la tierra eran hereditarios y la mayoría estaban en manos de los criollos. En la América española, la hacienda supuso la vuelta de algunos valores (aunque no de la estructura) de una sociedad feudal clásica. A mediados del siglo XVIII, la corona ya se enfrentaba con una orgullosa nobleza del Nuevo Mundo. El papel político de los criollos fue menos obvio. A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, ocuparon muchos puestos políticos importantes, en su mayoría de ámbito local o regional, como en los concejos municipales o audiencias. Los cargos más elevados seguían reservados a los peninsulares. Sin embargo, con el declive de España como potencia imperial, las instituciones políticas dejaron de funcionar como hasta entonces.
América portuguesa: ¿un mundo diferente?
La historia de la América portuguesa contrasta con la de la española. Bajo la casa real de Aviz, Portugal había establecido un vasto imperio con puestos de avanzada en India, China, África y algunas islas atlánticas. De hecho, se había convertido en el líder europeo de la exploración por el inteligente uso que hacía de su superioridad técnica en cartografía y navegación. En 1494, el Tratado de Tordesillas entre España y Portugal otorgó a éste la mitad oriental de Suramérica (era difícil que la línea divisoria fuera precisa en un territorio desconocido) y en 1500 Pedro Alvares Cabral, el capitán de navío portugués a quien se debe el «descubrimiento» de Brasil, reclamó ese vasto territorio para su monarca. Esta incursión en el Nuevo Mundo se diferenció de la española en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, no había una civilización india comparable a la azteca o la inca. Los tupí-guaraníes, el grupo lingüístico más extenso, vivían a lo largo de la costa, desde la actual Venezuela hasta el sur de Brasil y Paraguay, y los tapuias habitaban en el interior. Algunos indios eran caníbales y la mayoría, seminómadas, lo que significó que Brasil hubiera de ser colonizado de forma gradual en lugar de tomarse de golpe. Lo que es más importante significó que los portugueses, a diferencia de los españoles, no se enfrentaran a una civilización indígena asentada y muy organizada. Estos indios no habían edificado ciudades grandiosas ni contaban con explicaciones míticas para esta repentina intromisión extranjera. Además, no había indicios de plata u oro y, en consecuencia, no se contaba con un fácil camino a una opulencia fabulosa. La primera actividad económica importante fue la exportación de palo del brasil (de aquí el actual nombre del país), apreciado en Europa por sus cualidades como tinte. Y, con el tiempo, contrastando agudamente con la mayoría de las colonias hispanoamericanas, en la economía brasileña colonial predominó la agricultura, en especial el cultivo de la caña de azúcar. La escasez (comparado con España) de recursos humanos y minerales forzó a la corona portuguesa a valerse de medios inusuales en un intento por persuadir o atraer a sus súbditos para ocupar las posesiones del Nuevo Mundo. En la década de 1530, los reyes comenzaron a hacer concesiones masivas de poder efectivo sobre la tierra (casi en su totalidad por explorar), usualmente a militares con experiencia anterior en India o África o a favoritos personales selectos, y en cualquier caso a hombres de «sangre noble». Las donaciones de tierra fueron enormes, ya que alcanzaron unos 234 km a lo largo de la línea costera y llegaron hasta la Línea de Demarcación imaginaria (900 km o más en dirección oeste) que separaba la América española de la portuguesa. Hasta 1549 la corona no comenzó a establecer una burocracia imperial efectiva, pero su objetivo fue proteger la zona de las intrusiones francesas e inglesas y no, como en el caso de la América española, reconquistar las posesiones de los conquistadores. Por el contrario, fue la falta de presencia portuguesa lo que forzó la actuación de Lisboa. Debido en parte a que en este primer siglo Brasil recibió menor prioridad que otros dominios portugueses ultramarinos (que eran más rentables), el control monárquico se inició de forma mucho más relajada que en la América española. Incluso cuando la corona portuguesa se endureció a partir de 1549, las instituciones reales se limitaron en general a la costa atlántica, donde se podían cobrar con facilidad los impuestos sobre las exportaciones. En el ámbito local, el poder residía en los terratenientes y los consejos de las ciudades. Hasta la Iglesia era débil en el Brasil del siglo XVI, comparada con México y Perú. A finales del siglo xvi y comienzos del XVII, los terratenientes desarrollaron una lucrativa industria azucarera en el noreste brasileño. Los portugueses ya antes habían hecho incursiones tecnológicas en la elaboración del azúcar en sus islas atlánticas, tales como las Madeiras, y acabaron por confiar a los holandeses la venta al por menor del producto en Europa. Sin embargo, cultivar azúcar en América requería una mano de obra abundante. Los terratenientes portugueses se dirigieron primero a los indios brasileños, pero, como en México y Perú, pronto cayeron víctimas de las devastadoras enfermedades europeas. Los supervivientes huyeron a menudo hacia el interior. Aunque los portugueses siguieron explotando a los indios hasta bien entrado el siglo xviii, tuvieron que buscar en otro lugar un abastecimiento de mano de obra satisfactorio. La fuente obvia era África. A comienzos de 1500, los españoles y portugueses ya tenían medio siglo de experiencia en cuanto al trabajo de los esclavos africanos, tanto en sus países como en las islas atlánticas: las Canarias (España) y Madeiras (Portugal). Pero hasta la década de 1580, los portugueses no consideraron que hubiera un beneficio potencial suficiente para garantizar su importación. A pesar de ello, en 1650 el noreste de Brasil ya se había convertido en la mayor fuente mundial de caña de azúcar, producida en general mediante mano de obra esclava. Sus exportaciones de azúcar se estimaban en 2,5 millones de libras esterlinas, lo que hacía al noreste costero brasileño la región quizás más rica de todas las Américas. Otras potencias europeas quisieron participar del auge azucarero. Los ingleses y holandeses llevaron una nueva tecnología, que acabó haciendo del Caribe el productor de caña más importante del mundo. Los holandeses invadieron Brasil en 1624 y controlaron el noreste rico en azúcar hasta que una alianza entre los plantadores portugueses, los comerciantes y las tropas de mestizos y mulatos los arrojaron al océano en 1654. Pero los portugueses nunca iban a volver a acercarse al monopolio de la producción azucarera del Nuevo Mundo que habían disfrutado antes. En las regiones central y sur de Brasil, la economía empezó centrándose en la cría de ganado y, lo que fue más importante, en las incursiones de los esclavos contra los indios (a quienes se embarcaba a menudo hacia el noreste). Como se lamentaba un misionero jesuita, «el verdadero propósito» de esas expediciones «era capturar indios: arrancar de sus venas el oro rojo que siempre ha sido la mina de esa provincia». Efectuadas por los bandeirantes, cuya posición legendaria en la historia nacional recuerda una mezcla entre los buscadores de oro californianos y los vaqueros norteamericanos, estas incursiones extendieron el control portugués sobre el interior brasileño. Además llevaron al descubrimiento de la riqueza en minerales que había esquivado a los portugueses durante tanto tiempo. En la década de 1690, se encontró oro en Minas Gerais y la gente afluyó a la zona. Se localizaron diamantes en 1729 . La minería alcanzó su cumbre en 1750, con una producción anual de 3,6 millones de libras esterlinas, aunque el bajo nivel tecnológico contribuyó a que declinara a finales de la década de 1700. Esta etapa también produjo un breve auge en la exportación de algodón, pero Brasil habría de esperar hasta el «boom» del café en el siglo xix para recobrar gran parte de su prosperidad. La economía colonial de Brasil se había creado para la exportación. Era «la plantación del rey». La estructura social resultante reflejaba la inversión que la corona portuguesa había efectuado. La consecuencia humana más importante fue la honda presencia de los esclavos africanos. Ya en 1810 se habían llevado a Brasil más de dos millones y medio de africanos, cerca de un tercio del tráfico esclavista atlántico de esa era. Los negros eran un importante componente de la sociedad americana portuguesa, en contraste con la mayoría de las zonas de la América española. Como muestra el cuadro 1.1, los negros sumaban casi la mitad de la población brasileña total hacia 1825, en comparación con el 12 por 100 de la América española, y el grupo mestizo, fundamentalmente mulatos, añadía otro 18 por 100. En conjunto, quizás dos tercios de toda la población brasileña de comienzos del siglo xix tuviera ascendencia total o parcial negra.
CUADRO 1.1. Composición racial de la primera población de América Latina América española Américo portuguesa 1570 (%) 1825 (%) 1570 (%) 1825 (%) Blancos (definidos legalmente o por convención social) 1,3 18,2 2,4 23,4 Grupo mestizo (mestizos o mulatos) 2,5 28,3 3,5 17,8 Negros (incluidos con el grupo) 11,8 (incluidos con el grupo) 49,7 Indios 96,2 41,7 94,1 9,1 Total 100 100 100 100 Fuente: Adaptado de Richard M. Morse, «The Heritage of Latin America», en Louis Hartz, ed., The Founding of New Societies, Nueva York, Harcourt, Brace & World, 1964, p. 138.
Esta sociedad colonial multirracial estaba altamente estratificada, según la escasa investigación efectuada hasta la fecha. Era raro el matrimonio interracial, ya que no alcanzaba más de un 10 por 100 del total y, como en la América española, seguía líneas de gradación: los blancos podían casarse con mulatos, pero casi nunca lo hacían con negros. El concubinato y las uniones consensuales eran más frecuentes entre los negros que entre los blancos. Como en la Ciudad de México, en una muestra de comunidades coloniales brasileñas, cerca de un tercio de las unidades familiares tenían al frente a una mujer sola. Una segunda e importante faceta de la estructura social era la división interna que existía en el estrato dirigente blanco, en particular entre los terratenientes nacidos en Brasil y los comerciantes nacidos en Portugal. Esta diferenciación recordaba el conflicto criollo-peninsular de la América española y podía dirigir un movimiento independentista. Cuando se hizo evidente, los políticos europeos cortaron el proceso de raíz. En cualquier caso, el control más suave ejercido por la corona había generado menos resentimiento entre los colonos que en la mayor parte de la América española. La integración de la América portuguesa en la economía occidental como zona periférica recordaba la de la América española, pero con algunas diferencias notables: en primer lugar, durante dos siglos Brasil no contó con el oro y la plata que obsesionaron a los españoles en México y Perú; en segundo lugar, la principal contribución de Brasil hasta el siglo XVIII fue la agricultura, no la minería; por último, y quizás lo más importante, Portugal había desarrollado un sistema más simple para asegurarse ingresos de su apreciada colonia («la vaca lechera», como se la conocía en Lisboa). A diferencia de España, Portugal no desplegó una vasta red de burocracia para recaudar impuestos y controlar el mercado interno. Por el contrario, se concentró casi por completo en gravar las exportaciones brasileñas. Como resultado, Brasil ofreció menos potencial que la América española para alimentar una poderosa alianza de intereses coloniales que se rebelara contra la autoridad política de la madre patria.
Las raíces de la independencia
Los movimientos independentistas que llevaron a la creación de la mayoría de las actuales naciones latinoamericanas deben sus orígenes a acontecimientos acaecidos en Europa. No fueron radicales en su mayor parte y ninguno ocasionó cambios cataclísmicos en el orden social. Gran parte del impulso resultó ser conservador y conformó la dirección de las jóvenes repúblicas a comienzos del siglo XIX. Nuestra historia comienza en Europa. Los Borbones españoles, cuya familia había accedido a la corona en 1713, habían tratado de contrarrestar el declive de España, tanto en Europa como en América. Con la esperanza de apuntalar las defensas del Nuevo Mundo contra las potencias europeas rivales, a la vez que aumentar los ingresos de la corona, impusieron reformas administrativas y políticas de largo alcance. Una consistió en crear nuevos virreinatos: uno en Nueva Granada (primero en 1717 y de nuevo en 1739) y otro en Buenos Aires (1776). Además, Carlos III (1759-1788) reemplazó el complejo aparato administrativo de los Habsburgo por el sistema de intendencias. En la práctica, supuso el reemplazo de los odiados corregidores de la América española por los intendentes, gobernadores locales directamente responsables ante la corona, no ante el virrey. Casi todos ellos eran peninsulares en lugar de criollos americanos, probablemente para asegurarse la lealtad al monarca. Los intendentes estrecharon mucho el control de la corona sobre el gobierno, pero también entraron en colisión con los prósperos criollos, muchos de los cuales se habían beneficiado de una administración relajada. Este giro puede verse en la administración de los tribunales locales. Como los Habsburgo de finales del siglo xvii necesitaban fondos de forma desesperada, pusieron a la venta los cargos de los tribunales, como ya antes había hecho Felipe II. Quienes los compraron eran criollos y, en 1750, de 93 jueces, 51 eran nacidos en América. Los monarcas borbones cambiaron la tendencia y en 1807 ya sólo 12 de los 99 jueces eran criollos. Finalmente, los criollos decidirían buscar en otro lugar puestos de autoridad y prestigio. Uno de los lugares donde los buscaron fue en los concejos municipales o cabildos, que funcionaban a duras penas a comienzos del siglo XVIII. No siempre hallaban compradores ávidos los cargos del cabildo. Sin embargo, con la llegada de los intendentes, un sistema tributario más eficiente les proporcionó un aumento de ingresos y la reafirmación de su función. De este modo, los cabildos se convirtieron en la base institucional de la autoridad criolla. Carlos III también trató de aumentar el poder real estrechando su autoridad sobre la Iglesia. El paso más trascendental fue la expulsión de la orden jesuita de toda la América española en 1767, a la que consideraba un estado dentro del estado, una fuente de poder y riqueza rival. Sus mejores propiedades se subastaron y lo recaudado, por supuesto, fue a la corona. Los militares eran otra fuente de poder. Para guardarse de amenazas y aplastar cualquier posible rebelión, el rey decretó el establecimiento de milicias coloniales, una excelente fuente de prestigio para los criollos hambrientos de posición. Pero también alteró el equilibrio militar. Por ejemplo, en 1800 sólo había 6.000 miembros del ejército regular español en el virreinato de Nueva España, en comparación con los 23.000 miembros nacidos en América de la milicia colonial. Fue el cimiento del ejército patriota que después lucharía por la independencia. Los Borbones deseaban de forma especial promover el desarrollo económico colonial para fortalecer su posición en Europa. En 1778, Carlos III promulgó un decreto de libre comercio, que significó que los 24 puertos de la América española podrían comerciar desde entonces directamente con cualquier puerto español o entre sí (pero no con un puerto que no perteneciera al reino español). El comercio ya no estaría restringido a los cuatro puertos coloniales (Veracruz, Cartagena, Lima/Callao y Panamá) o sujeto al monopolio de Cádiz. De inmediato, Buenos Aires comenzó a beneficiarse de la medida. De hecho, el comercio de contrabando había florecido durante mucho tiempo en esas rutas anteriormente prohibidas. Pero la corona aumentó sus ingresos de aduanas, ya que ahora cobraba impuestos a los bienes que antes pasaban de contrabando. Por esta razón en parte, la economía colonial floreció bajo los Borbones. El puerto de Buenos Aires, un pueblo pequeño y sin lustre en 1776, se había convertido en una ciudad de 50.000 habitantes en 1800. En la década de 1790, México acuñaba tres veces más plata y oro que lo había hecho en la década de 1740. El comercio prosperaba al terminar el siglo. La política borbónica parecía ser un éxito. La administración se hizo más eficiente, mejoraron las defensas, se intensificó el comercio y aumentaron los ingresos del gobierno. Pero había malestar entre los criollos por muchos de estos cambios, que amenazaban (y a menudo lo conseguían) con reducir su posición e influencia. Fue este reto a su posición, más que la influencia del pensamiento ilustrado o el ejemplo de las colonias inglesas de Norteamérica, lo que acabó impulsando a los dominios hispanoamericanos a optar por la independencia. Sin duda, había existido una resistencia colonial. En 1780, Túpac Amaru II, sosteniendo que era el descendiente directo de los incas, encabezó una revuelta indígena con un ejército cercano a los 80.000 hombres. Se tardaron dos años de lucha brutal en sofocar las insurrecciones que barrieron el sur de Perú y Bolivia. En 1781, los ciudadanos de Socorro, en Nueva Granada, protestaron de forma violenta contra la subida de impuestos y el disturbio se extendió por gran parte del virreinato. Aunque los patrióticos historiadores latinoamericanos suelen describir estos sucesos como «precursores» de los movimientos de independencia encabezados por los criollos del siglo xix, no fue este el caso. En lo que respecta a Túpac Amaru II, algunos rasgos de su insurrección apuntan hacia la independencia, pero en términos de liderazgo indígena, que nunca habrían obtenido un apoyo criollo sólido. En la rebelión de 1781 en Nueva Granada, los que protestaron no buscaban la independencia de la corona española; protestaron dentro del sistema, no contra él. Entonces, ¿cómo llegó la independencia? Una vez más, el destino de América Latina lo determinó la política dinástica en el Viejo Mundo. Tras haber tratado de ayudar a los Borbones franceses a salvar su corona sin conseguirlo, España se alió con el régimen revolucionario francés en 1796, pacto que llevó de forma directa a la aniquilación de la armada española en la batalla de Trafalgar (1805). Mientras tanto, Napoleón Bonaparte, ahora dictador de Francia, en 1807 ocupó Portugal, aliado de Inglaterra desde hacía tiempo. Napoleón alcanzó las colinas de Lisboa justo cuando la armada real inglesa se llevaba a Brasil a la casa real de Braganza y a su corte. Luego volvió a España. En 1808 ocupó Madrid, instalando a su hermano, José, en el trono español. Este acto fue el que impulsó a los colonos a la revuelta. En España hubo resistencia a José cuando los partidarios de Fernando VII se unieron a la causa. Se estableció una junta en Sevilla para gobernar en nombre del rey Fernando. En 1810 la siguió un parlamento, o cortes, dominado por los liberales que se habían desplazado al vacío creado por la ausencia del monarca. En 1812 proclamaron una nueva constitución, que afirmó la autoridad del parlamento, abolió la Inquisición y restringió el papel del rey.
La respuesta colonial
Cuando Napoleón colocó a su hermano en el trono español, los criollos lo rechazaron como impostor, como habían hecho la mayoría de españoles. Como España ya no tenía gobierno, sostenían los colonos, la soberanía revertía al pueblo. ¿Podía esta lógica extenderse como argumento para la independencia? No obstante, no hubo nada ineludible en la sucesión de acontecimientos que sorprendieron a la América española. Ni la Ilustración europea ni el ejemplo de la Revolución americana por sí solos habrían fomentado las rebeliones. Sin la intervención de Napoleón, las colonias hispanoamericanas quizás hubieran seguido siéndolo hasta bien entrado el siglo XIX, como fue el caso de Cuba. Uno de los focos de resistencia contra Napoleón fue Buenos Aires, asiento del virreinato más reciente, cuyo cabildo ya había adquirido una notable autoridad. En 1806, un escuadrón inglés ocupó la ciudad y puso en fuga al virrey hacia la ciudad interior de Córdoba. Un ejército de ciudadanos expulsó a los ingleses y en 1807 los echó con cajas destempladas cuando atacaron por segunda vez. Así que fueron los criollos, no las autoridades virreinales, quienes lograron defender a Buenos Aires de la invasión, lo que demostró a la vez la debilidad de la corona y la capacidad de la ciudadanía. Otro asunto pendiente en la región de Río de la Plata era el comercio libre. El decreto de 1778 lo había abierto de forma parcial para Buenos Aires, que ahora podía embarcar bienes rumbo a España directamente, en lugar de hacerlo a través de la larga y tortuosa ruta por vía terrestre hasta Panamá y después por el Atlántico. Pero era Inglaterra, y no España, la que ofrecía el más prometedor mercado para las pieles y la carne en salazón. Así pues, floreció un comercio de contrabando y el deseo argentino de un comercio abierto con otros países europeos se intensificó. En 1809, después de que Napoleón hubiera desalojado a Fernando VII, un joven abogado llamado Mariano Moreno pidió que se hiciera el experimento durante dos años de liberar totalmente el comercio. Sostenía que tal paso fortalecería las lealtades a la corona española y proporcionaría un aumento de beneficios, ya que podían gravarse impuestos sobre el comercio legal pero no sobre el tráfico de contrabando. Ese mismo año más tarde, el virrey concedió a Buenos Aires una libertad de comercio limitada con las naciones aliadas de España o neutrales en las guerras napoleónicas. Una vez más, la elite de Buenos Aires paladeó el éxito político. Cuando las fuerzas napoleónicas pusieron sitio a los centros de resistencia borbónicos españoles en 1810, los ciudadanos influyentes se reunieron y decidieron crear una «junta provisional de las Provincias del Río de la Plata, que gobernaría en nombre de Fernando VII». Aunque hasta 1816 el congreso no declararía formalmente la independencia, se había establecido la pauta. En 1810 surgió en Caracas un movimiento similar, cuando el cabildo municipal depuso al capitán general español y organizó una junta para gobernar en nombre de Fernando VII. Al igual que en Buenos Aires, el grupo insurgente estaba formado fundamentalmente por criollos acaudalados. Sus dirigentes tenían puntos de vista más firmes. El más famoso, Simón Bolívar, quería la independencia de América desde el comienzo. Nacido en el seno de una acaudalada familia criolla de Caracas en 1783, Bolívar se quedó huérfano a los nueve años. Le enviaron a España a completar su educación y regresó a su ciudad después de tres años con una joven esposa española, que a los pocos meses murió de fiebre amarilla. Bolívar quedó deshecho y nunca se volvió a casar (Sin embargo, no se privó de compañía femenina). Con su personalidad magnética, encantadora y persuasiva, inspiraba lealtad y confianza entre sus seguidores. Conocedor de las ideas de la Ilustración, juró en 1805 librar a su tierra natal del dominio español. En julio de 1811, el congreso reunido para gobernar Venezuela respondió a sus expectativas declarando la independencia. Pero la regencia pro fernandina de Sevilla resultó ser más flexible de lo que se hubiera esperado y envió tropas para aplastar esta rebelión advenediza. Junto con los negros y luego los ¡laneros de los llanos venezolanos del interior, las fuerzas españolas vencieron a las tropas coloniales a las órdenes de Francisco de Miranda. El mismo Bolívar tuvo que escapar a Nueva Granada, pero regresó en 1813 a Venezuela y obtuvo una serie de asombrosas victorias militares, triunfos que le valieron el título de «el Libertador». Pero de nuevo se inmiscuyeron los acontecimientos europeos. En 1814, Fernando VII volvió al trono español, anuló la constitución liberal de 1812 y se restauró como monarca absoluto. Muchos criollos llegaron a la conclusión de que, como el rey había vuelto, no había razón para continuar su movilización. Entonces Bolívar vio mermados sus hombres y municiones. Tras una serie de derrotas, no le quedó más opción que huir otra vez a Nueva Granada y luego a la isla inglesa de Jamaica. Esperaba que América española se convirtiera en una sola nación, pero sabía que había pocas probabilidades. Estaba mucho más influido por los fracasos recientes para establecer un gobierno republicano en Venezuela. La democracia republicana «es más que perfecta y demanda virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros. Por la misma razón, rechazo una monarquía que es en parte aristocracia y en parte democracia, aunque con tal gobierno Inglaterra haya logrado mucha fortuna y esplendor». Así que Bolívar concluía: «No adoptemos el mejor sistema de gobierno, sino el que tenga más posibilidades de éxito». En Nueva España, los acontecimientos tomaron un curso diferente. En un golpe preventivo contra los patriotas criollos, los peninsulares expulsaron al virrey José de Iturrigaray en 1808 y de inmediato reconocieron la regencia de Sevilla. La Ciudad de México estuvo en firmes manos leales hasta 1821. Las provincias de Nueva España, en particular las situadas al norte de la capital, fueron otra historia. Ya en 1810 un grupo de criollos prominentes, incluido un cura llamado Miguel Hidalgo y Costilla, planeaban hacerse con la autoridad en nombre de Fernando. Cuando se descubrió el complot, Hidalgo decidió actuar. El 16 de septiembre de 1810, en el pueblecito de Dolores, lanzó un apasionado llamamiento a las armas. "Y, curiosamente, no fueron los notables locales quienes se le unieron, sino los sufridos mestizos e indios. Se congregaron alrededor del estandarte de la Virgen de Guadalupe, a la que desde hacía tiempo consideraban suya. Esta «plebe colorista» formaba ahora tina ejército masivo, irritado e indisciplinado, «una horda» a los ojos de la asombrada elite criolla. Los hombres de Hidalgo tomaron por asalto la ciudad de Guanajuato, donde mataron a 500 soldados y civiles españoles, incluido el intendente, en la toma de la alhóndiga municipal. Tras saquear libremente, se encaminaron hacia Ciudad de México. Hidalgo luchaba por mantener el control. En el mes de noviembre de 1810, se encontraba a las afueras de Ciudad de México con unos 50.000 hombres en armas. En una decisión que ha suscitado debate y especulación desde entonces, se retiró. Sin duda hubiera tomado la capital. ¿Por qué no lo hizo? ¿Tenía miedo de sus propios seguidores? En lugar de ello, se dirigió hacia el norte. Después de una derrota cerca de Guadalajara a comienzos de 1811, fue a Coahuila, donde fue capturado y a continuación fusilado en Chihuahua. Entonces el caudillaje de la maltrecha insurgencia pasó a José María Morelos, otro sacerdote. Como Hidalgo, apoyaba la abolición del tributo indígena y de la esclavitud e incluso propuso la reforma agraria. La última era un terna explosivo entre la elite colonial. También insistía en que los ciudadanos tenían derecho a elegir su propia forma de gobierno. Por último, Morelos imaginaba un nuevo gobierno, mediante el cual todos los habitantes, excepto los peninsulares, ya no serían designados indios, mulatos o mestizos, sino que todos serían conocidos como americanos. De este modo, combinaba el nacionalismo con un compromiso por la igualdad social y racial. En 1813, el Congreso de Chilpancingo declaró la independencia de México (aunque es el 16 de septiembre, aniversario del «Grito de Dolores» por Hidalgo, cuando se celebra el día de la independencia). El congreso también decretó la abolición de la esclavitud y declaró el catolicismo la religión oficial. La constitución adoptada el año siguiente afirmó el ideal de la soberanía popular, creó un sistema de elecciones indirectas y diseñó un legislativo poderoso junto a un ejecutivo débil de tres personas. Mientras tanto, los españoles iban consiguiendo victorias militares. Uno de los mandos españoles era el joven Agustín de Iturbide, que más tarde desempeñaría un importante papel en la independencia mexicana. En 1815, Morelos fue capturado, juzgado (por la Inquisición, así como por las autoridades seculares) y ejecutado. Otros continuaron luchando por la causa, pero ahora los españoles llevaban la voz cantante. Así terminó la primera fase de los movimientos de independencia hispanoamericanos. Los novohispanos Hidalgo y Morelos habían muerto. Bolívar languidecía en su exilio jamaicano. La Junta del Río de la Plata luchaba por mantener la unidad y aún no había reclamado la independencia. En 1815, con Fernando de nuevo en el trono, parecía que la corona española había extinguido su rebelión colonial.
La consecución de la independencia
La ventaja militar española en Suramérica no iba a durar mucho. En 1816 Bolívar regresó a Venezuela y comenzó a emular sus victorias anteriores, pero ahora tenía como aliado a José Antonio Páez, brillante dirigente de los arrojados llaneros que antes habían peleado del lado de los realistas. Ahora Páez luchaba por la independencia de España. La causa de Bolívar se vio además afianzada por la llegada de refuerzos de Inglaterra, que en 1819 alcanzaron más de 4.000 personas. Con este fortalecimiento, Bolívar estableció un firme control sobre Venezuela a comienzos de 1819. Tras derrotar a las fuerzas españolas en Nueva Granada, intentó crear en 1821 un nuevo estado de Gran Colombia, uniendo Venezuela, Nueva Granada y Ecuador. Obtuvo escaso apoyo, por lo que se dirigió hacia el sur, a la caza de más realistas y españoles que derrotar. Mientras tanto, José de San Martín dirigía una extraordinaria campaña militar en el sur. Hijo de un oficial español y nacido en la frontera norte de la actual Argentina, comenzó la carrera militar a los once años. En 1812 ofreció sus servicios a la junta de Buenos Aires, al haberse decidido en favor de la independencia para las colonias. Soldado por su entrenamiento e ideales, no tenía la perspicacia política de Bolívar ni el compromiso social de Morelos, pero era un competente estratega militar. Como jefe de las fuerzas rebeldes, en 1817 San Martín ya se encontraba dispuesto para emprender una de las más osadas hazañas de esa etapa: encabezar un ejército de 5.000 soldados cruzando los Andes para atacar por sorpresa a las tropas realistas en Chile. Halló a los españoles desprevenidos por completo, obtuvo una importante victoria en la batalla de Chacabuco y entró triunfalmente en la ciudad de Santiago. Ahora se preparó para el próximo paso de su campaña, la liberación de Perú. En 1820 alcanzó la costa peruana. Lima era aún más monárquica que Ciudad de México. Como capital de un importante virreinato, había recibido numerosos favores y privilegios de la corona. Aunque la elevación de Buenos Aires a virreinado en la era borbónica había dañado su economía, su sentimiento monárquico seguía fuerte. Criollos y peninsulares tendían a ser favorables a la continuación del gobierno de Fernando VII. San Martín se abstuvo de atacar, señalando: «No busco la gloria militar, ni ambiciono el título de conquistador del Perú: sólo deseo liberarlo de la opresión. ¿Qué bien me haría Lima si sus habitantes fueran políticamente hostiles?».También aquí un cambio radical ocurrido en España catalizó los acontecimientos. Cuando Fernando VII sucumbió ante la presión política y sancionó de improviso la constitución de 1812, el cambio político pasmó a sus partidarios limeños. Les afligió en especial la abolición de la Inquisición y el desafío a la dignidad de los sacerdotes. Muchos podían aceptar limitaciones a la autoridad monárquica, pero no al papel y poder de la Iglesia. Este cambio de acontecimientos en España alteró de forma drástica el clima de opinión en Ciudad de México y en Lima. La independencia no era ya una causa radical o incluso liberal. Ahora era un objetivo conservador, un medio de preservar los valores tradicionales y los códigos sociales. Como si reconociera este hecho, el cabildo de Lima invitó a San Martín a entrar en la ciudad a mediados de 1821. El 28 de julio, proclamó formalmente la independencia de Perú. Tras algunas escaramuzas más con las tropas realistas, San Martín partió hacia Ecuador para mantener un encuentro histórico con Simón Bolívar. Nunca se ha establecido con exactitud lo que allí pasó. Quizás Bolívar marcara el tono cuando ofreció un brindis por los dos hombres más grandes de América, el general San Martín y él mismo. Parece que Bolívar rechazó la propuesta de San Martín para establecer una monarquía en Perú, insistió en la unión de la Gran Colombia y declinó su oferta de servir bajo su mando. En cualquier caso, luego San Martín licenció a todos sus oficiales y partió para Europa, donde murió en 1850. A finales de 1823, Bolívar se trasladó a Perú, donde los españoles seguían manteniendo una fuerza importante. En 1824, los realistas fueron vencidos por las tropas coloniales en la decisiva batalla de Ayacucho. En 1825 Bolívar entró en el Alto Perú (actual Bolivia) con la esperanza de que formara con Perú una sola nación, pero era demasiado tarde. Los dirigentes del Alto Perú habían determinado crear su propia república, lo que hicieron de inmediato, poniéndole el nombre por Bolívar, al que nombraron presidente vitalicio. Después de regresar a Lima, Bolívar insistió sobre la Gran Colombia, con la ilusión de remendar la unión fallida. Por entonces se había vuelto agrio y vengativo porque sus sueños no se habían hecho realidad. En 1830 Venezuela y Ecuador abandonaron Gran Colombia. Bolívar padecía tuberculosis y miraba el pasado con desesperación. «La América -decía- es ingobernable para nosotros. El que sirve una revolución ara en el mar». El 17 de diciembre, a los cuarenta y siete años, el Libertador murió de tuberculosis. En México, la derrota de Morelos en 1815 había parado el movimiento de independencia, hasta que Fernando VII declaró su sometimiento a la constitución de 1812, lo que empujó a los criollos prósperos y prominentes del lado de la independencia. Encabezó la causa el mismo Agustín de Iturbide, que había dirigido a los realistas contra Morelos. Irónicamente, el movimiento de independencia adquirió un tinte conservador. El oportunista Iturbide persuadió al gobernador para que le otorgara el mando de las fuerzas realistas en el sur. Luego marchó contra un cabecilla rebelde con el que de inmediato estableció una alianza en aras de la independencia. En 1821 emitió un llamamiento con tres «garantías»: la religión (la religión católica sería el credo oficial), la independencia (presumiblemente bajo una monarquía) y la unión (trato justo para criollos y peninsulares). Iturbide tomó Ciudad de México y estableció un imperio, con él mismo, por supuesto, como emperador. Duró sólo dos años. En Centroamérica, a la clase criolla terrateniente le preocupó tanto el dominio liberal en España como a sus iguales mexicanos. En 1822 los latifundistas centroamericanos decidieron compartir la suerte del imperio de Iturbide y anunciaron su anexión al México realista. Cuando Iturbide abdicó en 1823, los estados de la actual Centroamérica, de Guatemala a Costa Rica (excluido Panamá), se convirtieron en las Provincias Unidas de América Central independientes.
El camino brasileño hacia la independe ncia
La independencia llegó a Brasil de un modo muy diferente al de la América española, debido en parte al hecho de que ya en 1800 era más populoso y próspero que la diminuta madre patria. Por el contrario, ningún territorio colonial español por separado igualaba a la metrópoli en poder económico o político. Cuando los habitantes de las colonias proclamaron la independencia, España se resistió con tenacidad y consiguió que la América española odiara a la corona. Por su parte, los portugueses ni siquiera tenían la potencia militar suficiente para evitar que los brasileños se encaminaran hacia la autonomía política. El contexto de la independencia brasileña señala otra diferencia importante. Cuando el ejército napoleónico invadió la Península Ibérica en noviembre de 1807, toda la corte portuguesa pudo huir a Brasil gracias a la armada real inglesa. Cuando llegó a comienzos de 1808, la corte portuguesa encontró una colonia que carecía de imprenta, de universidades y de comercio, salvo con la madre patria. El recién llegado príncipe regente, después Dom Joao VI, decretó de inmediato el fin del monopolio comercial portugués, abriendo los puertos brasileños. Su lógica era obvia. Ya que ahora Napoleón controlaba Portugal, el monarca portugués exiliado sólo podía continuar aprovechando el comercio exterior de Brasil si se rompía el vínculo exclusivo con Lisboa. Los principales beneficiarios fueron los ingleses, que, después de todo, habían llevado a la familia Braganza y su séquito a Brasil. Gran Bretaña obtuvo un acceso privilegiado a Brasil en 1810 mediante acuerdos oficiales que duraron 15 años y que: 1) le concedieron el arancel más bajo (incluso más bajo que a Portugal) sobre los bienes que entraran en Brasil; 2) comprometían a la corona portuguesa a la abolición gradual del tráfico de esclavos africanos; y 3) garantizaba a los ingleses de Brasil el derecho a ser juzgados por jueces nombrados por Gran Bretaña. Estos tratados originaron pronto un profundo resentimiento entre la elite brasileña. El monarca portugués exiliado emprendió entonces la creación de nuevas instituciones, tales como una biblioteca nacional, un museo nacional y un jardín botánico, todo ello en Río de Janeiro. Se solicitó una misión artística francesa para acelerar la profesionalización de la arquitectura, la pintura y la escultura. La corona también quiso atraer inmigrantes extranjeros, pero tuvo poco éxito Y la inmigración europea a gran escala no comenzó hasta finales de la década de 1880. Hubo un impulso para promover la manufactura textil, que incluyó la revocación del decreto real de 1785 que prohibía toda industria. Pero tales medidas no podían llegar a las causas más profundas del atraso económico brasileño: falta de capital, tecnología, mano de obra cualificada y Un mercado interno significativo. A finales de 1808 las tropas francesas fueron expulsadas de Portugal y se convocó una asamblea (Cortes Gerais) para que redactara una nueva constitución. Los liberales portugueses victoriosos, interesados en explotar la riqueza brasileña, presionaron por el retorno de la corte real a Portugal. Dom Joao pronto regreso a Lisboa, dejando a su hijo Dom Pedro en Brasil como príncipe regente de los Reinos Conjuntos. Ahora la atención se centró en las Cortes Gerais, que aprobaron medidas que habrían restaurado el monopolio comercial de Lisboa sobre Brasil mediante la imposición de aranceles más bajos para las importaciones que llegaran en navíos portugueses o que se embarcaran desde Portugal. Las cortes también aprobaron medidas que devolvían a cada una de las provincias brasileñas al gobierno directo y separado de Lisboa, con lo que minaban el gobierno central creado en Río de Janeiro desde 1808. Aunque los liberales portugueses lo fueran mucho en Portugal, aborrecían el movimiento hacia la autonomía de su «reino conjunto» americano. Los terratenientes y profesionales urbanos que constituían la elite brasileña se habían estado preparando para enfrentarse a los nuevos colonizadores portugueses. Su apasionada retórica anegaba la bisoña prensa de Río. Querían que el príncipe regente Dom Pedro se negara a regresar a Lisboa. En junio de 1822, Dom Pedro ya había decidido convocar una Asamblea Constituyente en Brasil. Entonces las cortes de Lisboa pidieron su regreso inmediato y tomaron medidas para contrarrestar la creciente autonomía brasileña. Pero las presiones de los plantadores sobre Dom Pedro surtieron efecto: el 9 de enero de 1822, desafió las órdenes de las cortes. «¡Me quedaré!», gritó, dando nacimiento a la única monarquía duradera e independiente de la historia moderna de América Latina. Para conseguir su independencia, los brasileños tuvieron que luchar, pero no en la misma escala que los hispanoamericanos. Los combates más salvajes se entablaron en Bahía, en la costa noreste, y en Grao Pará, en el valle amazónico oriental. En Bahía, una junta proclamó lealtad a Portugal y rechazó a los rebeldes independentistas. En 1823 los rebeldes triunfaron, ayudados por el almirante Cochrane, uno de los militares ingleses contratados para proporcionar a los gobiernos rebeldes ayuda experta en el combate. Otro mercenario, el almirante Grenfell, comandó la victoria sobre una junta leal similar en Grao Pará. Luego sus fuerzas barrieron una facción rebelde que demandaba un cambio social más radical. En Brasil, como en México, la elite estaba alerta para reprimir cualquier desafío importante al orden socioeconómico establecido. La debilidad militar de Portugal explica en parte por qué la lucha de Brasil por su independencia resultó bastante menos sangrienta que la hispanoamericana. La misma importancia tiene el hecho de que los rebeldes brasileños no se dividieran ante el republicanismo ya que, con algunas excepciones, la elite prefería una monarquía a una república y, gracias al exilio de la corte, pudieron optar por una monarquía independiente. De este modo, Brasil entró en la independencia con un legado único. No resulta menos importante que los brasileños no asociaran la independencia con la hazaña militar: no surgió un Simón Bolívar o un San Martín brasileño que dominara la imaginación patriótica.
Las secuelas de la independencia, 1830-1850
En la década de 1820, las nuevas repúblicas hispanoamericanas se enfrentaron con enormes problemas mientras se embarcaban en la independencia. La violencia física de las guerras causó el desastre económico. La destrucción quizás alcanzó su cota más alta en Venezuela, donde la guerra a muerte causó muchas bajas humanas y redujo el ganado en más de la mitad entre 1810 y 1830. Las primeras fases de la guerra mexicana, en particular durante las campañas de Hidalgo y Morelos, ocasionaron pérdidas similares de personas y propiedades. Uruguay, donde José Artigas comandó bandas de rebeldes gauchos contra las tropas españolas bien pertrechadas, también sufrió graves pérdidas. Durante la segunda fase del movimiento, el escenario de operaciones cambió a otras regiones, en especial a Perú, donde la lucha parece haber sido menos intensa que antes, pero la carga de apoyar grandes ejércitos nunca era leve. La fuerza de trabajo civil estaba diezmada y escaseaba el capital por todo el continente. Las economías de las nuevas naciones se basaban de forma aplastante en la agricultura y la minería, a semejanza de la mayor parte del mundo, con la excepción del occidente europeo. Sin embargo, América Latina difería de la mayor parte de África, el Oriente Próximo y Asia en que durante los dos siglos y medio pasados se la había introducido parcialmente en la economía de mercado mundial dominada por Europa. El excedente exportable de la producción agrícola y minera latinoamericana era lo que la vinculaba con la economía del Atlántico Norte. Con la creación de países separados, esta estructura económica básica permaneció intacta casi en todos ellos, para irse modificando con lentitud en las décadas siguientes. Los intercambios habían cesado casi por completo entre 1810 y 1826. El comercio con España se había detenido y el existente entre las antiguas colonias también se había reducido mucho. El noroeste de Argentina, por ejemplo, se resentía de la pérdida de intercambio con Perú. Montevideo, aún bajo control español, ya no podía hacer de centro comercial. La guerra de guerrillas en Nueva España y otras zonas hacía difícil y peligroso el transporte. Los sistemas de comunicación internos y de las antiguas colonias entre sí, nunca muy favorecidos por los españoles, cayeron en una falta de uso casi total. También estaba el factor del conflicto regional postindependentista dentro de las zonas principales de la América española y portuguesa. México estaba arruinado por batallas que mantuvieron al país dividido y sin una dirección nacional efectiva hasta 1850. Al mismo tiempo, Brasil se derrumbaba en una serie de revueltas regionales que dejaron a la monarquía neutralizada hasta la década de 1840. Y en la región del Río de la Plata, la fiera rivalidad entre la provincia de Buenos Aires y el resto del país fue temporalmente resuelta sólo por la dictadura de Juan Manuel Rosas (1829-1852). En todas partes se trataba de afirmar la autonomía económica por localidad o región, lo que significaba fragmentación. En la América española, supuso que se enterrara el sueño de Bolívar bajo el avance del nacionalismo. Una tras otra, las nuevas repúblicas reclamaron independencia económica. Pronto encontrarían en el mercado mundial una seria prueba. En muchas partes de la América española, los nuevos gobiernos tuvieron que tratar con deudas públicas antes de que pudieran intentar reconstruir sus economías. Para sostener la lucha y equipar los ejércitos, muchas veces los regímenes insurgentes tuvieron que hacerse con fondos o pedirlos prestados. La recaudación de impuestos, por decirlo suavemente, era difícil. Como resultado, las tesorerías nacionales estaban vacías y las autoridades gubernamentales habían de buscar fondos en otro sitio. Una importante fuente fue Gran Bretaña, donde los banqueros apoyaron los regímenes con préstamos, en particular a Argentina, Chile, Perú y México. Así, los nuevos gobiernos elevaron de inmediato sus deudas con prestamistas extranjeros. La administración de la deuda externa sigue siendo, hasta nuestros días, un importante problema para los gobiernos latinoamericanos. Otro ámbito en el que se invirtió capital extranjero fue el tráfico de esclavos africanos, que continuó en gran escala hacia Brasil (hasta 1850) y Cuba (hasta 1865). Ambos tenían una agricultura orientada a la exportación que hacía rentable esta mano de obra en una época en que se estaba aboliendo en el hemisferio occidental. Durante los años 1830 a 1850 se contempló un aumento de las exportaciones latinoamericanas hacia la economía del Atlántico Norte. Los productos clave primarios eran el trigo y los nitratos de Chile, el tabaco de Colombia, los cueros, la carne en salazón y la lana de Argentina, el guano de Perú, el azúcar de Cuba, el café de Brasil y el cacao de Venezuela. Estos mismos países eran grandes importadores de textiles y consumidores de bienes, con lo que a menudo dejaban sin trabajo a los artesanos nacionales. Eran los productores industriales de Europa Occidental (en especial de Gran Bretaña) compitiendo con los productores a pequeña escala latinoamericanos que habían sobrevivido de la etapa colonial. El resultado era inevitable. Todo esto formaba parte del libre comercio, el dogma que había llegado a América Latina con la filosofía de la Ilustración y el compromiso postindependentista con los principios del liberalismo. La aplicación de este dogma fue la decisión de política económica más significativa que se tomó en el siglo XIX latinoamericano. Junto con el rápido flujo de importaciones extranjeras (principalmente europeas), llegó un pequeño contingente de comerciantes extranjeros, casi todos británicos. Se convirtieron, a lo largo de todo el continente, en figuras clave para la importación de bienes y servicios, que incluían el embarque, el seguro y la financiación. ¿Debe sorprender que los bienes manufacturados de procedencia europea desplazaran sin interrupción a los productos internos? ¿No era inevitable que prevalecieran la mayor tecnología europea y las economías de escala? Los costes de transporte debían haber ayudado a proteger a los productores locales, pero la supuesta (o genuina) superioridad de los bienes externos planteó un serio dilema poco después de la independencia, que ha continuado hasta nuestros días. Las economías latinoamericanas solieron fracasar al intentar hacer su industria verdaderamente competitiva. ¿Por qué? Sin duda, la falta de un mercado suficiente fue un factor, pero igual de importante fueron el sistema de valores y la jerarquía social que hizo posible a la elite perpetuar una sociedad basada en una economía orientada a la agricultura. Así pues, el periodo de 1830 a 1850 se caracterizó, en cuanto a la economía, por una lenta adaptación a la mundial. América Latina estaba en los márgenes de la economía del Atlántico Norte, que se iba a expandir con rapidez en el siglo xix. Los datos y la investigación sobre la historia económica de esta etapa son escasos, pero parece, por las pruebas disponibles, que las repúblicas latinoamericanas adoptaron una posición pasiva. El dinamismo llegó del exterior. La creación y mantenimiento de grandes ejércitos en la mayoría de estas repúblicas también afectó de forma crucial el orden social, porque crearon un canal para hacer carrera basado en el talento. A medida que se intensificaba la lucha y aumentaba lo puesto en juego, los dirigentes rebeldes criollos hubieron de reclutar soldados y mandos por su habilidad y no por su color de piel o posición social. Así, José Antonio Páez, un mestizo poco desbastado, se convirtió en un valioso dirigente militar de Venezuela. En México, José María Morelos era mestizo. Los ejemplos abundan. La valentía militar se convirtió en un medio por el cual los miembros de grupos marginales podían obtener el reconocimiento social. Ninguno de los gobiernos independientes mantuvo restricciones legales para los mestizos u otras mezclas de sangre, hecho que ayudó a borrar las antiguas y rígidas líneas sociales. Pero si la guerra abrió una brecha social para los ambiciosos mestizos y otros, la movilidad resultó limitada. Los recursos económicos, en particular la tierra, seguían en manos de las familias criollas tradicionales. El comercio era modesto en los años posteriores a la lucha y muchas familias de comerciantes retuvieron su control sobre éste. La industria apenas existía. Como resultado, sólo había un medio de salir adelante para los hombres de origen modesto: a través del ejército y de allí pasar a la política. Esta dinámica social ayuda a explicar gran parte de la turbulencia política hispanoamericana entre la década de 1820 y 1850. Las nuevas repúblicas terminaron las guerras con grandes formaciones militares, a menudo comandadas por mestizos que no tenían carrera alternativa. Para salir adelante debían permanecer en el ejército o pasar al gobierno. En ese tiempo, los terratenientes criollos, en muchas partes del continente, no compitieron por el Poder político. Se retiraron a sus haciendas, que podían funcionar como unidades autosuficientes, y trataron de incrementar sus posesiones. En la práctica dejaron el gobierno a los soldados y a los caudillos, quizás porque el poder político no parecía merecer la pena. Avanzado el siglo xix, cuando la autoridad gubernativa se convirtió en un bien apreciado, los hacendados y estancieros vinieron de sus tierras y se apoderaron de él. Así que los gobiernos eran derribados y dirigidos por los caudillos, a menudo soldados (o ex soldados) que tomaban el poder por la fuerza. Una vez en el cargo presidencial, solían percatarse de que las precarias tesorerías ofrecían una pequeña recompensa a sus seguidores. Entonces las bandas se dispersaban y llegaban nuevos caudillos con nuevas bandas de seguidores. Los gobiernos no tenían unas finanzas fuertes y, como consecuencia, eran muy vulnerables a ser derrocados. Desde la década de 1820 hasta mediados de siglo, la autoridad política en la América española fue débil; el Estado, como institución central, no ejercía mucho poder autónomo. Durante este periodo, surgió otra corriente, un movimiento para consolidar y centralizar el poder, habitualmente con intentos dictatoriales más que con el consenso popular. Así, las primeras dos décadas que siguieron a la independencia contemplaron la aparición de «hombres fuertes» reales o en potencia, como Diego Portales en Chile y Juan Manuel Rosas en Argentina, que impusieron su voluntad sobre sus países y, de este modo, fortalecieron el papel del Estado. La lucha entre el poder local y los centralizadores, ya fuesen militares o civiles, se convirtió en tema fundamental en la vida política de las nuevas naciones. Aunque las guerras de independencia abrieron unos angostos canales para los mestizos y los grupos de estratos medios hispanoamericanos, hicieron muy poco por las masas indias. En general, los indios habían mantenido una posición ambigua ante la contienda: aunque se pusieron de parte de Hidalgo o permanecieron neutrales en México, apoyaron a los realistas en el sur de Chile, y en Perú y Colombia lucharon en ambos bandos. Por lo tanto, los dirigentes de las nuevas repúblicas no se sentían en deuda con ellos. Más importante aún, ahora los indios perdieron la protección especial de casta que habían disfrutado bajo la legislación colonial española. A pesar de sus desventajas, esa posición había constituido un refugio muy utilizado. También perdieron sus tierras comunales (que habían sido inalienables) y se los forzó de forma teórica a entrar en el mercado competitivo tan alabado por los liberales decimonónicos. De hecho, se los aisló aún más y se volvieron más pobres. La independencia dejó un legado algo diferente en Brasil. En lugar de desplazar a la elite gobernante, como había ocurrido en la América española, Brasil se hizo con una elite gobernante: la corona portuguesa y su séquito. También se hizo con una monarquía que duraría hasta 1889. Pero estas tendencias políticas tuvieron poco efecto sobre los esclavos negros que trabajaban en las plantaciones de azúcar o en otras esferas de la economía. De hecho, la esclavitud no se abolió con la independencia o en la década de 1850 como en la América española (excepto en Cuba y Puerto Rico) y más tarde se convertiría en un asunto central en la política brasileña. Como en otras nuevas naciones, la independencia no cambió mucho la vida para los segmentos más pobres de la población.
El impulso de la economía internacional (1850-década de 1880)
Desde 1850 América Latina avanzó de la fase de consolidación postindependentista a comenzar a poner las bases para una integración mayor en la economía mundial, lo que, en términos políticos, requirió gobiernos dispuestos a crear la infraestructura precisa para exportar productos primarios clave, como el guano de Perú, el café de Brasil, los minerales de México y el azúcar del Caribe. Cuando la era de los caudillos cedió el paso a la de los administradores, la principal tarea fue la unificación nacional. Las repúblicas independientes se propusieron fortalecer el uso de dos elementos de su economía: la tierra y el trabajo. La mayoría de los gobiernos trató de poner la tierra en manos de hombres de empresa que invirtieran y la hicieran dar frutos. En Brasil y México, esto significó presiones para vender las tierras estatales (anteriormente de la corona). Los perdedores en México y los Andes fueron los indios, pero tales acciones también podían afectar a propietarios blancos o mestizos que no hubieran logrado hacer productivas sus tierras. Para contar con mano de obra, las elites latinoamericanas de varios países confiaron en la emigración europea. Esos años contemplaron repetidas propuestas para atraer inmigrantes europeos, que supuestamente contribuirían al desarrollo nacional con una pequeña inversión más. De hecho, la elite de países como Argentina y Brasil pronto descubrió que el asunto de la migración era delicado, tanto para el país receptor como para el que enviaba contingentes. Hasta 1880 la inmigración no constituyó en parte alguna un factor importante para el aumento de la fuerza laboral. Pero el fuerte impulso de la elite para recabar inmigrantes demostraba su creencia en que la salvación económica y social de sus países estaba en Europa. Como acabó haciéndose evidente, esto reflejaba las dudas de América Latina acerca de la viabilidad de sus países. Mediado el siglo XIX, también se contempló un esfuerzo para mejorar la red de transportes. Se necesitaban ferrocarriles, canales, puertos y carreteras. Desde el siglo xvi, la carga (incluidas las personas) había viajado en mulas o burros. Sólo en muy pocas zonas los ríos o lagos navegables ofrecían una alternativa. A mediados de siglo, América Latina era el blanco de muchas propuestas para construir ferrocarriles. El impulso solió provenir de extranjeros, en especial británicos o estadounidenses, pero, en la práctica, pocos ferrocarriles llegaron a construirse antes de la década de 1880, así que la red de transportes permaneció casi tan precaria como lo era en vísperas de la independencia. Sin embargo, el ritmo de la actividad económica se aceleró por toda América Latina a partir de 1850. El estímulo provino principalmente de las dinámicas economías de Norteamérica y Europa Occidental, encabezada por Gran Bretaña. Cuanto más se sumergía Europa en la industrialización, más necesitaba aumentar las importaciones de alimentos como azúcar, carne, grano, así como artículos primarios como guano y nitratos fertilizantes, lana y metales industriales. Fueron las décadas en las que los vínculos económicos -comercio, inversión, financiación, transferencia de tecnología, migración se profundizaron entre Europa y México, Argentina, Perú, Chile, Brasil y Cuba (aunque seguía siendo una colonia española). En 1880 estaba preparado el escenario para una expansión económica aún mayor. No obstante, la mejora económica iniciada en 1850 tuvo varias limitaciones importantes. En primer lugar, dio como resultado un escaso crecimiento de la industria interna. La creciente demanda latinoamericana de herramientas metálicas, maquinaria pequeña, instrumentos, equipo de construcción, armas y artículos industriales ligeros similares, era satisfecha principalmente por Europa y no por tiendas o fábricas del país. Esta tendencia no resultaba sorprendente. Los productos británicos, franceses o estadounidenses eran de mejor calidad que los de fabricación interna, aunque esa ventaja se habría reducido si los productores nacionales hubieran tenido tiempo y mercado suficientes para mejorar la suya. Pero se habría requerido la protección gubernamental ya fuera mediante una elevación de los aranceles o la prohibición directa de importaciones. Ningún gobierno latinoamericano estaba preparado o podía dar semejante paso en esas décadas. Las razones eran varias. En primer lugar, los productos importados eran superiores, por lo que eran preferidos por los consumidores locales; en segundo lugar, la mayoría de los gobiernos vivían de los ingresos por aranceles que un proteccionismo duro habría eliminado; en tercer lugar, los grupos económicos poderosos, como los latifundistas y los ganaderos, se hallaban fuertemente comprometidos con el libre comercio, que sus clientes europeos elogiaban como la única vía cierta de prosperidad; por último, los comerciantes latinoamericanos, que se hallaban ubicados estratégicamente en las ciudades más grandes, tenían intereses obvios en combatir el proteccionismo, todavía más si se trataba de un comerciante extranjero (usualmente británico o francés), como era habitual a mediados de ese siglo. No resulta sorprendente que los que abogaban por el proteccionismo o la industria fomentada por el Estado pudieran avanzar tan poco. Una segunda limitación a la expansión económica entre 1850 y 1880 fue el reforzamiento de la estructura socioeconómica altamente estratificada, heredada del periodo de la independencia: una pequeña elite en la parte superior, un grupo «medio» algo más amplio y el restante 90 por 100 más o menos en la parte inferior. La concentración continuada en la agroganadería y la minería significó que la mayoría de los trabajadores siguiera bajo las condiciones laborales y salarios que nunca les permitirían convertirse en los consumidores que una economía «desarrollada» produce y necesita a la vez. A América Latina se la seguía empujando a la economía internacional de un modo que limitaría drásticamente su desarrollo económico. La naturaleza de ese vínculo económico ha continuado preocupando a los latinoamericanos durante el último siglo y será tema recurrente del resto de este libro.
Nota:[*] Thomas Skidmore y Peter Smith, "Los cimientos coloniales (1492-década de 1880)", en Historia contemporánea de América Latina, Crítica, 1996.

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