5/12/07

EL NEOLITICO EN EL ORIENTE PROXIMO


Signos: 1) Direcciones de la propagación de los conocimientos neolíticos desde el Próximo Oriente; 2) Ámbito de los distintos focos culturales neolíticos; 3) Zona original de los fenómenos neolíticos; 4) Áreas de dispersión de la cultura megalítica.
Al final de la etapa cuaternaria, al estabilizarse el clima, tiene lugar una profunda transformación de la Humanidad motivada por dos trascendentales inventos: la agricultura y la domesticación de los animales. Ellos permiten al hombre abandonar la vida nómada que había caracterizado la etapa mesolítica y desarrollar una economía sedentaria, con lo que aparecen los primeros poblados situados en las tierras fértiles de fácil cultivo.
Los fenómenos que caracterizan al Neolítico aparecen en las regiones del próximo Oriente en una amplia área (signo 3), desde Egipto a la meseta del Irán. Desde esta zona los nuevos conocimientos se fueron extendiendo lentamente en todas direcciones, alcanzando Europa por tres caminos principales (signo 1). Uno que por la meseta de Anatolia y las regiones balcánicas alcanzó la cuenca danubiana y remontando sus afluentes llegó a las orillas del mar Báltico. Otra corriente, por el norte de África, llegó a las costas de España y desde focos secundarios situados en el Oeste africano se desarrolló a lo largo de la costa mediterránea occidental. Un tercer camino, marítimo, tuvo su origen en la isla de Creta y el Egeo en general, y colonizó las islas mediterráneas. En más de un milenio puede calcularse el tiempo que tardaron los conocimientos neolíticos en difundirse por Europa.
La adaptación al terreno de los nuevos descubrimientos provocó la diversificación de Europa en múltiples focos culturales (signo 2), con desarrollos independientes, predominando en unos la economía agrícola y en otros la ganadería. Entre los diversos grupos culturales se estableció pronto un intenso comercio de intercambio.
Algo más tarde tuvo lugar la creación, también en el Próximo Oriente, de la civilización megalítica, que luego fue extendiendo sus creaciones arquitectónicas por el Mediterráneo y alcanzó en las zonas occidentales atlánticas una singular importancia (signo 4). Su área de dispersión y la mayor frecuencia de sus manifestaciones en las zonas costeras nos indican claramente el carácter navegante y emprendedor del pueblo megalítico, al que entre otros elementos puede atribuirse el conocimiento en Occidente de la nueva técnica metalúrgica que caracteriza la etapa cultural llamada eneolítica.

ESQUEMA DEL ROMANTICISMO


GIORDANO BRUNO, EL ESPÍRITU DE UNA ÉPOCA


"Giordano Bruno, Su Epoca y la Nuestra"
Cristián Gazmuri*

Rebelde, pendenciero, valiente, obstinado, imprudente, viajero incansable, erudito, inteligencia superior, pensador audaz pero contradictorio, científico precursor, mártir de la libertad y la verdad, Filippo Bruno nació en Nola, cerca de Nápoles, en 1548. El estado de Nápoles estaba entonces en manos de los reyes de la casa de Aragón y era, en la práctica, una colonia de España. Y aunque su padre era un militar al servicio de esa nación, es posible que el ambiente, contrario a la dominación extranjera, influyera en el feroz espíritu de rebeldía que Bruno mostraría durante toda su azarosa vida. Por otra parte, el Concilio de Trento había comenzado en 1545 y, cuando concluyera en 1563, la Iglesia Católica estaba ya en plena contraofensiva frente al mundo protestante, el que durante la primera mitad del siglo XVI se había extendido y fortalecido asombrosamente. Con todo, la pugna católico-protestante y las luchas religiosas - en una época en que para los europeos la principal preocupación continuaba siendo la religión y la fe- estaban en su apogeo y todavía se extenderían, salvajemente, por un siglo más. De modo que el catolicismo de la Contrarreforma no estaba dispuesto a tolerar pensamientos heréticos o poco ortodoxos y ese sería el otro factor que enmarcó la tragedia de nuestro personaje. En definitiva, Bruno aparece como un hombre del Renacimiento en un tiempo en que se perseguía la libertad y heterodoxia intelectual y ética que caracterizó aquella época.
De la niñez de Filippo Bruno nada se sabe. Sólo tenemos noticia de que pasó a vivir en el propio Nápoles hacia 1562, donde estudió humanidades y se hizo fraile dominico en 1565, tomando el nombre de Giordano, con el cual sería conocido por la posteridad. Gran estudioso, durante esos años juveniles fue muy influenciado por el neoplatonismo, en boga en esa época, así como por comentaristas de Averroes, y, en particular, por la creencia del sabio árabe de que la religión era un instrumento de los poderosos para controlar a la masa ignorante. Por esta época comenzó también sus estudios sobre la capacidad de aumentar la memoria, tema muy cultivado durante la Edad Media y el Renacimiento y que sería una de sus inquietudes intelectuales de toda la vida. Este afán por los asuntos mnemotécnicos se explica por la falta de sistemas de registro rápidos y confiables que caracterizara a esos siglos. Tenían así una utilidad práctica enorme.
Pese a sus dudas en relación a la doctrina católica, Giordano Bruno se ordenó sacerdote en 1572 en la ciudad de Roma.
En esa sede papal, penetrada de las rigidices contrarreformistas, sus ideas heterodoxas se fortalecieron, y cuando después de doctorarse en teología en 1575, volvió a Nápoles, su fama de hombre brillante, pero peligrosamente libre en sus opiniones, ya estaba muy extendida. Por esta época llegó incluso a defender las doctrinas que Arrio había sostenido en el Concilio de Nicea. Además, como solía ser frecuente en el siglo XVI, Bruno no disimulaba su interés por la magia y lo oculto o hermético, donde creía que existía una inagotable veta de sabiduría; algo que evidentemente tampoco agradaba a la Iglesia Católica. No tardó en ser acusado ante la Inquisición y esa situación, en los años que se estaban viviendo, significaba estar en peligro extremo. Comprensiblemente, Bruno dejó entonces su convento en Nápoles - "prisión estrecha y negra", según sus palabras- y se escondió en Roma.
Pero ubicado por la Inquisición y acusado nuevamente, ahora no sólo de herejía sino además - injustamente- de asesinato, fue excomulgado y hubo de huir nuevamente. En los años siguientes, al parecer, vagabundeó, trabajando como profesor o tutor privado, por algunas ciudades italianas, Turín, Venecia, Padua. En 1578, después de pasar por Lyon, llegó hasta Ginebra donde firmó en los registros de la Academia como "profesor de la Sagrada Teología". En la ciudad herética por antonomasia, si bien coqueteó con las ideas protestantes, no tardó en mostrar, frente al calvinismo, la misma actitud de crítica rebelde que le había valido sus problemas en el mundo católico. Pero, para su suerte, ya había muerto Juan Calvino, porque, de haber estado vivo, probablemente habría corrido allí, en Ginebra, ya entonces, en plena juventud, la misma suerte de Miguel Servet en 1553 y la que sería la suya en el año 1600: la hoguera. Alcanzó a ser arrestado, excomulgado nuevamente y hubo de retractarse; pero se le permitió dejar la ciudad.
Como si estuviera buscando dificultades, Bruno se radicó entonces en Francia, por esos años quizá la nación más desgarrada por los conflictos religiosos y donde el recuerdo de la "Noche de San Bartolomé" y otros horrores estaban aún vivos y con éstos el ambiente de odio y violencia que tuvieron como contexto. Estuvo en Toulouse algunos meses, pero en 1581 terminó por asentarse en París. En el París donde - soterradamente- aún ardía la lucha entre simpatizantes hugonotes, amparados por el entonces protestante Enrique de Borbón, futuro Enrique IV de Francia, y católicos acaudillados por la poderosa familia Guisa, la que a su vez contaba con el apoyo, en dinero y tropas, de Felipe II de España. Con todo, Bruno, que seguía hablando y escribiendo con toda libertad acerca de los temas religiosos más controvertidos, logró aprovechar la atmósfera de tolerancia que el grupo de "Les Politiques", que rodeaba a Enrique III y que simpatizaban con la causa del futuro Enrique IV, había impuesto temporalmente. Y esto a pesar de la revocación que Enrique III, empujado por los Guisa, había hecho de las antiguas prerrogativas hugonotes el año anterior. Así, Bruno pudo permanecer en París, donde enseñó y publicó varios trabajos sobre el tema de la memoria, así como una sátira, El fabricante de candelas, donde atacaba las costumbres y corrupción del Nápoles de su tiempo.
Pero la tranquilidad de Bruno no duró mucho. Aprovechando del favor del rey francés, pasó a Inglaterra bajo la protección del embajador galo Marqués de Mauvissiére, en el año 1583. No sabemos el porqué de su decisión de emigrar a la isla, pero posiblemente estuvo conectada con el espíritu inquieto de Bruno, que ya hemos visto, así como su constante afán de viajar buscando nuevos ambientes intelectuales y culturales. Además, el llegar como protegido del embajador de Francia le aseguraba acceso a los círculos más selectos.
Excomulgado por todos La Inglaterra isabelina, a pesar de los problemas que existían entre la soberana y María Estuardo, así como sus conflictos internacionales, era un país relativamente tranquilo y abierto en comparación con Francia; de modo que Giordano Bruno pudo conseguir una cátedra en la tradicional Universidad de Oxford sin mayores problemas. Pero éstos comenzarían muy pronto. Para variar, nuestro italiano entró en una ácida polémica con los profesores oxonienses, pero referida ahora a la defensa que hacía Bruno de las teorías astronómicas copernicanas, las que proyectaba mucho más allá que su autor, insistiendo en que el universo es infinito. Con todo, pudo regresar sin dificultades mayores a Londres, donde frecuentó a personajes encumbrados cercanos a la soberana, como Sir Philip Sydney y el Conde de Leicester, llegando a conocer personalmente a Isabel I, según parece.
Es curioso que no se conozcan detalles de la vida privada de Giordano Bruno en esecírculo tan dado a las pasiones íntimas y las intrigas de cámara. Si tuvo amores, éstos no parecen haber sido estables ni largos. Es posible que, en su espíritu, siguiera considerándose un hombre en estado clerical (en su situación original de católico) y fuese consecuente con ello, lo que significaba permanecer en estado célibe y guardar, al menos en apariencia, voto de castidad.
Pero, por otra parte, en el Londres de Shakespeare y Francis Bacon se admiraba mucho a la cultura italiana y Bruno aprovechó de ello. Además, el relativo auge intelectual que se gozaba en el ambiente, se prestaba para publicar y así lo hizo a partir de 1584. Muchos de sus más conocidos e importantes escritos, como los tres Diálogos sobre cosmología y otros tantos sobre ética, unos y otros fuertemente controversiales y escritos en un estilo vivaz, exuberante y barroco, aparecieron entonces. En los de cosmología (especialmente en De L'infinito Universo e mondi) no sólo insistía en las teorías de Copérnico, sino que, desafiando una idea aceptada desde los tiempos de Aristóteles, insistió en que el universo era infinito y compuesto por numerosos mundos, parecidos a los del sistema solar. También afirmó que, en materia de física, la aceptada diferencia aristotélica entre "forma" y "materia" era irreal. Pero no paraba ahí. Tal como lo haría Galileo poco después, ponía en duda todo o casi todo lo que sobre astronomía decía el Antiguo Testamento. No contento con esa andanada intelectual de fondo, hirió a muchos personajes encumbrados con la sátira, haciendo irónicas críticas a la sociedad inglesa y, en particular, a la pedantería de los profesores de Oxford. Quizá el escrito más notable de Bruno en Londres fue Degli eroici furori (De los furores heroicos) que es un conjunto de diálogos - posiblemente basados en Platón- sobre el amor sublime en contraposición con el amor vulgar. Era un tema que hasta ese momento no había estado entre los suyos. Pero Bruno, él mismo un espíritu heroico, no desdeñó este tema que constituye su principal manifestación de doctrina ética.
No es extraño que el ambiente se enrareciera para él y en 1585 hubiera de retornar a París en compañía de su protector, el embajador de Francia. Sin embargo, la Francia que encontró era muy diferente de la que había salido unos años antes. Toda tolerancia había desaparecido. Pero, sin percatarse del cambio o percatándose de éste pero no dándole importancia, Bruno no demoró mucho en entrar en polémica con el matemático Fabrizio Mordente, protegido de los Guisa y del bando católico. Las letanías burlescas que le dedicara - se ha dicho- recuerdan a Rabelais. Además, volvió a atacar con dureza a Aristóteles y su escuela peripatética, todavía un crimen de lesa ortodoxia en un mundo en que - más que en Inglaterra- la escolástica seguía siendo la filosofía oficial. Hubo de dejar París.
¿Hacia dónde dirigirse? Giordano Bruno pensaba que un intelectual no tiene patria y Alemania - otro polvorín- le pareció un buen lugar donde radicarse. Su facilidad para aprender idiomas lo ayudó. Vagó de universidad en universidad por la hermosa y medieval Alemania anterior a la Guerra de los Treinta Años, haciendo clases y publicando numerosos artículos sobre sus temas familiares. Estuvo en Marburgo y en Wittenberg, donde se hizo luterano, lo que le valió una nueva causa de enemistad con sus antiguos calvinistas, numerosos en aquella ciudad. Luego pasó a Praga - donde otro docto heterodoxo en materia religiosa Jan Hus, había predicado y escrito para terminar siendo quemado, aunque, en este caso, a diferencia del de Servet, más de un siglo y medio antes. Finalmente se asentó en Helmstadt. Pero su teoría de la posibilidad de pacífica coexistencia de diversas religiones, incluida en su obra "Ciento sesenta artículos", le reportó otra excomunión en 1589, ahora por parte de la Iglesia Luterana.
Excomulgado por católicos, calvinistas y luteranos, el escándalo acompañaba. Intentó radicarse entonces en Frankfurt del Main, pero el senado citadino rechazó su petición. Tenía fama de hombre de "sabiduría universal", pero al mismo tiempo - con justicia- de conflictivo, cuasi agnóstico y defensor de las teorías más extrañas en numerosos campos del saber. De hecho, era un precursor, pero pasarían muchos años antes de que el mundo intelectual así lo comprendiera.
Un retorno fatal Después de refugiarse, por algunos meses, en un convento carmelita, merced a los buenos oficios de su editor, cometió su error fatal. Decidió retornar a Italia, invitado por un noble veneciano, Giovanni Mocenigo, que quería aprender de él sus técnicas para aumentar el poder de la memoria.
La idea de radicarse en Venecia no era mala en sí. La ciudad dueña del Adriático era la más tolerante de las repúblicas italianas y la protección de un Mocenigo parecía poder evitarle nuevos problemas. Es muy probable que así hubiera sido... de no tratarse de Giordano Bruno y de no haber sido traicionado por su protector. La verdad es que el joven noble veneciano, que esperaba que las lecciones de Bruno fueran por la línea de recetas mágicas, tema que - como vimos- también fascinaba a Giordano Bruno y por el cual también se le conocía y temía, quedó muy desilusionado por las clases que recibió de éste. Y, enojado además porque su maestro postuló a la cátedra de matemáticas en la Universidad de Padua (que obtendría Galileo un año después, en 1592) y, posteriormente, al parecer, porque intentó retornar a Frankfurt, posibilidades ambas que lo alejaban de Venecia, traidoramente lo denunció a su antigua enemiga, la Inquisición, bajo el cargo de herejía. Es posible que también hubiera surgido una querella de tipo más íntimo o personal entre ambos, pues la acción de Mocenigo no es fácil de explicar sólo por los intentos de huida de Bruno.
Aunque se le puso en prisión, el problema todavía no era tan grave mientras el juicio se realizara en la relativamente tolerante Venecia. Pero para desgracia de Bruno, la Inquisición romana, que no lo había olvidado, pidió y obtuvo su extradición. Y en enero de 1593, Bruno cruzaba los umbrales del palacio del "Santo Oficio" para ser arrojado a una mazmorra. Allí permaneció siete años, mientras el proceso, entrabado en las infinitas sutilezas de la maquinaria judicial vaticana de entonces, avanzaba a paso de tortuga.
Aunque los registros judiciales del juicio no se han conservado sino parcialmente, se sabe que el proceso tuvo diversas fases. En un comienzo, Bruno dijo no tener interés particular alguno en cuestiones teológicas, argumento indudablemente falso. Luego hizo un esfuerzo por demostrar que sus ideas sobre cosmología, magia, filosofía y también teología no se oponían "necesariamente" al dogma católico. Pero los inquisidores querían una retractación explícita y absoluta y Bruno no estaba dispuesto a llegar a eso. Después pasó a defenderse con el argumento de que no entendía qué era, explícitamente, aquello de lo que debía retractarse; argumento que era otra argucia y Giordano Bruno ha de haberlo sabido de sobra. El hecho era que, consecuente e intelectualmente honesto, no estaba dispuesto a negar los conocimientos científicos o, en algunos casos, seudo científicos, de los cuales estaba profundamente convencido.
Finalmente, Bruno reconoció que no tenía nada de qué arrepentirse y que creía en todo lo que había escrito y dicho.
Ante la firmeza en su intención de no hacer una retractación explícita, el Papa Clemente VIII ordenó que se le condenara como un "impenitente y perniciosohereje". Era la lápida para ambos, pontífice y víctima. Para esta última a corto plazo y para el primero, ante la historia.
Cuando se le leyó la sentencia Giordano Bruno retrucó a sus jueces diciendo: "Quizá vuestro temor al entregarme vuestro veredicto sea mayor que el que yo siento al escucharlo". De nada le sirvió su último desafío; pero desde entonces guardaría una actitud de un estoicismo, valor y dignidad ejemplares.
Así, el 17 de febrero del año 1600 Giordano Bruno fue conducido a la hoguera, ubicada en el llamado "Campo dei Fiori". Su actitud continuó siendo valerosa y despectiva hasta el momento en que fue consumido por las llamas.
Siglos después, en la Europa racionalista y anticlerical del Siglo de las Luces y, aún más acentuadamente en la Italia racionalista y laica del siglo XIX y el Risorgimiento, Giordano Bruno pasó a ser estudiado y a convertirse en un símbolo de la lucha contra el oscurantismo y la defensa intransable de la libertad y la razón. Se le construyeron estatuas y se denunció, con razón, su monstruosa muerte. Esa imagen ha perdurado, relativamente, hasta el presente. Tanto así que Giovanni Gentile se preocupó de reeditarlo. En el año 1942, en pleno fascismo, A. Mercati publicó un sumario de su proceso y hace no muchos años se hizo un filme, de una crudeza estremecedora, acerca del juicio, basado en las investigaciones de ese autor, pero con un acusado - aunque no distorsionador- énfasis anti católico. Por cierto, olvidando que protestantes y fanáticos de todos los tipos usaron (y usan) métodos muy similares contra sus enemigos.
Pero, quien estudia la historia personal de Giordano Bruno, puede pensar, legítimamente me parece que a sus múltiples cualidades y a su valor podría haber agregado la virtud de la prudencia y, de este modo, sin renunciar a dejar su herencia intelectual, salvar su vida. Más todavía en una Europa donde el respeto para las ideas de todos era todavía la sombra de una esperanza. Fue así que las ideas de Galileo, más importantes que las de Bruno - a pesar de su famosa retractación- no murieron. Las de Bruno tampoco, pero fue quemado.
En todo caso el legado intelectual y moral de Giordano Bruno, más que tener una gran importancia científica la tuvo y tiene en el campo de la ética. Esto es así pues muchos historiadores de la filosofía y de las ciencias han descubierto en su pensamiento graves incongruencias. Y su aporte en el campo de la astronomía y cosmología, que fue el más significativo, ya que en algunos aspectos de éste no sólo fue un clarividente precursor sino hasta un original innovador, se basó principalmente en intuiciones y no en el estudio científico riguroso. Su legado a la humanidad es pues es el de la dignidad rebelde y heroica. La dignidad del que se siente libre en su calidad de poseedor de la verdad y es víctima en parte por su propio valor de un poder cuya arma principal es la fuerza. En este aspecto Giordano Bruno sigue plenamente vigente.
*Cristián Gazmuri es director del Instituto de Historia de la P. Universidad Católica de Chile.
**Artículo publicado en el diario El Mercurio el 30/04/2000.



EL HEREJE ERRANTE


(Breve biografía elaborada esencialmente en base a los siguientes textos: "Giordano Bruno" de Michele Ciliberto, Laterza, Bari 1992; "Giordano Bruno" de Giovanni Aquilecchia, Ist. Encicl. Ital, Roma 1971; ”El proceso de Giordano Bruno" de Luigi Firpo, Salerno Edit.., Roma 1993.) Esta pequeña reseña biográfica ha sido editada previamente en giordanobruno.info



Giordano Bruno nació en Nola, cerca de Nápoles, en el año 1548, en una familia de modestas condiciones. El padre, Giovanni, era militar de profesión y la madre, Fraulissa Savolino, pertenecía a una familia de pequeños propietarios de tierras. Le dieron el nombre de Filippo. Realizó los primeros estudios en su ciudad natal, a la que amaba y a menudo recordó luego en sus trabajos, pero en 1562 se trasladó a Nápoles donde hizo los estudios superiores y tomó clases particulares y públicas de dialéctica, lógica y mnemotecnia en la universidad. En junio de 1565 decidió emprender la carrera eclesiástica y entró, con el nombre de Giordano, en la orden dominica de los predicadores en el convento de S. Domenico Maggiore. Se hace notar que la edad de 17 años se consideraba bastante elevada, en el contexto, para decisiones de este tipo. En el convento empezó pronto a manifestarse el contraste entre su personalidad inquieta, dotada de viva inteligencia y ganas de conocer, y la necesidad de someterse a las rigurosas reglas de una orden religiosa: un año después ya era acusado de despreciar el culto de María y de los Santos y corría el riesgo de ser sometido a medidas disciplinarias. Recorrió, por otra parte, rápidamente, los varios grados de la carrera: subdiácono en 1570, diácono en 1571, sacerdote en 1572 (celebró su primera misa en la iglesia del convento de S.Bartolomeo in Campagna), doctor en teología en 1575. Pero al mismo tiempo que estudiaba seria y profundamente la obra de Santo Tomás, leía escritos de Erasmo de Rotterdam, rigurosamente prohibidos y cuyo descubrimiento causó la apertura de un proceso local en su contra, en el curso del cual emergieron también acusaciones sobre dudas acerca del dogma trinitario. Era el año 1576 y la inquisición ya venía dando desde hacía tiempo clamorosos ejemplos de rigor y eficiencia por lo cual Bruno, temiendo por la gravedad de las acusaciones, huyó de Nápoles abandonando el hábito eclesiástico.
Tuvo así inicio la serie increíble de sus peregrinaciones, durante las que se mantuvo impartiendo lecciones en varias disciplinas (geometría, astronomía, mnemotecnia, filosofía, etc.). En el arco de dos años (1577-1578) vivió en Noli, en Savona, en Turín, en Venecia y en Padua donde, a sugerencia de algunos hermanos dominicos, aun sin una formal reintegración a la orden, volvió a vestir el hábito. Después de breves estadías en Bérgamo y en Brescia, al final de 1578 se dirigió hacia Lyon pero, ya en el convento dominico de Chambery, fue desaconsejado de permanecer en aquella ciudad de frontera con los países reformados y sujeta a particulares controles, por lo que decidió dirigirse a la no lejana Ginebra, la capital del calvinismo.
Aquí fue acogido por Gian Galeazzo Caracciolo, marqués de Vico, desterrado de Italia y fundador de la comunidad evangélica italiana local. Depuesto de nuevo el hábito y después de una experiencia como "corrector de primera impresión” en una tipográfica, Bruno adhirió formalmente al calvinismo y fue matriculado como docente en la universidad local (mayo de 1579). Ya en agosto en cambio, habiendo publicado un librito en el cual se estigmatizaba al titular de la cátedra de filosofía evidenciando bien veinte errores en los que éste habría incurrido en una sola lección, fue acusado de difamación y por lo tanto arrestado, procesado y obligado a arrepentirse bajo pena de excomunión. Bruno admitió su culpabilidad pero tuvo que dejar Ginebra, no sin conservar un fuerte resentimiento. Casi por reacción se dirigió entonces a Tolosa, en aquellos años baluarte de la ortodoxia católica en la Francia meridional, donde buscó, sin conseguirla, la absolución con un confesor jesuita, pero pudo conseguir en todo caso un puesto de lector de filosofía en la universidad y por dos años comentó el "De anima" de Aristóteles. En el 1581 dejó también Tolosa, donde se perfilaba un recrudecimiento de las luchas religiosas entre católicos y hugonotes y se fue a París donde dictó, en calidad de "lector extraordinario" (los "ordinarios" debían asistir a misa, cosa que a él estaba prohibida como apóstata y excomulgado) un curso en treinta lecciones sobre los atributos divinos en Tomás de Aquino. La noticia del éxito del curso llegó hasta el rey Enrique III, al que Bruno dedicó enseguida (1582), su "De umbris idearum" con el anexo "Ars memoriae" consiguiendo el nombramiento como "lector extraordinario y remunerado". La pertenencia al grupo de los "lecteurs royaux" también le permitía cierta autonomía respecto de la Sorbona, de la cual no dejó de criticar el conformismo aristotélico. Es éste un período de gran fecundidad en la producción filosófica y literaria de Bruno, que publica en breve sucesión el "Cantus circaeus", el "De compendiosa architectura et complemento artis Lullii" y "Il Candelaio". Con el favor del rey se convirtió en "gentilomo" (pero bien pronto estimado amigo) del embajador de Francia en Inglaterra Michel de Castelnau, que llegó a Londres en abril de 1583, y gracias al cual frecuentó la corte de la "diva" Elisabeth. Continuó aquí publicando obras importantes: "Ars reminiscendi", "Explicatio triginta sigillorum" y "Sigillus sigillorum" en único volumen y enseguida la "Cena delle ceneri”, "De la causa, principio et uno", "De infinito, universo et mondi" y "Spaccio della bestia trionfante". Al año siguiente, siempre en Londres, dio a la imprenta “La cabala del cavallo pegaseo" y "Degli eroici furori”. Esta última obra, al igual que el “Spaccio” es dedicada a sir Philip Sidney, sobrino de Robert Dudley conde de Leicester. Algunos de estos textos reflejan las polémicas con la universidad de Oxford y con una parte de la aristocracia inglesa. En contacto con la famosa universidad oxoniense, empujado por la impetuosidad de su carácter, durante un debate puso en dificultades, sin mucho tacto, a un estimado docente: John Underhill, y se volvió así antipático a una parte de sus colegas que no dejaron de manifestar enseguida su animosidad. Obtenido en efecto, después de algunos meses, el encargo de dictar una serie de conferencias en latín sobre cosmología, en las que defendió entre otras las teorías de Nicolás Copérnico sobre el movimiento de la Tierra, fue acusado de haber plagiado algunas obras de Marsilio Ficino y obligado a interrumpir las lecciones. Pero más allá de los resentimientos personales, entraban en conflicto con el clima cultural y religioso de Inglaterra de aquel tiempo algunas ideas de fondo de Bruno, como justamente su cosmología y su antiaristotelismo. El episodio del día de las cenizas del 1584, 14 de febrero, es significativo: Bruno había sido invitado por el aristócrata inglés Sir Fulke Greville a exponer sus ideas sobre el universo. Dos doctores de Oxford presentes, en vez de oponer argumento a argumento, provocaron una encendida disputa y usaron expresiones que Bruno consideró ofensivas, al punto de inducirlo a despedirse del anfitrión. De este hecho nació “La cena delle ceneri", que contiene agudas y no siempre diplomáticas observaciones sobre la realidad inglesa contemporánea, atenuadas luego por la reacción de algunos que se sentían injustamente implicados en tales juicios, en el siguiente "De la causa, principio et uno." En los dos diálogos italianos, Bruno contrasta la cosmología geocéntrica de corte aristotélico-tolemaico, pero también supera las concepciones de Copérnico, integrándolas con la especulación del "divino Cusano". Sobre la estela de la filosofía de Cusano, en efecto, el Nolano imagina un cosmos animado, infinito, inmutable, dentro del cual se agitan infinitos mundos parecidos al nuestro. De nuevo en Francia, luego del regreso de De Castelnau, Bruno se ocupó de un reciente descubrimiento de Fabricio Mordente, el compás diferencial, para presentar el cual escribió - por invitación del inventor - un prefacio en latín en cuya redacción prevalecían de tal forma las aplicaciones que Bruno hacía del instrumento para avalar sus tesis filosóficas sobre el límite físico de la divisibilidad, que oscurecían o reducían a un hecho mecánico la invención. Ofendido, Mordente se apresuró a comprar todas las copias disponibles y las destruyó. Bruno reavivó la polémica publicando un diálogo de tono sarcástico titulado "Idiota triumphans seu de Mordentio inter geometras deo" que indirectamente hizo más difícil su permanencia en París, por ser Mordente un católico ligado a la facción del duque de Guisa, que en poco tiempo habría alcanzado lo máximo de su parábola ascendente, mientras que Bruno reafirmaba su fidelidad a Enrique III. Reacciones negativas suscitaron pronto en Cambray las tesis fuertemente antiaristotélicas contenidas en el opúsculo "Centum et viginti articuli de natura ed mundo adversos peripateticos" discutidas en nombre del maestro por su discípulo J. Hennequin. La intervención crítica de un joven abogado que Bruno sabía pertenecía a su misma tendencia política, convenció al filósofo nolano de que la permanencia en París no era ulteriormente posible. De nuevo vagabundo por Europa, Bruno arriba en junio de 1586 a Wittemberg, en Alemania, donde enseña por dos años en la universidad local como "doctor italus", al término de los cuales se despide (también por el predominio en la ciudad de la tendencia calvinista) con una "Oratio valedictoria" con la que agradece a la universidad por haberlo acogido sin prejuicios religiosos. La oración también contiene una calurosa alabanza a Lutero por su coraje al oponerse al superpoder de la Iglesia de Roma, lo que tiene gran valor como defensa de la libertad religiosa, pero no reniega de sus convicciones críticas acerca de la doctrina luterana detectables en otras obras (especialmente "Cabala" y "Spaccio"). Los "heroicos furores" parecían a Bruno incompatibles con la paulina teología de la cruz. Después de una breve estadía en la Praga de Rodolfo II, al que dedicó los "Articuli adversos mathematicos", al final de 1588 se dirige a Helmstedt donde, para poder enseñar en la local "Accademia Iulia" adhiere al luteranismo. Pero los problemas de fondo permanecen: no había pasado aún un año cuando fue excomulgado por el pastor local Gilbert Voet por motivos no bien aclarados y que Bruno sostuvo que eran de naturaleza privada. Fue en esta ciudad sin embargo que fueron publicadas gran parte de las obras llamadas "mágicas": "De magia”, “De magia mathematica", "Theses de magia", etc. El 2 de junio de 1590 Bruno llega a Francfort donde pide pero no obtiene el permiso de residencia y permanece precariamente hospedado en un convento de carmelitas. Publicados tres poemas latinos, (De triplice minimo, De mónade, De innumerabilis) , y después de algunos meses de permanencia en Zurich donde dicta lecciones de filosofía, vuelve a Francfort donde en la primavera del 1591 recibe dos cartas del aristócrata veneciano Giovanni Mocenigo que lo invita a Venecia para que le enseñe el arte de la memoria. Los motivos por los que Bruno se decidió a aceptar la invitación, con todos los riesgos que implicaba un regreso a Italia, son debatidos todavía entre los estudiosos. Probablemente con razón, Michele Ciliberto está convencido de que convergieran en esta elección una pluralidad de causas. Excomulgado por las iglesias reformadas tanto como por la católica, en ruptura con ambientes puritanos y con la facción entonces dominante en Francia, era aislado e indeseado a nivel europeo. Tenía confianza en la tradicional autonomía de la República véneta (donde de hecho sobrevivían círculos aristocráticos orientados en sentido "liberal") con respecto al papa, y aspiraba a la cátedra de matemáticas de la universidad de Padua, entonces vacante, que más tarde sería de Galileo Galilei. A estas consideraciones, además, Ciliberto añade otra, directamente vinculada con los últimos logros de la filosofía del Nolano: una suerte de fuerte autoconciencia, de vocación en un sentido reformador, casi como si se sintiese “un Mercurio enviado por los dioses” para aclarar las tinieblas del presente. Una cosa Bruno no había previsto –nota Filiberto- : "qué clase de hombre era Mocenigo" (Giordano Bruno, op.cit. pág. 259 ). Como quiera que sea, a fines de marzo de 1592 el inquieto peregrino llega a casa de Mocenigo en Venecia. Después de algunos meses el patricio veneciano, tal vez insatisfecho en su expectativa de extraordinarias técnicas mágico-mnemónicas, quizás también molesto por el carácter independiente de Bruno, que mal se adaptaba a la condición de "famiglio" (siervo), especialmente de una persona tan ignorante y presuntuosa, (se aprestaba entre otras cosas a ir a Francfort para hacer imprimir libros y continuaba esperando una cátedra en Padua), contraviniendo las más elementales reglas de la hospitalidad, encerró a Bruno en sus habitaciones y lo denunció a la Inquisición local afirmando haberlo oído proferir blasfemias y frases heréticas. Después de un par de meses, sin embargo, el proceso , que había sido iniciado enseguida, se presentaba bastante favorable a Bruno, que se había defendido sosteniendo haber formulado hipótesis filosóficas y no teológicas y que por cuanto concernía a las cosas de fe se remitía plenamente a la doctrina de la Iglesia, pidiendo perdón por alguna frase desconsiderada que pudiera haber pronunciado. Además tuvo atestaciones favorables o por lo menos no hostiles de parte de muchos testigos del patriciado véneto. Cuando todo hacía esperar una próxima absolución, al improviso llegó de Roma la solicitud de traslado del proceso al tribunal central del S. Oficio. La primera respuesta del senado, celoso custodia de la autonomía de la Serenissima, fue negativa, pero tras las insistencias vaticanas, en la consideración de que el inquirido no era ciudadano veneciano y que su proceso se había iniciado antes de su llegada a la ciudad lagunar (se hacía referencia a los hechos del 1575) llegó al final el “nulla-osta” y en febrero de 1593 el peregrinar de Bruno acabó en una celda del nuevo edificio del S. Oficio, hecho construir por Pio V en las cercanías de Porta Cavalleggeri. Del proceso, que se prolongó por bien seis años y durante el cual por una vez al menos se recurrió con toda probabilidad a la tortura, nos queda un "sumario", hallado extrañamente en el archivo personal de Pio IX y publicado por A. Mercati en 1942. Se trata casi seguramente de una síntesis compilada para uso de los jueces, que les permitía tener una visión de conjunto que no era fácil lograr en el gran fárrago de documentos originales. Un fundamental estudio de este extracto se incluye en el libro de L. Firpo "Il processo di Giordano Bruno", Nápoles, 1949, al cual me remito por los detalles dramáticos y significativos del intrincado procedimiento que, además de proveer numerosos datos sobre la vida de Bruno, muestra el progresivo resquebrajamiento de su tesis defensiva entre el plano filosófico (en el cual afirmó haber solamente especulado) y el teológico, que no le interesaba. Decisivo al respecto fue el ingreso en el tribunal en 1597 del teólogo jesuita Roberto Bellarmino, llamado a examinar los actos procesales y sobre todo las obras impresas para dilucidar su contenido heterodoxo. Cuando el Nolano, que durante el proceso había tratado de disimular, atenuar y a veces hasta aceptado repudiar algunas de sus posiciones en más abierto conflicto con la doctrina católica, se encontró frente a la necesidad - para salvarse - de rechazar en bloque sus ideas, juzgadas radicalmente incompatibles con la ortodoxia cristiana, se obstinó en un firme y desdeñoso rechazo, y fue el fin. El 20 de enero de 1600 Clemente VIII, considerando ya probadas las acusaciones y rechazando la solicitud de ulterior tortura presentada por los cardenales, ordenó que el acusado, "herético impenitente, pertinaz, obstinado", fuera entregado al brazo secular. Eso significaba -a pesar de la presencia en la sentencia de la usual hipócrita fórmula que invocaba la clemencia del Gobernador- la muerte en la hoguera. EL 8 de febrero la sentencia fue leída en la casa del Cardenal Madruzzo y fue entonces que Bruno, como un atendible testigo presencial (Schopp) refiere, se volvió hacia los jueces y pronunció la famosa frase: “Tal vez tenéis más miedo vosotros que emanáis esta sentencia que yo que la recibo". El siguiente jueves 17 de febrero de 1600 - año santo - fue conducido a Campo de' Fiori con la lengua “in giova", es decir con una mordaza que le impedía hablar y allí, desnudo y atado a un palo, fue quemado vivo apartando ostentosamente la mirada de un crucifijo, del cual estaba compartiendo la suerte pero que le querían hacer aparecer como verdugo. Había puesto en práctica y desafortunadamente experimentado sobre su piel una consideración hecha muchos años antes: "De donde importa el honor, la utilidad pública, la dignidad y perfección del propio ser, el cuidado de las leyes divinas y naturales, no te mueves por terrores que amenazan muerte". (Dialoghi Ital., G. Gentile Florencia 1985, pp. 698-99.). En el sumario del proceso están consignados los cargos (24) pero no los que se consideraban probados en la sentencia, que sin embargo son así referidos referidos por Schopp, de memoria:
1. Negar la transustanciación; 2. poner en duda la virginidad de María; 3. haber permanecido en país de herejes, viviendo a su modo; 4. haber escrito contra el papa el "Spaccio della bestia trionfante"; 5. sostener la existencia de mundos innumerables y eternos; 6. afirmar la metempsicosis y la posibilidad de que un alma sola informe dos cuerpos; 7. considerar la magia buena y lícita; 8. identificar el Espíritu Santo con el alma del mundo; 9. afirmar que Moisés simuló sus milagros e inventó la ley; 10.declarar que la sagrada escritura no es sino un sueño; 11.considerar que hasta los demonios se salvarán; 12.creer en la existencia de los preadamitas; 13.aseverar que Cristo no era Dios sino un embustero y un mago y que con justicia fue ahorcado; 14.afirmar que también los profetas y los apóstoles fueron magos y que casi todos tuvieron mal fin.
De estos errores, el cuarto resulta abiertamente infundado ya que el "Spaccio" es más bien antiluterano que antipapista; las vulgares invectivas contra Cristo, los profetas y los apóstoles de los nn. 13 y 14 son evidentemente ecos de desahogos coyunturales de una persona exasperada. Donde el contraste con la institución aparece insalvable es más bien con el núcleo central de la doctrina de Bruno, delineado en los puntos 5, 6 y 8. No es el caso aquí de profundizar en el sistema filosófico del Nolano, pero el sólo pensar que la Tierra, de centro de un limitado universo, objeto específico y privilegiado de la acción creadora de Dios, se convirtiera en un minúsculo puntito en un universo infinito y entre mundos infinitos; que tal universo es invadido y vivificado por un espíritu divino inmanente; que en el continuo transformarse de la vida, las almas, inmortales, informan cuerpos diferentes, etc., hacía que las Escrituras, Cristo, la Virgen, los profetas y las dogmas aparecieran como imperfectas sombras de una realidad que la filosofía mostraba mucho más grande, y que a lo sumo servían para mantener tranquilos a los pueblos. Probablemente las ideas de Bruno no habrían logrado nunca llegar a las masas, ni provocar cismas lejanamente comparables al luterano; pero en definitiva se trataba, en cierto sentido, de una tentativa de reemplazar por una nueva "suma" del universo, la tradicional de S. Tomás. Y éste fue considerado un peligroso ejemplo, un atentado contra la supremacía de la teología sobre la filosofía, de la religión sobre la razón. (*)
(*) Fuente: Biografía editada en giordanobruno.info.com
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SUMARIO DEL PROCESO CONTRA GIORDANO BRUNORoma, 1597

Volumen de papel, 320 x 245 mm., 429 folios (numeración antigua, en parte equivocada y sin incluir muchos folios blancos), encuadernado en pergamino; en el dorso: VARIA. Censurae. ASV, Misc., Arm. X, 205, ff. 230v‑231r
En uno de los volúmenes del fondo «Miscellanea Armadi» (Arm.X, 205), quizá compuesto mediante la recopilación de varios escritos del conocido canonista Francisco Peña, auditor y después decano de la Rota (fallecido en 1612), se encuentra un valioso texto que se buscó y se mantuvo secreto durante mucho tiempo y que finalmente fue encontrado en el fondo Pío IX por el prefecto del Archivo Vaticano, Angelo Mercati, el 15 de noviembre de 1940, tras 15 años de investigaciones sin éxito. Se trata del sumario del proceso contra Giordano Bruno. A Mercati se debe también la publicación del sumario con una amplia y consistente introducción, aparecida en 1942.
Al haberse perdido irremediablemente el volumen o los volúmenes del proceso romano contra Giordano Bruno (1548-1600), que en el pasado se habían conservado en el archivo del Sant’Offizio, el presente texto, que procede de los originales (se citan a menudo, en los márgenes del sumario, las páginas del proceso perdido), se convierte en un testimonio todavía más valioso para el conocimiento del largo y enrevesado proceso inquisitorio al que se sometió al célebre fraile dominicano. En el sumario confluyeron, probablemente para uso del consejero del Sant’Offizio de la época, extractos de las obras de Bruno, sus declaraciones (es decir interrogatorios), algunos actos del proceso veneciano afrontado por el célebre predicador en 1592 y otros escritos copiados también del proceso original.
El caso humano de Giordano Bruno se concluyó con el proceso romano (1593-1600) y con la sentencia de herejía reconocida, la cual, al perdurar su extrema y resuelta defensa de su inocencia, se convirtió en la aplicación de la pena capital que se ejecutó en Campo dei Fiori el 17 de febrero de 1600. En una de las últimas declaraciones que precedieron a la sentencia (quizá de abril de 1599), el dominicano fue interrogado por los jueces del Sant’Offizio sobre su concepción cosmogónica, propugnada sobre todo en La cena delle ceneri, y en el De l’infinito universo et mondi. Él entonces sostuvo sus teorías y defendió que eran teorías con base científica y en absoluto contrarias a las divinas Escrituras (parte izquierda, a partir de la primera línea: Circa motum terrae, f. 287, sic dicit:Prima generalmente dico ch’il moo et la cosa del moto della terra e della immobilità del firmamento o cielo sono da me prodotte con le sue raggioni et autorità le quali sono certe, e non pregiudicano all’autorità della divina scrittura [...]. Quanto al sole dico che niente manco nasce e tramonta, né lo vedemo nascere e tramontare, perché la terra se gira circa il proprio centro, che s’intenda nascere e tramontare [... ]). En esas mismas salas en que se interrogaba a Giordano Bruno, por estos mismos cruciales problemas de la relación entre la ciencia y la fe en los albores de la naciente astronomía y en el crepúsculo de la decadente filosofía aristotélica, dieciséis años después habría sido convocado por el cardenal Bellarmino, que ahora contestaba a Bruno las tesis heréticas, Galileo Galilei, que también fue sometido a un célebre proceso inquisitorio que por suerte, al menos en su caso, se concluyó con una simple abjuración.

3/12/07

MANIFIESTO DE LA JUNTA REVOLUCIONARIA LA REVOLUCIÓN DE 1890

A fines de julio de 1890 se produce en Buenos Aires el alzamiento cívico-militar contra el unicato del Presidente Juárez Celman. La Junta Revolucionaria emite un manifiesto explicando los motivos.

Barricada revolucionaria protegiendo el Parque de Artillería
AL PUEBLO:El patriotismo nos obliga a proclamar la revolución como recurso extremo y necesario para evitar la ruina del país. Derrocar un gobierno constitucional, alterar sin justo motivo la paz pública y el orden social, sustituir el comicio con la asonada y erigir la violencia en sistema político, sería cometer un verdadero delito de que nos pediría cuenta la opinión nacional. Pero acatar y mantener un gobierno que representa la ilegalidad y la corrupción; vivir sin voz ni voto la vida pública de un pueblo que nació libre; ver desaparecer día por día las reglas, los principios, las garantías de toda administración pública regular, consentir los avances al tesoro, la adulteración de la moneda, el despilfarro de la renta; tolerar la usurpación de nuestros derechos políticos y la supresión de nuestras garantías individuales que interesan a la vida civil, sin esperanza alguna de reacción ni de mejora, porque todos los caminos están tomados para privar al pueblo del gobierno propio y mantener en el poder a los mismos que han labrado la desgracia de la República; saber que los trabajadores emigran y que el comercio se arruina, porque, con la desmonetización del papel, el salario no basta para las primeras necesidades de la vida y se han suspendido los negocios y no se cumplen las obligaciones; soportar la miseria dentro del país y esperar la hora de la bancarrota internacional que nos deshonraría ante el extranjero; resignarse y sufrir todo fiando nuestra suerte y la de nuestra posteridad a lo imprevisto y a la evolución del tiempo, sin tentar el esfuerzo supremo, sin hacer los grandes sacrificios que reclama una situación angustiosa y casi desesperada, sería consagrar la impunidad del abuso, aceptar un despotismo ignominioso, renunciar al gobierno libre y asumir la más grave responsabilidad ante la patria, porque hasta los extranjeros podrían pedirnos cuenta de nuestra conducta, desde que ellos han venido a nosotros bajo los auspicios de una Constitución que los ciudadanos hemos jurado y cuya custodia nos hemos reservado como un privilegio, que promete justicia y libertad a todos los hombres del mundo que vengan a habitar el suelo argentino.
La Junta Revolucionaria no necesita decir al pueblo de la Nación y a las naciones extrañas los motivos de la revolución, ni detallar cronológicamente todos los desaciertos, todos los abusos, todos los delitos, todas las iniquidades de la administración actual.
El país entero está fuera de quicio, desde la capital hasta Jujuy. Las instituciones libres han desaparecido de todas partes; no hay república, no hay sistema federal, no hay gobierno representativo, no hay moralidad. La vida política se ha convertido en industria lucrativa.
El Presidente de la República ha dado el ejemplo, viviendo en la holgura, haciendo la vida de los sátrapas con un menosprecio inaudito por el pueblo y con una falta de dignidad que cada día se ha hecho más irritante. Ni en Europa ni en América podía encontrarse en estos tiempos un gobierno que se le parezca; la codicia ha sido su inspiración, la corrupción ha sido su medio. Ha extraviado la conciencia de muchos hombres con las ganancias fáciles e ilícitas, ha envilecido la administración de Estado obligando a los funcionarios públicos a complacencias indebidas y ha pervertido las costumbres públicas y privadas prodigando favores que representan millones.
Él mismo ha recibido propinas de cuanto hombre de negocio ha mercado en la nación, y forma parte de los sindicatos organizados para las grandes especulaciones, sin haber introducido capital ni idea propia, sino la influencia y los medios que la Constitución ponía en sus manos para la mejor administración del Estado. En cuatro años de gobierno se ha hecho millonario, y su fortuna acumulada por tan torpes medios se exhibe en bienes valiosísimos cuya adquisición se ha anunciado por la prensa. Su participación en los negocios administrativos es notoria, pública y confesada. Los presentes que ha recibido, sin noción de la delicadeza personal, suman cientos de miles de pesos y constan en escrituras públicas, porque los regalos no se han limitado a objetos de arte o de lujo; han llegado a la donación de bienes territoriales, que el pueblo ha denunciado como la remuneración de favores oficiales.
Puede decirse que él ha vivido de los bienes del Estado y que se ha servido del erario públco para constituir un patrimonio propio.
Su clientela le ha imitado; sujetos sin profesión, sin capital, sin industria, han esquilmado los Bancos del Estado, se han apoderado de las tierras públicas, han negociado concesiones de ferrocarriles y puertos y se han hecho pagar su influencia con cuantiosos dineros.
En el orden político ha suprimido el sistema representativo hasta constituir un congreso unánime sin discrepancia de opiniones, en el que únicamente se discute el modo de caracterizar mejor la adhesión personal, la sumisión y la obediencia pasiva.
El régimen federativo ha sido escarnecido; los gobernadores de provincia, salvo rara excepción, son sus lugartenientes; se eligen, mandan, administran y se suceden según su antojo: rendidos a su capricho.(...)
En el orden financiero los desastres, los abusos, los escándalos, se cuentan por días. Se ha hecho emisiones clandestinas para que el Banco Nacional pague dividendos falsos, porque los especuladores oficiales habían acaparado las acciones y la crisis sorprendió antes de que pudieran recoger el botín. El ahorro de los trabajadores y los depósitos del comercio se han distribuído con mano pródiga en el círculo de los favoritos del poder que han especulado por millones y han vivido en el fausto sin revelar el propósito de cumplir jamás sus obligaciones. La deuda pública se ha triplicado, los títulos a papel se han convertido, sin necesidad, en títulos a oro, aumentando inconsiderablemente las obligaciones del país con el extranjero; se ha entregado a la especulación más de cincuenta millones de pesos oro que había producido la venta de los fondos públicos de los Bancos garantidos, y hoy día la nación no tiene una sola moneda metálica y está obligada al servicio en oro de más de ochenta millones de títulos emitidos para ese fin; se vendieron los ferrocarriles de la nación para disminuir la deuda pública, y realizada la venta se ha despilfarrado el precio; se enajenaron las obras de salubridad, y en medio de las sombras que rodean ese escándalo sin nombre, el pueblo únicamente ve que ha sido atado, por medio siglo, al yugo de una compañía extranjera, que le va a vender la salud a precio de oro; los Bancos garantidos se han desacreditado con las emisiones falsas; la moneda de papel está despreciada en doscientos por ciento y se aumenta la circualción con 35 millones de la emisión clandestina, que se legaliza, y con cien millones, que se disfrazan con el nombre de bonos hipotecarios, pero que son verdadero papel moneda, porque tienen fuerza cancelatoria; cuando comienza la miseria se encarece la vida con los impuestos a oro; y después de haber provocado la crisis más intensa de que haya recuerdo en nuestra historia, ha estado a punto de entregar fragmentos de la soberanía para obtener un nuevo empréstito, que también se habría dilapidado, como se ha dilapidado todo el caudal del Estado. (...)
(Firman) L. N. ALEM - A. DEL VALLE - M. DEMARÍA - M. GOYENA - JUAN JOSÉ ROMERO - LUCIO V. LÓPEZ

Contratiempo Revista de pensamiento y cultura Año 2 N°4 - OTOÑO / INVIERNO 2002

El método positivista como paradigma de conocimiento histórico

Introducción a los estudios históricos
Fragmento
Estudio introductorio

El método positivista como paradigma de conocimiento histórico
Francisco Sevillano CaleroUniversidad de Alicante
«Tal vez la falta del elemento mítico en la narración de estos hechos restará encanto a mi obra ante un auditorio, pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes de la naturaleza humana, si éstos la consideran útil, será suficiente. En resumen, mi obra ha sido compuesta como una adquisición para siempre más que como una pieza de concurso para escuchar un momento»[1] .

Con estas palabras, Tucídides resumía su propia investigación acerca de la guerra del Penopoleso. Como ocurrió con el historiador ateniense, la prosecución de la verdad en la narración sobre el pasado del hombre ha sido un afán recurrente en el trabajo historiográfico, pues en el uso que de él se ha hecho, «el pasado no es nunca la historia, por más que algunos de sus elementos puedan ser históricos»[2] . Así, la historiografía, como arte de escribir la historia, ha ido delimitando su objeto de estudio, perfilando su método y estableciendo sus técnicas de crítica para el exacto establecimiento de lo acaecido, de la objetividad del conocimiento del pasado, como sucedió con la afirmación de la historiografía crítica durante la segunda mitad del siglo XIX[3] .
Pero como disciplina de conocimiento, la historiografía es una operación que se refiere a unas condiciones previas mediante «la combinación de un lugar social, de prácticas “científicas” y de una escritura»[4] ; una operación que realiza un grupo profesional, con sus compromisos y disputas, no sólo con sus precursores, sino en competencia asimismo con los miembros de disciplinas aledañas para dominar el campo de las ciencias sociales. Así, se ha destacado la situación ambigua de este campo entre dos principios de jerarquización opuestos: el político y el científico; un mundo social como otros que conoce de relaciones de fuerza y de luchas de intereses, de modo que sólo el análisis histórico permite una crítica de las pasiones y de aquellos intereses que pueden condicionar la metodología más rigurosa [5] . En esta línea, no se han de buscar sólo las contribuciones permanentes de un momento anterior de la disciplina a su estado de conocimiento, sino que hay que poner de manifiesto «la integridad histórica de esa ciencia en su propia época»[6] . En la epistemología del conocimiento histórico, tal supone matizar la idea del desarrollo gradual y acumulativo de la disciplina a través del mejoramiento de su método de conocimiento científico.
El cambio de la historiografía conlleva, más bien, el trastocamiento de un actitud intelectual, que es sustituida por otra que no era tenida como natural. De este modo, la práctica disciplinar de la historia se sitúa en un plano diferente al modificarse la perspectiva de la comunidad de historiadores. Un cambio que no resulta del enfrentamiento de ideas, sino de profesionales que las aceptan y acaban compartiendo distintos elementos a modo de «matriz disciplinar» de un paradigma a través de un entramado institucional: trátense de generalizaciones, modelos concretos, valores, y ejemplos de problemas y soluciones acerca del conocimiento del pasado [7] . Así sucedió con el establecimiento del método crítico de investigación en historia durante el siglo XIX, que acabó con una importante polémica acerca de su carácter científico. La naturaleza epistemológica del conocimiento histórico suscitó la controversia a finales de aquel siglo acerca de los fundamentos cognitivos de la disciplina y su método a partir del ejemplo de las ciencias naturales; en último término, tales reflexiones trataban sobre la oposición entre objeto y sujeto, herencia de la filosofía clásica del conocimiento, y de las condiciones de acceso a la verdad. Un debate que no sólo trató de la historia, puesto que también las ciencias, y en particular la física, fueron puestas en cuestión como conocimiento puro, resultado de la relación entre un objeto existente independientemente de un sujeto en un estado de objetividad y receptividad. De este modo, la historia y las ciencias han tenido trayectorias paralelas como manifestaciones parciales del conocimiento general[8] .
La historia de la historiografía debe permanecer ajena a las luchas por el monopolio de la representación legítima del pasado, pues que ha de «proceder al estudio de la historiografía en coyunturas concretas y particulares, para que pueda ser referida a la estructura social que la hace posible, renunciando si hace falta a obtener un concepto unitario y dogmático de la actividad historiográfica» [9] . Este comentario acerca de la formación del método positivista como paradigma de conocimiento histórico parte, así, de unas premisas: la concepción de la tarea historiográfica como una práctica social enmarcada históricamente; la atención a los correspondientes factores contextuales, pero sin menoscabo de la que se debe prestar a los propiamente intelectuales; el interés entre unos y otros fenómenos por la organización institucional del oficio de historiador; y el rechazo de una visión lineal acerca de la formación de un método científico, coherente y uniforme, que sea consustancial a la historia.
La emergencia del paradigma positivista en historia
En 1898, la edición de la obra Introduction aux études historiques, de Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos[10] , supuso el cierre de un período de ciencia normal en la historiografía tras el cambio que la adopción del método positivista había producido en Francia. Elaborado a partir de la revisión de las conferencias que ambos autores dictaran en el curso anterior a estudiantes principiantes en la Sorbona, se trataba de un manual que introducía y normativizaba el trabajo del historiador. Como vehículo pedagógico, su finalidad era enseñar al estudiante los problemas y las soluciones metódicas en el conocimiento del pasado, además de servir para la reflexión personal de eruditos e historiadores sobre la profesión que, se objetaba, algunos ejercían de forma mecánica. En la advertencia de Introduction aux études historiques se comenzaba afirmando que:
«Nuestra intención es examinar los condicionantes y la metodología de la investigación histórica y señalar su carácter y sus límites. ¿Cómo llegamos a saber algo acerca del pasado, hasta qué punto, y qué es lo que nos interesa de él? ¿Qué entendemos por documentos? ¿Cómo hemos de utilizarlos para escribir historia? ¿Qué entendemos por hechos históricos? ¿Cómo hemos de utilizarlos para escribir un libro de historia? De forma más o menos consciente, cualquier historiador efectúa en la práctica complejas tareas de selección y organización, de análisis y de síntesis. Pero los principiantes, y la inmensa mayoría de quienes jamás se han parado a reflexionar acerca de los fundamentos metodológicos de la historia recurren a métodos intuitivos que rara vez desembocan en la verdad científica, ya que por lo general carecen de rigor intelectual. Así pues, se hace necesario exponer y fundamentar la teoría delos procedimientos genuinamente racionales, ya consolidada en algunos de sus aspectos, todavía inconclusa en cuestiones de capital importancia»
El libro era un ensayo acerca del método de las ciencias históricas, pues se puntualizaba que su necesidad era mayor en éstas porque los métodos de trabajo aparentemente más adecuados en un primer impulso no eran métodos racionales; además, se apartaban tanto de los propios de otras ciencias «que, para no caer en la tentación de aplicar a la historia los métodos de otras disciplinas ya establecidas, es preciso tener presentes sus características especificas». Se trataba del método crítico de la historia positivista[11] .
La emergencia del positivismo como paradigma historiográfico coincidió con la percepción de la anomalía intelectual y moral, el «mal francés», en el contexto que siguió a la derrota militar de Sedán ante los ejércitos prusianos el 3 de septiembre de 1870, los sucesos violentos de la Comuna de París y la consolidación del régimen de la Tercera República. El uso público de la historia se convirtió en elemento esencial de la reconstrucción del sentimiento nacional y de la identidad republicana en Francia. Desde 1867, la historia era materia obligada en la enseñanza primaria, mientras que, con las leyes Ferri en el nuevo período republicano, se instituyó la escuela laica (en marzo de 1880), gratuita (junio de 1881) y obligatoria (marzo de 1882); una reforma que también ocurrió en la enseñanza superior[12] . Esto sucedió mediante el protagonismo de personajes como Ernest Lavisse, profesor de la Sorbona desde 1880, ocupando la cátedra de historia moderna cinco años después, y Gabriel Monod, quien inmediatamente introdujo los enfoques y los métodos de los seminarios alemanes en la IVª sección de la École Pratique des Hautes Études de París, creada en 1868. La fascinación por la universidades, la erudición y la crítica alemanas, hicieron que G. Monod quisiera renovar la ciencia histórica francesa a través de la Revue historique, que fundó con el archivero G. Fagniez en 1876[13] . De este modo, la creación de tal tipo de revistas sirvió para la elaboración y el mantenimiento de los paradigmas científicos de la historia en la segunda mitad del siglo XIX [14] . Hay que insistir en que la articulación de la comunidad de historiadores en torno a estas instituciones académicas, de investigación y científicas contribuyó a la construcción nacional en el nuevo régimen de la Tercera República en Francia[15] . Precisamente, G. Monod y G. Fagniez concluían el editorial del primer número de la Revue historique indicando que el estudio del pasado de Francia tenía una importancia nacional en aquel de entonces, pues: «Es mediante él que podemos rendir a nuestro país la unidad y la fuerza moral que necesita»[16] . La historia de Francia ocuparía la parte principal de la revista, que abordaría el período europeo después de la muerte de Teodosio (395) y la derrota de Napoleón en 1815, pues para tan prolongado tiempo, los archivos y bibliotecas conservaban «los más valiosos tesoros». Pero para los fundadores de la revista, conocer las tradiciones nacionales y comprender sus transformaciones suponía amar la historia por sí misma y no como un arma de combate para la defensa de ideas religiosas y políticas particulares, demandando a los colaboradores «tratar los sujetos de que se ocupen con el rigor de método y la ausencia de toma de partido que exige la ciencia»[17] . Así, la emergencia de este paradigma historiográfico en Francia resultó de la amalgama del cientificismo empirista, inspirado por el positivismo, con la crítica erudita del historicismo alemán (desprendido de una finalidad idealista y teleológica).
El principio de estudiar la historia a partir de sí misma era reiterado por Gabriel Monod en su amplio artículo publicado en el primer número de la Revue historique. Éste afirmaba que la revista «será una publicación de ciencia positiva y de libre discusión, pero se encerrará en el dominio de los hechos y se mantendrá cerrada a las teorías políticas y filosóficas»[18] . Ello servía precisamente para diferenciarla del ejemplo de la Revue des Questions historiques, que no había sido fundada simplemente para la investigación desinteresada y científica, sino para la defensa de ciertas ideas políticas y religiosas. Por el contrario, la adopción de un punto de vista estrictamente científico produce un sentimiento de simpatía respetuosa hacia el pasado, pero independiente, puesto que el papel del historiador consiste sobre todo en comprender y explicar, no en loar o condenar[19] . Un estudio imparcial y simpático del pasado, decía G. Monod, que era más apropiado en aquella época que en cualquier otra, dado que:
«Las revoluciones que han estremecido y trastornado el mundo moderno han hecho desaparecer de las almas los respetos supersticiosos y las veneraciones ciegas, pero al mismo tiempo no han hecho comprender todo lo que un pueblo pierde de fuerza y vitalidad cuando rompe violentamente con el pasado. En los que se refiere especialmente a Francia, los acontecimientos dolorosos que han creado en nuestra patria partidos hostiles, vinculándose cada uno a una tradición histórica especial, y los que más recientemente han mutilado la unidad nacional lentamente creada a lo largo de los siglos, hacen un deber despertar la conciencia de sí misma en el alma de la nación mediante el conocimiento profundo de su historia. Sólo así todos podrán comprender el vínculo lógico que une todos los períodos del desarrollo de nuestro país e incluso todas sus revoluciones; así, se sentirán los retoños del mismo suelo, los hijos de la misma raza, sin que renieguen de alguna parte de la herencia paterna, todos hijos de la vieja Francia y, al mismo tiempo, todos ciudadanos con el mismo título de la Francia moderna.
Es así que la historia, sin proponerse otro objetivo ni otro fin que el provecho que se tiene de la verdad, trabaja de una manera secreta y segura por la grandeza de la Patria, al mismo tiempo que para el progreso del género humano».
El recuerdo de los sucesos de la Comuna de París, las consecuencias de la amplia represión tras su caída y las tensiones por el ascenso republicano en la vida política del nuevo régimen en Francia motivaron que este historiador insistiese en el inestimable servicio de la historia como ciencia positiva a la unidad, la grandeza y el progreso de la nación.
Las ciencias humanas como ciencia positiva
Como paradigma de ciencia positiva, la historia resultó una forma explícita y una aplicación exhaustiva del campo epistemológico, la episteme, espacio subyacente más confuso y oscuro, cuyo cambio abrió el umbral de la modernidad a principios del siglo XIX[20] . En este umbral, apareció el hombre por primera vez como objeto del saber y se abrió un espacio propio a las ciencias humanas[21] . El saber, que hunde sus raíces en las condiciones de posibilidad de la episteme, aparece ahora como un espacio a modo de una trama de organizaciones, de relaciones internas entre elementos, cuyo conjunto asegura una función y permite establecer analogías y la sucesión de una organización a otra[22] . La ciencia positiva, que se extiende transversalmente entre las distintas disciplinas del saber, procede mediante el establecimiento de hechos individuales, refiriéndolos unos a otros a través de relaciones inmediatas para alcanzar verdades generales. Pero como convicción, el cientifismo está inextricablemente unido a la fe en el progreso humano, en la creencia del valor fundamental de la ciencia para la resolución de problemas y la articulación de la sociedad por el descubrimiento de sus leyes generales.
En Francia, la utopía cientifista en el progreso de la humanidad tuvo su proclamador más preclaro en el escritor Ernest Renan. Él también exaltó el poder omnímodo de la ciencia, del talento que gobernaría el mundo: «Dios entonces será completo, si hacemos la palabra Dios sinónima de la total existencia […] Pero detenerse aquí sería una zoología demasiado incompleta. Dios es más que la total existencia: es al mismo tiempo lo absoluto. Es el orden en que las matemáticas, la metafísica y la lógica, son verdaderas: es el lugar de lo ideal, el principio viviente del bien, de lo bueno y de lo verdadero»[23] . Esta revelación era resultado del progreso de la conciencia, la ley más general del mundo [24] . Sólo la tendencia al progreso hace que el tiempo no sea estéril, pues a modo de resorte íntimo impele todo en la vida hacia un mayor desarrollo[25] . El tiempo como factor universal establece precisamente una gradación entre todas las ciencias, porque cada una de ellas tiene por objeto dar a conocer un período de la historia del ser: «La historia propiamente dicha es, bajo este punto de vista, la más joven de las ciencias. Lo que nos esclarece tan sólo es el último período del mundo o, mejor dicho, la última fase de aquel período. Lo que nos enseña, nos lo enseña de una manera imperfecta y dejando enormes lagunas»[26] .
En un temprano libro, L’Avenir de la science. Pensées de 1848, que sin embargo permaneció inédito hasta 1890, un joven Renan afirmaba que la pretensión de la ciencia moderna es «organizar científicamente la humanidad»[27] . La ciencia es una religión, puesto que únicamente ella puede resolver los eternos problemas del hombre[28] . Esta exaltación del cientifismo aparecía en un contexto político y social convulso, en un momento en que: «Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo», palabras con las que Karl Marx y Friedrich Engels comenzaban el Manifiesto del Partido comunista, redactado en el segundo congreso de la Liga Comunista, reunido en Londres del 29 de noviembre al 8 de diciembre de 1847. En aquellas circunstancias, Ernest Renan hacía una profesión de fe positivista próxima a la expresada por Auguste Comte. Sin embargo, pensaba que la filología, como «ciencia exacta de las cosas espirituales», es a las ciencias de la humanidad lo que la física y la química a la ciencia natural, lo que, en su opinión, no había comprendido Comte al concebir aquellas ciencias del modo más restringido y haberles aplicado el método más grosero[29] . Para Ernest Renan, había que afirmar que «Comte no ha comprendido la infinita variedad de ese fondo fugitivo, caprichoso, múltiple, intangible, que constituye la naturaleza humana»[30] .
En la emergencia del paradigma positivista en la historiografía francesa, el pensamiento filosófico de Auguste Comte influyó esencialmente a través de la importancia de la metodología inductiva de la «ciencia positiva» en el estudio de la complejidad de los hechos del pasado. No obstante, existieron propuestas en relación con la historia muy próximas a la compleja noción comtiana de sociologie, como la que hiciera Louis Bordeau en el libro L’histoire et les histories, publicado en 1888. Para este autor, la historia estaba toda por hacer, pues no satisfacía ninguna de las exigencias de una ciencia constituida: su objeto es vago, mal definido, sin límites; su programa de problemas a resolver, lleno de confusión; su método, incapaz de constatar los hechos con certidumbre; su capacidad de establecer leyes, nula[31] . Así, instituir el estudio de las cosas humanas con el rango de las ciencias implica especificar el objeto de la historia, que L. Bourdeau definió como «la ciencia de los desarrollos de la razón»[32] . De esta manera, el objeto de la historia debe comprender la universalidad de los hechos que la razón dirige o cuya influencia sufre[33] . Sin embargo, Louis Bourdeau insistía en que los historiadores no habían atendido la obligación de observar la generalidad de los hombres (preocupándose por los personajes) ni las funciones de la razón (ocupándose de narrar los acontecimientos)[34] . La historia tenía que ser general e impersonal, prestando atención a las masas[35] ; la historia debía tratar de los hechos regulares de importancia general y permanente [36] . La estadística precisamente podía renovar el análisis de la historia, procediéndose a la síntesis mediante la búsqueda de un orden a través de las leyes que presiden el desarrollo de la humanidad: «Un principio domina y dirige todo el orden de las investigaciones positivas: Todo está regido por las leyes. Ello permite establecer científicamente la historia o instituirla sobre el estudio de aquello que los hechos humanos tienen de regular y constante, eliminar las causas ocultas, proclamar bien alto que la actividad de la razón obedece también a las leyes y debe descubrirlas»[37] .
En el mismo año de 1888, las críticas a la historia eran hechas por un joven científico social, Émile Durkheim, quien opinaba que la historia no es una ciencia porque se ocupa de lo especial y no puede alcanzar afirmaciones generales, comprobables empíricamente, que son propias del pensamiento científico. La historia quedaba reducida al estado de ciencia auxiliar, que aportaba información a la sociología[38] . Hay que observar que la fundamentación de la sociología como ciencia y su constitución como disciplina académica ocurrieron en gran medida a partir de semejantes conflictos teóricos, metodológicos e incluso corporativos, que tuvieron como trasfondo el rechazo de la historiografía académica. Bajo la influencia del positivismo, Émile Durkheim apuntaló metodológicamente el carácter de ciencia positiva de la sociología a partir de su objeto de estudio en la obra Les règles de la méthode sociologique, que se editó en 1895 (después de ser la segunda parte de su tesis doctoral, De la división du travail social, que comenzara en 1884 y fuese publicada en 1893)[39] . En el prefacio de su obra acerca del método sociológico, Durkheim señalaba que «nuestro objetivo principal es extender el racionalismo científico a la conducta humana, haciendo ver que, considerada en el pasado, es reducible a relaciones de causa y efecto, que una operación no menos racional puede transformar más tarde en reglas de acción para el porvenir. Lo que se ha llamado nuestro positivismo, es una consecuencia de este racionalismo»[40] . La sociología superaba así la «metafísica positivista» de precursores como Auguste Comte y Herbert Spencer para abordar el conocimiento de la realidad social mediante la observación y la aplicación del método científico al considerar los fenómenos sociales como «cosas». En este sentido, Émile Durkheim destacaba que el objeto de la ciencia sociológica es el «hecho social», de carácter externo y coercitivo a la conciencia individual, de la que se preocupaba la psicología, puesto que se trata de «maneras de obrar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y están dotadas de un poder coactivo, por el cual se le imponen»[41] . El individuo era desplazado como objeto de estudio en beneficio del análisis de las relaciones sociales, al tiempo que el «imperialismo sociológico» (de Durkheim y quienes formaron la École française de Sociologie, articulada en torno a la revista L’Année sociologique, que se publicó entre 1898 y 1913) resultó de la tarea impuesta de subordinar otras disciplinas de conocimiento[42] .
La premisa de que el método de una ciencia está unido a su objeto de estudio, pero sobre todo la autonomía de disciplinas como la historia, suscitaron el debate en Francia a partir de los últimos años del siglo XIX. Precisamente, el reto que el positivismo significó para el historicismo en Alemania había desatado también unas «disputas sobre el método» (Methodenstreit), que en parte trataron sobre el lugar de la historia en la clasificación de las ciencias. En 1883, Wilhelm Dilthey estableció la clásica división de «ciencias de la naturaleza» y «ciencias del espíritu», señalando que las últimas «constituyen un nexo cognoscitivo mediante el cual se trata de alcanzar un conocimiento real y objetivo de la concatenación de las vivencias humanas en el mundo histórico-social humano». El mismo autor puntualizaba seguidamente que:
«El mundo histórico humano no se nos presenta en las ciencias del espíritu como la copia de una realidad que se encontraría fuera […] En ellas lo acontecido y lo que acontece, lo único, accidental y momentáneo es referido a una trama de valores llena de sentido. El conocimiento trata de penetrar cada vez más, a medida que avanza, en esta trama o conexión; se hace cada vez más objetivo en la captación de ésta sin por eso poder suprimir su propia naturaleza, pues “lo que es” no puede experimentarlo más que por simpatía, reconstruyéndolo, uniendo, separando, en conexiones abstractas, en un nexo de conceptos»[43] .
De este modo, las ciencias del espíritu se refieren a los hombres, a sus relaciones entre sí y con la naturaleza exterior, fundamentándose en la vivencia, la expresión de vivencias y la comprensión de esta expresión[44] . La temporalidad contenida en el transcurso de la vida no es así una línea que se compone de partes equivalentes, un sistema de relaciones, de sucesiones, de coetaneidad, de duración, sino que el tiempo concreto es el cambio constante del contenido de la vivencia:
«el tiempo concreto consiste más bien en la precipitación incesante del presente en la cual “lo presente” se está haciendo pasado y lo futuro presente. “Actualidad” no es sino concreción de un momento del tiempo con realidad, es vivencia, en contraposición con el recuerdo de la misma, o con el desear, esperar, temer algo “vivible” en el futuro. Esta llenazón con realidad es la que subsiste siempre, de modo continuo, en la precipitación incesante del tiempo, mientras que lo que constituye el contenido de la vivencia cambia constantemente. Esta decantación progresiva de la realidad en la línea del tiempo, que constituye el carácter del presente, a diferencia de la representación de lo vivido o de lo que se ha de vivir, este sumirse constantemente del presente hacia atrás, en un pasado, y este hacerse presente de lo que apenas si hemos acabado de esperar, querer o temer y que sólo se hallaba en la región de lo representado, he aquí lo que constituye el carácter del “tiempo real”»[45] .
La vivencia es la unidad más pequeña en la corriente del tiempo, seleccionándose por su significado en el curso de la vida[46] . Para Dilthey, junto a las ciencias de la naturaleza se había desarrollado un grupo de conocimientos unidos por la comunidad de su objeto: la historia, la economía política, la ciencia del derecho y del estado, la ciencia de la religión, el estudio de la literatura y de la poesía, de la arquitectura y de la música, de los sistemas y de las concepciones filosóficas del mundo y la psicología, que se referían al género humano[47] . Pero en estas ciencias, la realidad de lo humano no viene desde fuera, sino que se basa en su propia esencia, en lo interno, en el sentido [48] . La diferencia respecto a las ciencias de la naturaleza radica en el método que constituye su objeto, puesto que: «En un caso se produce un “objeto espiritual” en el “comprender”, en el otro un “objeto físico” en el “conocer”»[49] . Wilhelm Dilthey observaba que:
«Lo humano, captado por la percepción y el conocimiento, sería para nosotros un hecho físico y en este aspecto únicamente accesible al conocimiento científico-natural. Pero surge como objeto de las ciencias del espíritu en la medida en que “se viven” estados humanos, en la medida en que se expresan en “manifestaciones de vida” y en la medida en que estas expresiones son “comprendidas” […] En una palabra, se trata del hecho de comprender mediante el cual la vida se esclarece a sí misma en su hondura y, por otra parte, nos comprendemos a nosotros mismos y comprendemos a otros a medida que vamos colocando nuestra propia vida “vivida” por nosotros en toda clase de expresión de vida propia y ajena. Así, pues, tenemos que la conexión de vivencia, expresión y comprensión constituye el método propio por el que se nos da lo humano como objeto de las ciencias del espíritu»[50] ..
Por el contrario, existen regularidades en la sucesión o la coexistencia de los fenómenos sensibles. La propiedad de todo lo físico supone la reducción de tales regularidades a un orden según leyes, comprobables mediante la inducción y la experimentación[51] . En resumen, las operaciones analíticas y sintéticas del método crítico de la historia se disponen entre dos extremos: la realidad interna de las vivencias humanas y la realidad externa de lo colectivo. Así, tales operaciones conducen, en primer lugar, desde lo interno de la subjetividad del observador a lo externo del hecho particular descrito y, en segundo término, desde lo concreto a lo general de los hechos históricos. Tal es el proceso de construcción metodológica.
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[1] Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 4.
[2] Plumb, J. H., La muerte del pasado, Barcelona, Barral Editores, 1974 (ed. or. en inglés de 1969), p. 12.
[3] Entre las exposiciones más tempranas sobre la historia de la historiografia en aquel siglo, véase Fueter, Eduard, Historia de la historiografía moderna, Buenos Aires, Editorial Nova, 1953 (ed. or. en alemán de 1913), en particular el segundo volumen de la obra, que concluye con el estado de la historiografía en correspondencia con los cambios históricos ocurridos a partir de 1870. Asimismo, hay que citar Gooch, George Peabody, Historia e historiadores en el siglo XIX, México, FCE, 1942 (ed. or. en inglés de 1913).
[4] Certeau, Michel de, «La operación historiográfica», en La escritura de la historia, México, Universidad Iberoamericana, 1993 (ed. or. en francés de 1975), p. 68. Se trata de una versión revisada y ampliada de la contribución del autor, con el título «La operación histórica», en Le Goff, Jacques y Nora, Pierre (dirs.), Hacer la historia, Barcelona, Laia, 1978 (ed. or. en francés de 1974), vol. I, pp.15-54.
[5] Bourdieu, Pierre, «La cause de la science. Comment l’histoire sociale des sciences sociales peut servir le progrès de ces sciences», Actes de la recherche en sciences sociales, n.º 106-107 (marzo 1995), p. 3 y sigs. Este texto fue presentado por el autor en el coloquio sobre «Social Theory and Emerging Issues in a Changing Society», celebrado en Chicago en 1989 y publicado con el título «Epilogue: On the Possibility of a Field of World Sociology», en Bourdieu, Pierre y Coleman, J. (ed.), Social Theory for a Changing Society, Nueva York, Russell Sage Foundation, 1991.
[6] Kuhn, Thomas S., La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE, 1971 (ed. or. en inglés de 1962), p. 23.
[7] Ibidem, pp. 278-287. Estas precisiones sobre el concepto de «matriz disciplinal» fueron hechas por T. S. Kuhn en la posdata de 1969 a la primera edición en inglés del libro citado, y que originalmente había incluido en la versión japonesa del mismo.
[8] Pomian, Krzystof, «L´histoire de la science et l’histoire de l’histoire», Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, 30 (septiembre-octubre 1975), pp. 935 y sigs.
[9] Niño Rodríguez, Antonio, «La historia de la historiografía, una disciplina en construcción», Hispania, CSIC, XLVI, n.º 163 (1986), p. 416.
[10] Introduction aux études historiques, París, Hachette, 1898, XVII-308 pp. Esta obra fue traducida al español a partir de la cuarta edición del original en 1909 con el mismo título de Introducción a los estudios históricos, Madrid, Daniel Jorro, editor, 1913, 372 pp., volviendo a ser editada en La Habana, Editora Nacional de Cuba, 1962 y también en Buenos Aires, Editorial La Pléyade, 1972.
[11] Véanse exposiciones generales como Bourdé, Guy y Martin, Hervé, «La escuela metódica», en Las escuelas históricas, Madrid, Akal, 1992 (ed. or. en francés de 1990), pp. 127-148; Noiriel, Gérard, «Naissance du métier d’historien», Genèses, n.º 1 (septiembre 1990), pp. 58-85 («La formación de una disciplina científica», en Sobre la crisis de la historia, Madrid, Cátedra, 1997); Prost, Antoine, «Seignobos revisité», Vingtième Siècle. Revue d’Histoire, n.º 43 (julio-septiembre 1994), pp. 100-118; y Pasamar Alzuria, Gonzalo, «La invención del método histórico y de la historia metódica en el siglo XIX», Historia Contemporánea, Universidad del País Vasco, n.º 11 (1993), pp. 183-213, pero sobre todo el exhaustivo estudio de Carbonell, Charles-Olivier, Histoire et historiens, une mutation idéologique des historiens français 1865-1885, Toulouse, Privat, 1976.
[12] En relación con este último aspecto, hay que citar Digeon, Claude, La crise allemande de la pensée française, París, P.U.F., 1959, sobre todo el capítulo VII, «La nouvelle université et l’Allemagne» (1870-1890)» y Keylor, William R., Academy and Community. The Foundation of the French Historical Profession, Cambridge, Mass., Harvard University Pess, 1975; y Charle, Christophe, La République des universitaires 1870-1940, París, Seuil. 1994.
[13] Véanse las contribuciones reunidas en el monográfico con motivo de su centenario en la Revue historique, n.º 518, abril-junio de 1976, en el que se reproducen asimismo el editorial del primer número de la revista y el amplio artículo que G. Monod publicó, con el título «Du progrès des études historiques en France depuis le XVIe siècle», en el mismo número inaugural de 1876. Hay que citar asimismo el trabajo de Corbin, Alain, «La Revue historique. Analyse de contenue d’une publication rivale des Annales», en Carbonell, Charles-Olivier y Livet, Georges (dir.), Au berceau des Annales. Actes du Colloque de Strasbourg (11-13 octobre 1979), Toulouse, Presses de l’Institut d’Etudes Politiques de Toulouse, 1983, pp. 105-137.
[14] A la fundación de la Historische Zeitschrift en 1859, siguieron otras como la propia Revue historique, la English Historical Review (1886), la Rivista storica italiana (1888) o la American Historical Review (1896).
[15] Véase Jones, Stuart, «Taine and the nation-state», en Berger, Stefan; Donovan, Mark y Passmore, Kevin (ed.), Writing National Histories. Western Europe since 1800, Londres, Routledge, 1999, pp. 85-96.
[16] Véase la reproducción del editorial en el mencionado monográfico de la Revue historique, n.º 518, abril-junio de 1976 (la cita procede de la p. 296).
[17] Ibidem, p. 295.
[18] Monod, Gabriel, «Du progrès des études historiques en France…», p. 322.
[19] Ibidem, pp. 322-323.
[20] Las grandes «discontinuidades» en la episteme de la cultura occidental fueron señaladas por Michel Foucault en Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas, México, Siglo XXI, 1968 (ed. or. en francés de 1966), p. 7.
[21] Ibidem, p. 10.
[22] Ibidem, p. 214.
[23] Renan, Ernesto, Las Ciencias naturales y las ciencias históricas. Carta a M. Marcelino Berthelot, escrita el 8 de agosto de 1863, Barcelona, Publicaciones de la Escuela Moderna, s.f., p. 36 (edición facsimilar en Valencia, Librerías París-Valencia, 1997).
[24] Ibidem, p. 33.
[25] Ibidem, p. 30.
[26] Ibidem, p. 11.
[27] Renan, Ernesto, El porvenir de la ciencia (Pensamientos de 1848), Madrid, Doncel, 1976, p. 30.
[28] Ibidem, p. 93.
[29] Ibidem, pp. 134-135.
[30] Ibidem, p. 135.
[31] Bourdeau, Louis, L’histoire et les histories. Essai critique sur l’histoire considerée comme science positive, París, Félix Alcan, éditeur, 1888, p. 1.
[32] Ibidem, p. 5.
[33] Ibidem, p. 11.
[34] Ibidem, p. 12.
[35] Ibidem, p. 109.
[36] Ibidem, pp. 123 y sigs.
[37] Ibidem, p. 343.
[38] Durkheim, Emile, «Cours de science sociale: leçon d’ouverture», Revue internationale de l’enseignement, 15 (1888), pp. 23-48.
[39] Les règles de la méthode sociologique, París, Alcan, 1895. La traducción al español de Las reglas del método sociológico apareció publicada en Madrid, Antonio G. Izquierdo, 1912, versión reeditada en Madrid, Akal, 1987.
[40] Ibidem, p. 17.
[41] Ibidem, p. 36.
[42] Sobre estas cuestiones, véanse las aportaciones en el dossier titulado «A propos de Durkheim», Revue français de Sociologie, vol. 17, n.º 2, 1976, además de Besnard, Philippe (ed.), The Sociological Domain: The Durkheimians and the Founding of French Sociology, Cambridge, Cambridge University Press, 1983.
[43] Dilthey, Wilhelm, El mundo histórico, México, FCE, 1944 (ed. or. en alemán de 1923), p. 5.
[44] Ibidem, pp. 91-92.
[45] Ibidem, p. 93.
[46] Ibidem, pp. 94-95.
[47] Ibidem, p. 100.
[48] Ibidem, pp. 104 y sigs.
[49] Ibidem, p. 106.
[50] Ibidem, p. 107.
[51] Ibidem, p. 111.

ESQUEMA DEL SIGLO XVIII


Superada la crisis del siglo XVII, la economía europea conoció durante el XVIII una etapa de expansión. Con diferencias cronológicas y de intensidad entre los diversos países, la oleada de crecimiento -más suave, por lo general, en una primera etapa y más acusada durante la segunda mitad del siglo, sin que falten problemas y tensiones en las dos últimas décadas- afectó a todos los sectores. Y a diferencia de lo que había ocurrido en el pasado, no desembocará en una nueva fase de recesión. Los cambios cualitativos que acompañaron a la expansión terminaron provocando el desbloqueo y abriendo el camino al crecimiento autosostenido. Pero no conviene exagerar los cambios. Desde una perspectiva global, y ateniéndonos estrictamente al período cronológico de la centuria, la impresión dominante es la de que prácticamente toda Europa vivía todavía en pleno "antiguo régimen económico" (E. Labrousse), caracterizado por el predominio de la agricultura, el papel secundario de la industria, la fragmentación del espacio económico y la inexistencia de un mercado nacional y el alto grado de autoabastecimiento. Ahora bien, sobre este fondo tradicional, el movimiento existía. No en toda Europa ni en todos los sectores económicos al mismo tiempo y con la misma intensidad. El dinamismo fue particularmente notable en el ámbito del comercio internacional y de las finanzas. Frente a ello, la agricultura y la industria no dejan de ofrecer mayores permanencias. En especial, el crecimiento agrario parece modesto, casi meramente cuantitativo. Pero, además de alimentar a una población en constante crecimiento, un examen más atento revela que también hubo intensificación y cambio. Por último, la industria se desarrolló considerablemente. Sin salir de su modesta posición -al menos, en el Continente- y, en buena medida, en el marco de las estructuras tradicionales. Pero cada vez con una mayor penetración del capital comercial en la esfera de la producción, lo que sería en ciertos casos la vía hacia la industrialización. Y la conjunción de un cúmulo de factores de diversa naturaleza -de los que no se excluye el mero azar- hacia que en las últimas décadas del siglo se acelerara la producción en general, y la industrial en particular, comenzándose un proceso de aceleración y de mutación de las estructuras que puede denominarse con propiedad revolución industrial. Se estaba sólo en sus inicios y en el estrecho marco de un solo país y debería afianzarse en el transcurso del siglo siguiente. Pero su aparición en un siglo en cuyos inicios la aceptación de los principios mercantilistas era casi universal, habla bien a las claras de la profundidad de los cambios producidos en su transcurso.Ilustración: Con este término hacemos referencia a una manifestación del pensamiento occidental europeo (Francia, Inglaterra, Alemania, España, Italia, principalmente), que se expande a lo largo del siglo XVIII y que se caracteriza por una sostenida crítica a la tradición desde principios racionalistas. Se cree en el poder transformador de la cultura y que la ignorancia es causa fundamental del mal. Predomina un racionalismo (cartesianismo) científico y utilitario con preferencia por una "literatura de ideas" (véase el contraste esquemático entre la Ilustración y el Romanticismo, así como su manifestación en la pintura).
En lo que los críticos denominan una "cultura dirigida", la literatura de los ilustrados, de carácter racionalista y con objetivos didáctico-científicos, buscaba, en efecto, transformar al pueblo desde el gobierno y las instituciones. Las críticas se dirigen con intensidad al escolasticismo y la Inquisición, a la Iglesia católica de la Contrarreforma y a la Compañía de Jesús. Se parte de una convicción de la igualdad entre los seres humanos y los derechos inherentes de la naturaleza humana; pero se hace desde los principios de un despotismo ilustrado (según la expresión popular de "todo para el pueblo, pero sin el pueblo"), de ahí el carácter de las nuevas instituciones, de ahí también la centralización y ansia de reglamentar la cultura con el objetivo de transformar la sociedad.
En el mundo hispánico, el siglo XVIII comienza con una guerra de sucesión en España que finaliza en 1713 (Tratado de Utrecht) y que confirma a Felipe de Anjou (miembro de la casa de Borbón) como rey de España. Esta nueva alianza con Francia acelera la entrada en España del pensamiento de la Ilustración, que alcanza su apogeo durante el reinado de Carlos III (1759-1788); sobre todo durante la primera parte del reinado, los ilustrados llegaron a ocupar los puesto de poder. Las reformas, sin embargo, siguiendo el modelo francés, había comenzado ya desde principios del siglo. Así la creación de la Biblioteca Nacional (1712), la Real Academia Española (1713), Real Academia de la Historia (1735), entre instituciones directamente relacionadas con los procesos de regular, centralizar y difundir la cultura. Surgen también las Sociedades de Amigos del País, que se multiplicaron con gran rapidez en España y en Iberoamérica. Su origen en España data de 1760, cuando el Conde de Peñaflorida organizó en el pueblo vasco de Azcoitia una academia dedicada a la discusión en la ciencias naturales, "Los Caballeritos de Azcoitia", que en 1766 se convierte en Sociedad de Amigos del País. En Iberoamérica se destacó por su actividad la Sociedad de Amantes del País de Lima. El siglo XVIII termina con los primeros focos de independencia de las colonias americanas, fomentados precisamente por el pensamiento de la ilustración.
El siglo XVIII hispánico, el movimiento ilustrado, supone una apertura al resto de Europa occidental embarcada ya hacia metas laicas y racionalistas, muy distantes de las posiciones tradicionalistas que dominaban en el siglo XVII español. El cambio de objetivos traía consigo una percepción de atraso y decadencia y una polarización entre los que proponen la "ilustración" y los que se atrincheran en las formas tradicionales: unos viendo en lo extranjero el horizonte a seguir (particularmente en Francia), otros negando todo lo extranjero. Así los ilustrados fueron acusados de extranjerizantes (afrancesados). La cultura europea de la Ilustración se proyectaba con objetivos de globalización y secularización. En Iberoamérica surgen a finales del siglo XVIII publicaciones periódicas donde se debaten y se difunden las nuevas ideas. Entre estas publicaciones destacan: Gaceta de Literatura (México, 1788-1795); Papel Periódico de La Habana (Cuba, 1790-1804); Mercurio Peruano (Perú, 1791-1795); Papel Periódico de Bogotá (Colombia, 1791-1797); Gaceta de Guatemala (Guatemala, 1797-1810).
Dentro de las letras hispánicas, el siglo XVIII (siglo de la Ilustración) destaca por el énfasis en las prosa de ideas: Feijoo, Jovellanos, Fornet, Cadalso, Luzán, Amar y Borbón, Mayans, Arteaga, Santa Cruz y Espejo, Mier, Fernández de Lizardi, entre otros muchos.