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20/12/07

Costumbres de los germanos en el siglo I


Mientras los germanos no hacen la guerra, cazan un poco y sobre todo viven en la ociosidad dedicados al sueño y a la comida. Los más fuertes y belicosos no hacen nada; delegan los trabajos domésticos y el cuidado de los penates y del agro a las mujeres, los ancianos y los más débiles de la familia, languidecen en el ocio; admirable contradicción de la naturaleza, que hace que los mismos hombres hasta tal punto amen la inercia y aborrezcan la quietud. Es costumbre que espontánea e individualmente las tribus ofrezcan a sus jefes ganado y cereales, lo cual, recibido por éstos como un homenaje, también satisface sus necesidades. Pero ante todo les halagan los presentes que les son enviados de pueblos vecinos, no sólo por particulares, sino también oficialmente, tales como caballos escogidos, ricas armas, faleras y collares (...) Los pueblos germanos no habitan en ciudades, es bien sabido, incluso no toleran que las casas sean contiguas. Se establecen en lugares aislados y apartados, en relación con una fuente, un campo o un prado, según les plazca. Las aldeas no están construidas como nosotros acostumbramos, con edificios contiguos y unidos unos a otros; cada uno tiene un espacio vacío que rodea su casa, sea como defensa contra los peligros de incendio, sea por ignorancia en el arte de la construcción. En realidad, no emplean ni piedras ni tejas, se sirven unicamente de madera sin pulimentar, independientemente de su forma o belleza. No obstante embadurnan los lugares más destacables con una tierra tan pura y brillante, que imita la pintura y los dibujos de colores. También acostumbran a excavar subterráneos que cubren con mucho estiércol y que sirven de refugio durante el invierno y de depósito para los cereales, puesto que estos lugares los preservan de los rigores del frío. Y de este modo, si el enemigo aparece, sólo saquea lo que está al descubierto, las cosas ocultas y enterradas o bien las ignoran o bien por ello mismo les escapan, puesto que habría que buscarlas. Para todos el vestido es un sayo sujeto por un broche o, a falta de éste, por una espina; sin otro abrigo permanecen días enteros junto al fuego del hogar. Los más ricos se distinguen por su vestidura no holgada, como la de los sármatas y los partos, sino ajustada marcando los miembros. También visten pieles de fieras, descuidadamente los más próximos a las orillas, con más esmero los del interior, para quienes las relaciones comerciales no pueden dar otro atavío. Eligen determinadas fieras y adornan con manchas las pieles arrancadas (...) y el vestido de las mujeres no difiere del de los hombres, excepto en que las mujeres se cubren más frecuentemente con tejidos de lino adornados con púrpura y en que la parte superior del vestido no se prolonga formandolas mangas; llevan desnudos los brazos y los antebrazos, incluso la parte alta del pecho aparece descubierta.



P. CORNELIO TACITO, "De origine et situ Germanorum". Ed. E. Koestermann, Lipsiae in aedibus B.G. Teubneri, 1949, II, fasc.2, pp. 14-15. Recoge M. RIU y otros, "Textos comentados de época medieval (siglo V al XII)", Barcelona, 1975, pp. 30-32.

3/12/07

MANIFIESTO DE LA JUNTA REVOLUCIONARIA LA REVOLUCIÓN DE 1890

A fines de julio de 1890 se produce en Buenos Aires el alzamiento cívico-militar contra el unicato del Presidente Juárez Celman. La Junta Revolucionaria emite un manifiesto explicando los motivos.

Barricada revolucionaria protegiendo el Parque de Artillería
AL PUEBLO:El patriotismo nos obliga a proclamar la revolución como recurso extremo y necesario para evitar la ruina del país. Derrocar un gobierno constitucional, alterar sin justo motivo la paz pública y el orden social, sustituir el comicio con la asonada y erigir la violencia en sistema político, sería cometer un verdadero delito de que nos pediría cuenta la opinión nacional. Pero acatar y mantener un gobierno que representa la ilegalidad y la corrupción; vivir sin voz ni voto la vida pública de un pueblo que nació libre; ver desaparecer día por día las reglas, los principios, las garantías de toda administración pública regular, consentir los avances al tesoro, la adulteración de la moneda, el despilfarro de la renta; tolerar la usurpación de nuestros derechos políticos y la supresión de nuestras garantías individuales que interesan a la vida civil, sin esperanza alguna de reacción ni de mejora, porque todos los caminos están tomados para privar al pueblo del gobierno propio y mantener en el poder a los mismos que han labrado la desgracia de la República; saber que los trabajadores emigran y que el comercio se arruina, porque, con la desmonetización del papel, el salario no basta para las primeras necesidades de la vida y se han suspendido los negocios y no se cumplen las obligaciones; soportar la miseria dentro del país y esperar la hora de la bancarrota internacional que nos deshonraría ante el extranjero; resignarse y sufrir todo fiando nuestra suerte y la de nuestra posteridad a lo imprevisto y a la evolución del tiempo, sin tentar el esfuerzo supremo, sin hacer los grandes sacrificios que reclama una situación angustiosa y casi desesperada, sería consagrar la impunidad del abuso, aceptar un despotismo ignominioso, renunciar al gobierno libre y asumir la más grave responsabilidad ante la patria, porque hasta los extranjeros podrían pedirnos cuenta de nuestra conducta, desde que ellos han venido a nosotros bajo los auspicios de una Constitución que los ciudadanos hemos jurado y cuya custodia nos hemos reservado como un privilegio, que promete justicia y libertad a todos los hombres del mundo que vengan a habitar el suelo argentino.
La Junta Revolucionaria no necesita decir al pueblo de la Nación y a las naciones extrañas los motivos de la revolución, ni detallar cronológicamente todos los desaciertos, todos los abusos, todos los delitos, todas las iniquidades de la administración actual.
El país entero está fuera de quicio, desde la capital hasta Jujuy. Las instituciones libres han desaparecido de todas partes; no hay república, no hay sistema federal, no hay gobierno representativo, no hay moralidad. La vida política se ha convertido en industria lucrativa.
El Presidente de la República ha dado el ejemplo, viviendo en la holgura, haciendo la vida de los sátrapas con un menosprecio inaudito por el pueblo y con una falta de dignidad que cada día se ha hecho más irritante. Ni en Europa ni en América podía encontrarse en estos tiempos un gobierno que se le parezca; la codicia ha sido su inspiración, la corrupción ha sido su medio. Ha extraviado la conciencia de muchos hombres con las ganancias fáciles e ilícitas, ha envilecido la administración de Estado obligando a los funcionarios públicos a complacencias indebidas y ha pervertido las costumbres públicas y privadas prodigando favores que representan millones.
Él mismo ha recibido propinas de cuanto hombre de negocio ha mercado en la nación, y forma parte de los sindicatos organizados para las grandes especulaciones, sin haber introducido capital ni idea propia, sino la influencia y los medios que la Constitución ponía en sus manos para la mejor administración del Estado. En cuatro años de gobierno se ha hecho millonario, y su fortuna acumulada por tan torpes medios se exhibe en bienes valiosísimos cuya adquisición se ha anunciado por la prensa. Su participación en los negocios administrativos es notoria, pública y confesada. Los presentes que ha recibido, sin noción de la delicadeza personal, suman cientos de miles de pesos y constan en escrituras públicas, porque los regalos no se han limitado a objetos de arte o de lujo; han llegado a la donación de bienes territoriales, que el pueblo ha denunciado como la remuneración de favores oficiales.
Puede decirse que él ha vivido de los bienes del Estado y que se ha servido del erario públco para constituir un patrimonio propio.
Su clientela le ha imitado; sujetos sin profesión, sin capital, sin industria, han esquilmado los Bancos del Estado, se han apoderado de las tierras públicas, han negociado concesiones de ferrocarriles y puertos y se han hecho pagar su influencia con cuantiosos dineros.
En el orden político ha suprimido el sistema representativo hasta constituir un congreso unánime sin discrepancia de opiniones, en el que únicamente se discute el modo de caracterizar mejor la adhesión personal, la sumisión y la obediencia pasiva.
El régimen federativo ha sido escarnecido; los gobernadores de provincia, salvo rara excepción, son sus lugartenientes; se eligen, mandan, administran y se suceden según su antojo: rendidos a su capricho.(...)
En el orden financiero los desastres, los abusos, los escándalos, se cuentan por días. Se ha hecho emisiones clandestinas para que el Banco Nacional pague dividendos falsos, porque los especuladores oficiales habían acaparado las acciones y la crisis sorprendió antes de que pudieran recoger el botín. El ahorro de los trabajadores y los depósitos del comercio se han distribuído con mano pródiga en el círculo de los favoritos del poder que han especulado por millones y han vivido en el fausto sin revelar el propósito de cumplir jamás sus obligaciones. La deuda pública se ha triplicado, los títulos a papel se han convertido, sin necesidad, en títulos a oro, aumentando inconsiderablemente las obligaciones del país con el extranjero; se ha entregado a la especulación más de cincuenta millones de pesos oro que había producido la venta de los fondos públicos de los Bancos garantidos, y hoy día la nación no tiene una sola moneda metálica y está obligada al servicio en oro de más de ochenta millones de títulos emitidos para ese fin; se vendieron los ferrocarriles de la nación para disminuir la deuda pública, y realizada la venta se ha despilfarrado el precio; se enajenaron las obras de salubridad, y en medio de las sombras que rodean ese escándalo sin nombre, el pueblo únicamente ve que ha sido atado, por medio siglo, al yugo de una compañía extranjera, que le va a vender la salud a precio de oro; los Bancos garantidos se han desacreditado con las emisiones falsas; la moneda de papel está despreciada en doscientos por ciento y se aumenta la circualción con 35 millones de la emisión clandestina, que se legaliza, y con cien millones, que se disfrazan con el nombre de bonos hipotecarios, pero que son verdadero papel moneda, porque tienen fuerza cancelatoria; cuando comienza la miseria se encarece la vida con los impuestos a oro; y después de haber provocado la crisis más intensa de que haya recuerdo en nuestra historia, ha estado a punto de entregar fragmentos de la soberanía para obtener un nuevo empréstito, que también se habría dilapidado, como se ha dilapidado todo el caudal del Estado. (...)
(Firman) L. N. ALEM - A. DEL VALLE - M. DEMARÍA - M. GOYENA - JUAN JOSÉ ROMERO - LUCIO V. LÓPEZ

Contratiempo Revista de pensamiento y cultura Año 2 N°4 - OTOÑO / INVIERNO 2002

13/11/07

Prólogo de Política británica en el Río de la Plata


Prologo de Política británica en el Río de la Plata
Scalabrini Ortíz
. En el día del Pensamiento Nacional
La economía es un método de auscultación de los pueblos. Ella nos da palabras específicas, experiencias anteriores resumidas, normas de orientación y procedimientos para palpar los órganos de esa entidad viva que se llama sociedad humana. En puridad, la economía se refiere exclusivamente a las cosas materiales de la vida: pesa y mide la producción de alimentos de materia prima, tasa las posibilidades adquisitivas, coteja los niveles de vida y capacidad productiva, enumera y determina los cauces de los intercambios y, en momentos de fatuidad, pretende pronosticar las alternativas futuras de la actividad humana. Pero la economía bien entendida es algo más. En sus síntesis numéricas laten, perfectamente presentes, las influencias más sutiles: las confluentes étnicas, las configuraciones geográficas, las variaciones climatéricas, las características psicológicas y hasta esa casi inasible pulsación que los pueblos tienen en su esperanza cuando menos.El alma de los pueblos brota de entre sus materialidades, así como el espíritu del hombre se enciende entre las inmundicias de sus vísceras. No hay posibilidad de un espíritu humano incorpóreo. Tampoco hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en u destino común. Todo hombre humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él, pero es al mismo tiempo una molécula inseparable del organismo económico de que forma parte. Y así enfocada, la economía se confunde con la realidad misma.Temas para extraviar son todos los de la realidad americana. Esa realidad nos contiene, su calidad condiciona la nuestra. Somos un instante de su tiempo, un segmento de su espacio histórico. Ella delimita constantemente la posibilidad del esfuerzo individual. No podemos ser más inteligentes que nuestro medio sin ser perjudiciales a los que quisiéramos servir y a nosotros mismos. Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda.La realidad se anecdotiza incesantemente en nuestros actos y en nuestros pensamientos sin que la inteligencia americana se preocupe de consignarlos. Solemos referirnos a los pasados de América que se anotaron con trascendencia histórica, solemos hilvanar imaginerías sobre su porvenir, pero el instante vivo en que la historia se confecciona, sólo ha merecido desdén de la inteligencia americana que podía haberlos descrito. Y ésa es una de las grandes traiciones que la inteligencia americana cometió con América.Cuatro siglos hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos, por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron no se encontrarán, sino ocasionalmente, por ninguna parte.Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron. Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras. El aborígen fue sustituído por inmigrantes. ëstos eran hechos enormes, objetivos, claros. La inteligencia americana nada vió, nada oyó, nada supo. Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego op disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas. El hecho americano pasaba ignorado para todos. No tenía relatores, menos aún podía te´er intérpretes y todavía menos conductores instruídos en los problemas que debían encarar.Sin un contenido vital, las palabras que en Europa determinan una realidad, en América fueron una entelequia, cuando no una traición. El conocimiento preciso de la realidad fue suplantado por cuerpos de doctrina, parcialmente sabidos, que no habían nacidop en nuestro suelo y dentro e los cuales nuestro medio no calzaba, ni por aptitudes, ni por posibilidades, ni por voluntad. La deliberación de las conveniencias prácticas fue reemplazada por antagonismos tan sin sentido que más parían antagonismos religiosos que políticos o intelectuales. En esas luchas personales o absurdamente doctrinarias se disipó la energía más viva y pura que hubiera podido animar a estasnacientes sociedades.Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida. No percibieron siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libretad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas? Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industrias locales.América no estaba aislada. Fuerzas terriblemente pujantes, astutas y codiciosas nos rodeaban. Ellas sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar, simultáneamente. El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de alguna de esas falsías.Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos. Bajo espejismos tentadores y frases que acarician nuestra vanidad para adormecernos, se oculta la penosa realidad americana. Ella es a veces dolorosa, pero es el único cimiento incorruptible en que pueden fundarse pensamientos sólidos y esperanzas capaces de resistir a las más enervantes tentaciones. Desgraciadamente, es difícil aprehender con seguridad a nuestro país. Hay que darlo por presente en las meras palabras que lo denominan o en los símbolos que lo alegorizan. O ser extremadamente sutil para asir entre lo ajeno y lo corrompido esa materia finísima, impalpable casi e incorruptible que es nuestro espíritu, el espíritu de la muchedumbre argentina: venero único de nuestra probabilidad.Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera. Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas. Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario. Extranjero es una gran parte del capital hipotecario y extranjeros son en increíble proporción los accionistas de las sociedades anónimas.Hay quienes dicen que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del optimismo.Rechazamos ese optimismo como una complicidad más, tramada en contra del país. El disimulo de los males que nos asuelan es una puerta de escape que se abre a una vía que termina en la prevariación, porque ese optimismo falaz oculta un descreimiento que es criminal en los hombres dirigentes: el descreimiento en las reservas intelectuales, morales y espirituales del pueblo argentino. No es un impulso moral el que anima estas palabras. Es un impulso político. Cuando los Estados Unidos de Norte América se erigieron en nación independiente, Inglaterra, vencida, parecía hundirse en la categoría oscura de una nación de segundo orden, y fue la energía ejemplar de William Pitt la salvadora de su prestigio y de su temple. Decía Pitt: "Examinemos lo que aún nos queda con un coraje viril y resoluto. Los quebrantos de los individuos y de los reinos quedan reparados en más de la mitad cuando se los enfrenta abiertamnete y se los estudia con decidida verdad". Ésa es la norma de este libro.

Raúl Scalabrini Ortiz

(De "Política británica en el Río de la Plata")

12/11/07

INSTRUCCIONES DE JOSÉ ARTIGAS DEL 13 DE ABRIL DE 1813


Hoy, más que nunca, y frente al absurdo de los enfrentamientos entre argentinos y uruguayos sea ésto para el entendimiento pacífico entre los pueblos!


INSTRUCCIONES DE JOSÉ ARTIGASDEL 13 DE ABRIL DE 1813
Parafraseando a Alberdi, se puede afirmar que el proyecto de Artigas procuró lograr al mismo tiempo la independencia de España y la igualdad con respecto al centralismo porteño. Uno de sus objetivos fundamentales fue el intento de lograr una alianza con el Paraguay. Su causa republicana, igualitaria de gauchos e indios, sería derrotada por la burguesía comercial de Buenos Aires y Montevideo, unida a los intereses británicos por el comercio marítimo.


A) LA INDEPENDENCIA Y LA CONFEDERACIÓN.
Art. 1°) Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas colonias, que ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a la Corona de España y familia de los Borbones, y que toda conexión política entre ellas y el Estado de España, es y debe ser totalmente disuelta.
Art. 2°) No admitirán otro sistema que el de la Confederación para el pacto recíproco con las Provincias que forman nuestro Estado.
B) LA LIBERTAD CIVIL Y RELIGIOSA
Art. 3°) Promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable.
C) EL FIN DEL GOBIERNO, LA DIVISIÓN DE PODERES Y LA COMPETENCIA.
Art. 4°) Como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, la libertad y seguridad de los ciudadanos y de los pueblos, cada Provincia formará su gobierno bajo esas bases, a más del gobierno supremo de la Nación.
Art. 5°) Así éste como aquél se dividirán en Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial.
Art. 6°) Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí, y serán independientes en sus facultades.
Art. 7°) El gobierno supremo entenderá solamente en los negocios generales del Estado. El resto es peculiar al gobierno de cada Provincia.
D) EL TERRITORIO ORIENTAL Y SUS REIVINDICACIONES.
Art. 8°) El territorio que ocupan estos pueblos de la costa oriental del Uruguay hasta la Fortaleza de Santa Teresa, forma una sola Provincia, denominada la Provincia Oriental.
Art. 9°) Que los siete pueblos de Misiones, los de Batoví, Santa Tecla, San Rafael y Tacuarembó, que hoy ocupan injustamente los portugueses, y a su tiempo deben reclamarse, serán en todo tiempo territorio de esta Provincia.
E) LAS ALIANZAS Y LA SOBERANÍA INTERPROVINCIAL.
Art. 10°) Que esta Provincia por la presente entra separadamente en una firme liga de amistad con cada una de las otras, para su defensa común, seguridad de su libertad, y para su mutua y general felicidad, obligándose a asistir a cada una de las otras contra toda violencia o ataques hechos sobre ellas, o sobre alguna de ellas, por motivo de religión, soberanía, tráfico, o algún pretexto, cualquiera que sea.
Art. 11°) Que esta provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por la Confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso.
F) LOS PUERTOS ORIENTALES.
Art. 12°) Que el puerto llamado de Maldonado sea libre para todos los buques que concurran a la introducción de efectos y exportación de frutos, poniéndose la correspondiente aduana en aquel pueblo; pidiendo al efecto se oficie al comandante de las fuerzas de S.M.B. sobre la apertura de aquel puerto para que proteja la navegación o comercio de su Nación.
Art. 13°) Que el puerto de la Colonia sea igualmente habilitado en los términos prescriptos en el artículo anterior.
G) LAS LIBERTADES ECONÓMICAS BÁSICAS.
Art. 14°) Que ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos exportados de una Provincia a otra; ni que ninguna preferencia se dé por cualquier regulación de comercio o renta, a los puertos de una Provincia sobre los de otra; ni los barcos destinados de esta Provincia a otra serán obligados a entrar, a anclar o pagar derechos en otra.
H) LA AUTONOMÍA PATRIMONIAL.
Art. 15°) No permita se haga ley para esta Provincia sobre bienes de extranjeros que mueran intestados, sobre multas y confiscaciones que se aplicaban antes al rey, y sobre territorios de ésta, mientras ella no forme su reglamento y determine a qué fondos deben aplicarse, como única al derecho de hacerlo en lo económico de su jurisdicción.
I) LA CONSTITUCIÓN NACIONAL Y TERRITORIAL.
Art. 16°) Que esta Provincia tendrá su Constitución territorial; y que ella tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas que forme la Asamblea Constituyente.
J) LA AUTONOMÍA MILITAR.
Art. 17°) Que esta Provincia tiene derecho a levantar los regimientos que necesite, nombrar los oficiales de Compañía, reglar la Milicia de ella para la seguridad de su libertad, por lo que no podrá violarse el derehco de los pueblos para guardar y tener armas.
K) EL DESPOTISMO DE LA FUERZA Y LA CAPITAL DEL ESTADO.
Art. 18°) El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos.
Art. 19°) Que precisa e indispensable, sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas.
L) LA CLÁUSULA "DE GARANTÍA"
Art. 20°) La Constitución garantirá a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus derechos, libertad y seguridad de su soberanía, que con la fuerza armada intente alguna de ellas sofocar los principios proclamados. Y así mismo prestará toda su atención, honor, fidelidad y religiosidad a todo cuanto crea o juzgue necesario para preservar a esta Provincia las ventajas de la libertad, y mantener un gobierno libre, de piedad, justicia, moderación e industria.
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DEL TEXTO "FORMACIÓN CONSTITUCIONAL RIOPLATENSE" (Tomo I) (Págs. 309/ 335, Alberto Demicheli (Montevideo, 1955) Revista Contratiempo La Argentina que quisimos Año II -N° 4 25 de mayo de 2002



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El verdadero Artigas - Patria chica y Patria Grande
Sobre dos temas de indudable interés, la personalidad de Artigas y el surgimiento del estado uruguayo, el profesor Abril Trigo (Ohio, Estados Unidos) formula planteos de sumo interés, pero que merecen ajustes y ampliaciones de importancia. Evoquemos en primera instancia las etapas preliminares al surgimiento del estado uruguayo, época de convivencias muy irregulares, cuando se vivía ya el quebrantamiento final de las ideas federalistas de Artigas. Los "bárbaros" de Artigas habían opuesto una resistencia desesperada ante la ofensiva de los brasileños desde 1816 hasta 1820. Traicionado por Francisco Ramírez y derrotado finalmente en setiembre del 20, Artigas debió internarse en el Paraguay, donde continuó una reclusión permanente (al final voluntaria) hasta su fallecimiento en 1850.Pocos años después de su emigración, se produjo en 1828 el entendimiento protocolar de Brasil, Argentina e Inglaterra, una Inglaterra arrepentida sin duda de las fracasadas invasiones de 1806, y que entonces concibió maneras más cautas y procedentes de conseguir beneficios económicos, solucionando al mismo tiempo en esta ocasión, las incongruencias y enemistades que enfrentaban tensamente a brasileños y argentinos. Se logró entonces un acuerdo sobre la necesidad de crear algo que pareciera un país en un territorio hasta entonces trastornado por reiterados enfrentamientos, pero que vendría a ser un freno y hasta un obstáculo entre Brasil y Argentina, y que al mismo tiempo facilitaría la conexión comercial con Inglaterra, cuyos representantes comerciales podrían entrar y salir de motu propio intercambiando productos a piacere, con las consiguientes ventajas económicas. Entre los dos países americanos entonces convocados, el representante inglés Lord Ponsonby, presidiendo como la hipotenusa sobre los dos catetos, propuso y obtuvo que se reconociera ese nuevo paisito de menos de 150.000 habitantes. Y por cierto que preveía lo que efectivamente ocurrió: que Inglaterra llegara a ser dueño en este país de sus principales recursos económicos, ferrocarril, gas, tranvías, etc. cuyas empresas recién llegaron a ser nacionalizadas en pleno siglo XX. Tal fue la "generosa" razón inconfesa de la colaboración que concretaron los ingleses en 1828.Lo cierto es que el orden legal fue establecido ipsofacto, al menos como reconocimiento externo de las fronteras; pero dentro del neo-país se originaron y perduraron beligerancias interminables, con guerras chicas y con la llamada Guerra Grande, entre agrupaciones que se diferencian solamente por los colores, blancos y colorados, a falta de divergencias más fundamentales, en un paisito que no podía alentar teóricamente finalidades propias. Y al que ni siquiera los tres países que lo fabricaron se molestaron en ponerle un nombre, indicándose solamente el lugar que ocupaba: "República Oriental del Uruguay"...Y se practicó, eso sí, una norma indispensable. Se elaboró en efecto una Constitución de apuro, con algunos doctores de Chuquisaca. Y se produjeron dentro del país, como inevitable consecuencia, muchos decenios de discordancias y desajustes que -como lo señala A.T.- recién después de la Triple Alianza contra Paraguay en 1870, llegó el país a estructurarse por obra de un ejército entonces entonado. Y ese ejército habría sido obra del presidente Latorre, con la colaboración -que A.T. considera decisiva- del latifundista Domingo Ordoñana.Latorre y Ordoñana serían así -opinión en buena parte compartible con A.T.- los fabricantes del país, al menos tal cual empezó entonces a intentar alguna clase de funcionamiento..¿Qué fue, fundamentalmente, lo resuelto por Latorre con tal propósito? Inducido-aunque no tan exclusivamente por Ordoñana- se propuso amurallar las más amplias propiedades camperas con las entonces novedosas alambradas, imponiendo además otras medidas, legales y materiales, de análoga contundencia, medidas que tanto apreciaba el latifundista Ordoñana, socio tempranero de los "33", y de un Lavalleja -debe recordarse- que, a un margen prudente de sus encomiables propósitos de liberación, ocupó al poco tiempo como flamante propietario, proficuas extensiones de tierras en Colonia, parte, precisamente, de las tierras que Artigas había resuelto otorgar, no como propiedad, sino como ocasión de trabajo, a los reconocidos entonces como "los más infelices". Y Ordoñana, por su parte, habiendo debido amparar a su primo, el glorioso trovador vasco Iparraguirre, quien se había visto obligado a abandonar su patria, apenas si le concedió una ocupación misérrima, dándole algunos vintenes como guardián de ovejas, lo que a poco decidió anular, debiendo el infortunado héroe buscar en otro rincón del país alguna oportunidad menos mezquina. Tal la capitalización inclemente que entonces era norma, indicando A.T. que, según el "patriciado escriturario" de esos años, se practicaba hasta con un ocasional "romanticismo" (valga el inesperado epíteto).Y fue precisamente ese pueril pero utilitario "romanticismo" -nos insinúa A.T.- el factor que auspició la utilización previa, como necesario mentor, la de aquel "caudillo bárbaro" como era entonces usual calificar a Artigas, inventándolo entonces como un ejemplo de "héroe", pero ahora, eso sí, "civilizado".Lo que ocurrió después -nos dice A.T.- fue en efecto obvio. Aquel "paradigma de la barbarie gaucha" resultó paradojalmente utilizable para el equipo intelectual de la época latorreana, pasando a ocupar como denominador común un sitial predominante de respeto popular.Artigas, ya fallecido en 1850, quedó en efecto reconocido por encima de los hasta entonces pertinaces cismas partidarios, actuando como un "ideomito", es decir como un mito de elaboración intelectual que se fomentaba entonces como un factor indispensable de acuerdo y de unión nacional. Y además con un sentimiento que quería ser muy especialmente "oriental", opuesto por lo tanto a "argentino", cuando en realidad -corresponde establecer- el sentimiento y la intención de Artigas fueron siempre expresión de la solidaridad consiguiente a la unidad territorial determinada por el Río de la Plata. Y esa inclinación "argentina" de Artigas, de unión y organización continental, fue permanente, llegando así hasta a reprochar a los correntinos por intentar independizar la provincia en que vivían. Incluso los porteños reconocían la argentinidad de Artigas, incluyendo la Batalla de Las Piedras en la letra del Himno Nacional, e ilustrando textos escolares del siglo pasado con un mapa de Argentina dentro del cual aparece un amplio sector con la designación "Tendencia de Artigas" incluyendo la Mesopotamia, Córdoba y zonas adyacentes. Hasta los escolares debían admitirlo. Y no fue otro el sentimiento de Artigas compartiendo con líderes de Mendoza y zonas del noroeste el ideal de una Federación Sudamericana, ideal al que nunca renunciará. Y al no poder asistir al Congreso de Tucumán en 1816, no dejó de expresar su adhesión y la organización de otra reunión afín en tierras argentinas cercanas al Arroyo de la China.El artículo de A.T., con sus planteos extremados, nos permiten discriminar y calibrar así las tres maneras de concebir a Artigas, totalmente contrapuestas: la "leyenda negra", la "leyenda celeste", y una tercera que el autor se saltea, y que está muy por encima de las otras dos leyendas, a cual más deformante, nacidas de ideas y de conveniencias estrictamente parcializadas.La "leyenda negra" es, en efecto, el producto evidente de una descalificación de Artigas, al considerarlo como expresión ejemplar de una "barbarie" que consideraban absorbente. Se rechazaba como un crimen la "barbarie gaucha, negra y atrabiliaria" con que se había intentado urdir una sociedad que no era -se decía- sino "una gran mentira", al arrastrar, como solía decirse, las familias rurales hacia "la vida irracional de los campamentos", amontonando así "hordas de gauchos" y volviendo "inhabitable" la campaña, desastre que -se decía- "había sufrido todo hasta 1876". Con esos dicterios se aplicaban normas "civilizadas" imperantes en las ciudades. Y lo más incomprensible es que, de esa manera, pasaban por alto sentimientos loables de mutua comprensión y de sincera solidaridad (a veces de oposición, pero con franqueza y sin los acostumbrados subterfugios propios de los "civilizados"), sentimientos que fueran evidentes a visitantes esclarecidos, como Robertson, Saint Hilaire, y después a Darwin, y hasta posteriormente al experimentado Garibaldi, quien llegó a elogiar a los llamados "matreros", de cuyas virtudes evidentes llegó a expresarse sin restricciones. Y fue además Artigas un conductor de indudable tolerancia y comprensión, aunque reacio a las imposiciones y resoluciones arbitrarias y opresivas de las autoridades porteñas.Ante un Artigas que fue víctima de libelos tan soezmente concebidos como el de Cavia, era de esperarse que en un país temblequeando en una desorganización e inexperiencia deprimente, surgiera de recuerdos imborrables, como natural reacción, un creciente afán de ungirlo como un prócer acorde con nuestra índole y nuestras más perdurables predisposiciones. Y nadie podía adecuarse más fervientemente a esa necesidad de protección en un Estado como el recientemente establecido, sumergido en penurias y sometimientos tan difícil de dignificar por obra de personalidades redentoras. Y en Artigas se reconoció, aunque enturbiado por tan persistentes diatribas, una influencia inquebrantable. Y creció así un afán de recrear un Artigas al día, uruguayo, eso sí, e incluso ungido, aunque sin razones, como precursor de la Constitución de 1830, guía ejemplar, ejemplo de concepciones y de virtudes, que resultó fácil, tiempo después, convertir en ideomito al que convenía entronizar en el medio mismo de la Plaza Independencia, justamente ¡de esa independencia que Artigas impugnara a los correntinos!Abril Trigo atribuye así esa magnificación uruguaya a un perentoria fabricación histórica de lo que llama -con terminología propia- "el patriciado escriturario", consumando una "elaboración ideomítica" a partir del "imaginema" del caudillo, convirtiendo los documentos en "monumentos", es decir en magnificaciones de las imágenes necesarias para fundamentar la concepción histórica aún hoy imperante. El "caudillo bárbaro" y sus "hordas de gauchos" se reelaboraron entonces convirtiéndose en precedentes del ciudadano actual. Toda una falsificación, honorificando de un saque lo que antes se horrorificaba. Pero incurriendo en una nueva clase de descalificación, pues se redujo meramente a una concepción local lo que era una conciencia superior, de amplitud humana, abarcando América y España fundamentalmente.Fue de ese modo que la leyenda negra quedó sustituida por una leyenda celeste. Con un Artigas venerado localmente, con virtudes en cierto modo venerables, pero despojado de su grandeza; un héroe casero, para alabar entre casa, cuando su sentimiento fundamental, siempre corroborado, era la comunión americana, la fraternidad federal, de la cual cada región, cada provincia dentro de la colectividad en su mayor parte argentina, debía conservar y ejercer su autonomía, no con propósitos de independencia, sino como condición de consciente solidaridad.Esa vocación radical de unidad fraternal, la vivió y confirmó Artigas con sus prolongadas estadías en Purificación. Al preguntársele, al trasladarse al sitio de Montevideo, de dónde venía, contestó: "Del Paraíso".Un paraíso del cual no podía ni quería ser una autoridad irrevocable, sino a lo sumo -como aceptó serlo- como un "Protector"; es decir, no un mandatario, sino a lo sumo un consejero sincero y cabal, conviviendo en una mutua participación, sin las reservas y escamoteos egoístas que, en las congregaciones "civilizadas", adulteran las relaciones que en general no tienen más remedio que establecerse.Rodó supo describir la actitud de Artigas a ese respecto: "hombre de ciudad por su origen y situación inicial, fue hombre de campo por la adaptación posterior y la comprensión profunda del rudo ambiente campesino; amor y comprensión que fueron -agrega- el secreto de su eficacia personal y la clave de su significación histórica, definiendo su original grandeza, revelando su "corazón entero" y su "mente iluminada".Por no advertirlo, fue que se crearon los dos falsos Artigas que hemos comentado, uno hacia abajo (el de la "leyenda negra") y el otro hacia un arriba artificioso (el de la "leyenda celeste"). Hubo otro que queda mal llamarlo el tercero, pues en realidad fue el primero, o mejor dicho "el único", el "verdadero", el que está testimoniado por todo lo que se conoce, de su vida y de su pensamiento.Como ya vimos, el Artigas verdadero nunca quiso, ni pensó ser "uruguayo", es decir perteneciente a un país independiente llamado Uruguay, o como lo designaron elípticamente los ingleses, República Oriental del Uruguay. El verdadero Artigas se reconoció siempre "argentino", y como "argentino" fue conocido por los que se llaman argentinos. Y así se sintió compatriota tanto de Francisco Ramírez como de J. Estanislao López, amigos o enemigos, federales o unitarios, pero no de Rivera, quien lo invitó a visitarlo, pero a lo que era un pedazo de la patria argentina. "Yo ya no tengo patria", debió contestarle. Sus ideales federales los expresó con total nitidez en la declaración que formuló en abril de 1814; dijo allí: "La independencia que propugnamos para los pueblos no es una independencia nacional, por lo que ella no deberá conducirnos a separar a ningún pueblo de la gran masa que debe ser la patria".El sentimiento de Artigas fue pues inalterable ya prueba de acontecimientos. Y por si hicieran falta testimonios incontrovertibles, recordemos dos, de dos notabilísimos personajes de nuestro país, nada menos que José Enrique Rodó y Carlos Quijano.Recordaba Manuel Ugarte lo que dijera Rodó:"Patria es para los hispanoamericanos, la América española. Dentro del sentimiento de la patria cabe el sentimiento de adhesión, no menos natural e indestructible, a la provincia, a la región, ala comarca; y provincia, regiones y comarcas de aquella gran patria nuestra, son las naciones en que ella políticamente se divide. (Unidad que aún es un sueño) cuya realización no verán quizá las generaciones aún vivas. ¡Qué importa! De la expresión geográfica de Metternich, derivó la expresión política con la espada de Garibaldi y el apostolado de Mazzini".Y fue Carlos Quijano, en el capítulo "Patria chica y patria grande" inserto en América Latina, una nación de repúblicas, en el volumen III de sus obras, publicadas por el parlamento nacional, quien dedica a Artigas frases inolvidables, de las que entresacamos un fragmento:"Ser oriental es ser artiguista. Ser artiguista es ser rioplatense. Ser rioplatenses es ser hispanoamericano. Si hay leyes naturales, esa es nuestra ley natural. Nuestro carácter y nuestro destino. El proyecto básico, al cual todos los otros están condicionados.Alguna vez llamamos a Artigas 'el gran traicionado'. Lo es y/o seguirá siendo por muchos años más. Tal como lo vemos, el artiguismo es un fenómeno único - 'cosa extraordinaria y sorprendente '- en nuestra América. Todo está en él: el ayer y el mañana, ese mañana que podemos imaginar o entrever y por el cual debemos trabajar. Los orientales seremos artiguistas de la raíz a la copa, o no seremos nada. Artigas no es nuestro y la reivindicación provinciana lo empequeñece. Es de todos los de estas tierras de la patria grande. Está más allá de su tiempo; y también más allá de su solar Es el héroe común de la repúblicas del Plata".
Washington LockhartCuadernos de MarchaFebrero de 1996

8/11/07

La Proclama de Felipe Varela


El seis de diciembre de 1866, al cruzar entre los boquetes e la cordillera, el coronel Felipe Varela da a conocer su proclama, dando un profundo sentido nacional y americano a la lucha montonera que han reiniciado Aurelio Zalazar en Catuma y los “colorados” en Cuyo.El caudillo catamarqueño, que fuera segundo jefe del Chacho, y como tal admirado y respetado en el noroeste argentino, llega marcialmente de Chile con su inconfundible figura estilizada, su gran sombrero y sus largos bigotes canos. Le acompañan pocos hombres y escaso armamento pero sabe que lo espera una nación sometida por la fuerza y convulsionada, que sólo engrillada admite ir a pelear contra sus hermanos paraguayos. Cada sufrido hombre de nuestro interior provinciano es montonero que está esperando nada más que la voz de su jefe para incorporarse al combate.
"¡Compatriotas, a las armas!” es la invitación de Felipe Varela. Mas, a diferencia del Chacho, su “Proclama” enuncia un programa concreto y revolucionario. No se trata sólo de una lucha romántica contra el tirano de Buenos Aires y sus mandantes europeos. Dirá Varela: “¡Soldados Federales!” Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás Repúblicas Americanas”. Y no vacilará en enjuiciar con severos y definitivos trazos la política mitrista: “Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando empeñada en más de cien millones fuertes, y comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes destinos por el bárbaro caprichote aquél mismo porteño que, después de la derrota de Cepeda, lagrimando juró respetarla.“Compatriotas, desde que aquel usurpó el Gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros públicos y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser el patrimonio de los porteños, condenando al provinciano a cederles hasta el pan que reservara para sus hijos. Ser porteño, es ser ciudadano exclusivita; y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del Gobierno de Mitre”.Ante el pronunciamiento de Felipe Varela, el mitrismo vacila. Comprende que se ha iniciado en nuestro país una revolución popular americana; sabe bien que el lema que el caudillo montonero lleva al combate –“La Unión Americana de las Repúblicas del Sud contra las Potencias Europeas” – no es una frase de circunstancias, pues el coronel Varela al titularse “Representante y Defensor de la Unión de Americana” está entroncando su pronunciamiento en la reacción continental contra los planes del Imperio Británico de apoderarse definitivamente de América. El Imperio Británico y El Apoderamiento ContinentalEfectivamente, hacia 1860 y en los años sucesivos el Imperio Británico realiza una genial y sutil maniobra tendiente a lograr el apoderamiento definitivo del continente sudamericano, eliminando las resistencias nacionales y la competencia internacional que pudiera perturbar sus planes de dominio.El momento histórico elegido para ello no es casual: la guerra de la Secesión, eliminaba a los Estados Unidos del plano competitivo internacional, a su vez que la coyuntura económica inglesa permitía la realización del plan imperialista: hacia esos años ya se encontraba aceleradamente desarrollado el proceso de acumulación de capital de concentración bancaria e industrial.La crisis mundial del algodón y la necesidad de nuevas áreas de cultivo, así como el aseguramiento del fertilizante que permitiese una producción algodonera intensiva, movieron al Imperio Británico y a su Alta Banca a proyectar una gran política imperialista de apoderamiento, cuya sutileza y genialidad consistió en permanecer oculta tras fuerzas y diplomáticos de otras naciones. La maniobra se vio facilitada por el sometimiento financiero que el Imperio Británico había logrado a su favor tanto de la Europa continental como de los países americanos.En esa intrincada red de empréstitos y dependencia, Baring Brothers jugaba un papel esencial.El ataque a México, la Guerra del Guano y la de la Triple Alianza, así como las demás guerras y atropellos territoriales que soportó América en esa década de 1860, tuvieron un único responsable, invisible y oculto: el Imperio Británico.El ataque de México tuvo su origen inmediato en la deuda de esta nación con la Alta Banca europea, en especial con la inglesa. Y si bien el ataque se inicia por las fuerzas combinadas del Imperio, España y Francia, tras la “Convención de Soledad” ésta última nación será la ejecutora visible de los planes de conquista, tendientes a asegurar, en su fin último, el cobro de la deuda externa y dominar absolutamente la política y economía mexicana mediante la concreción de nuevos empréstitos con las bancas Rotschild y Jecker.La Guerra del Guano, por su parte, es otra cruel evidencia de los complejos planes del Imperio Británico y su Alta Banca. Mientras la Francia de Napoleón III atacaba México, la escuadra española dirigía sus naves hacia las costas del Perú, hacia donde llega a fines de 1864 para asolar a América con una nueva guerra de exclusivos fines económicos, cuyo beneficiario no es el atacante visible –España– sino su mandante financiero: el Imperio Británico a través de Rothschild y su testaferro el banquero español José de Salamanca.El guano, fertilizante necesario para el consumo del algodón, corría peligro de salir del control británico por decisión nacionalista del gobierno peruano. De allí esta absurda guerra, en que la ocupación de la Isla de Chinchas y el bombardeo a la indefensa ciudad chilena Valparíso, no reconocían otra razón que el propósito de asegurar que el guano garantizara la deuda externa del Perú con la Alta Banca británica y su control directo por parte de las compañías explotadoras, también inglesas.Junto al ataque a México y la Guerra del Guano contra Perú y Chile, se destaca el sangriento drama americano que es la destrucción del Paraguay nacionalista del mariscal Solano López.Pero América no permaneció indiferente. La respuesta continental no se dejó esperar. Ella fue la de la “Unión Americana de las Repúblicas del Sud del Nuevo Continente”.Una “Unión Americana”, definida en sociedades políticas a o largo del continente desde la ciudad de México hasta Buenos Aires, puesta de manifiesto en Congresos y publicaciones por los intelectuales nacionales y encarnada en acto, por las empobrecidas masas americanas, que tras Benito Juárez, Francisco Solano López, Felipe Varela, enfrentaron al invasor extranjero y sus mandatarios locales, en defensa de un continente que se negaba a ser definitivamente balcanizado y sometido.El Defensor de la Unión Americana y Baring Brothers“Entonces –recordará Felipe Varela en su “Manifiesto” – llevado del amor a mi Patria y a los grandes intereses de América, creí un deber mío, como soldado de la libertad, unir mis esfuerzos a los de mis compatriotas, invitándoles a empuñar la espada (…)”.Tras el combate de Nacimientos (La Rioja) el dos de enero de 1867, hasta el de Salinas de Pastos Grandes, el doce de enero de 1869, en sucesivas campañas, incansables testimonios de heroicidad y grandeza, el caudillo catamarqueño y americano, luchará denodadamente contra los ejércitos de línea, expresiones concretas de un política imperialista en cuyo vértice se encontraba la Alta Banca británica y en lo que a la Argentina se refiere, Baring Brothers.Dos meses antes del pronunciamiento varelista. Baring Brothers –como en los tiempos de Rivadavia– había logrado la “nacionalización” de la deuda externa. De esta manera lograba el control total de las finanzas públicas provinciales, las que con sus desvastadas economías garantizarían y abonarían los servicios de esa “deuda” con la Alta Banca británica.En efecto, por ley 206 del 1° de octubre de 1866 se establecía que a partir del veinticinco de mayo de 1867 “quedaban a cargo de la Nación, las siguientes deudas comprendidas en la garantía acordada a la provincia de Buenos Aires: 1°) El empréstito inglés (es decir, la deuda con Baring Brothers); 2°) Los veinte millones de fondos públicos creados por la ley del 5 de mayo de 1859 (en poder de Mauá-Rothschild); 3°) Los veinticinco millones de fondos públicos creados por la ley del 8 de junio de 1861”.Por eso Baring Brothers comprendía con claridad que el pronunciamiento varelista no sólo hacía peligrar la estabilidad del Gobierno de Mitre, sino que con sus postulados eminentemente nacionalistas y americanos y con su categórica defensa de las empobrecidas economías provinciales, era una formal declaración de guerra al Imperio Británico y a la banca cuyos intereses representaba.De ahí que cuando el veintisiete de enero de 1867, el agente de Su Majestad Británica, Mr. George B. Mathews entrevista al Ministro de Relaciones Exteriores Rufino Elizalde y le ofrece el apoyo total de Inglaterra contra la revolución popular de Felipe Varela, que a su juicio “amenaza con dominar todo el país”, no hace más reconocer el peligro que importaba para los intereses británicos y en especial para Baring Brothers, la montonera argentina dispuesta a cambiar el destino de la patria y con ella de todo el continente sudamericano.Bartolomé Mitre, súbdito inglés por su vocación de entrega, dirá, satisfecho del ofrecimiento de intervención directa del Imperio Británico contra la heroica montonera del caudillo catamarqueño: “me ha impresionado agradablemente tan noble proceder que a la vez testifica la cordialidad de nuestras relaciones con la Gran Bretaña, revela elocuentemente la amistad y simpatía que profesa a la administración argentina el ilustrado caballero Mathews”.Mientras tanto, como bien dice Dardo de la Vega Díaz, “por donde Varela pasa, los ranchos van quedando vacíos”. El jefe revolucionario con voz grave y serena irá enrolando tras sí a las masas criollas tras explicarles el sentido de su “Cruzada Libertadora” para terminar con “los tiempos del coloniaje” como los califica, ya que sabe bien que “los liberticidas”, “los servidores del círculo del general Mitre” tratarán de hacerlo aparecer como un bárbaro bandolero –calificación que perdurará luego en toda la historiografía oficial– para descalificar su lucha y justificar la sangrienta represión.A tales infamias responderá irónicamente Felipe Varela: “ser amigo de la libertad, de las provincias y de que entren en el goce de sus derechos ¡oh! eso es ser traidor a la patria y es por consiguiente un delito que pone a los ciudadanos fuera de la ley!”:Pero los verdaderos traidores a la Patria, de espaldas al país e inclinados ante Baring Brothers, ponían precio al pueblo levantado en montonera.La Misión de Norberto de la RiestraMientras el gobierno mitrista en nota oficial manifestaba su total oposición a toda “Unión Americana” y afirmaba enfáticamente que: “la República está identificada con la Europa hasta lo más que es posible”, Norberto de la Riestra, enviado especial de Mitre en Londres trataba de demostrar en los hechos el servilismo total que el propio Gobierno reconocía en sus declaraciones diplomáticas.El británico de la Riestra, llevaba por misión contraer un empréstito de doce millones de pesos en Londres, de acuerdo a la ley 128 de 1865.De más está aclarar que la gestión de la Riestra era ante la Casa Baring. Está, sólo adelantará 200.000 libras, de las cuales llegaran a Buenos Aires escasamente 100.000, el resto del empréstito queda supeditado a que la Argentina “peticione conjuntamente con el Brasil”. La Alta Banca británica quería asegurar de tal manera que el eje Rothschild-Baring contara con total control financiero de la “Alianza” contra el Paraguay.Norberto de la Riestra, al igual que el Barón de Mauá urgía en la City que se llevara a cabo el empréstito que le permitía al gobierno de Mitre terminar con el tirano del Paraguay y los bárbaros montoneros.Para “facilitar” la gestión se resuelve “reducir” el precio del empréstito, aumentando de tal manera las ya cuantiosas ganancias aseguradas a Baring Brothers. Con fecha cuatro de febrero de 1868, Mitre presta su conformidad para que se reduzca a 70 el precio del empréstito. Finalmente, en junio de dicho año, el enviado plenipotenciario comunica al gobierno argentino la realización del nuevo préstamo, destinado a financiar la destrucción de la resistencia armada americana: 2.500.000 libras, con una supuesta recepción real de 1.735.703 libras, 6s.10 d… Este empréstito, pagado con “el hambre y sed argentina” insinuaría hasta 1883 m$n 8.417.515 como renta y m$n. 7.618.968 en calidad de amortización, quedando aún 988.300 libras, que Agote calculaba (en aquel año) que no iban a poder ser canceladas antes de 1889...Es decir que sobre 1.735.703 libras recibidas teóricamente, debieron pagarse más de 4.000.000 de libras, para satisfacción de Baring Brothers.El Fin de La Patria GrandeFelipe Varela y los hombres de la revolución, contaban con el levantamiento del litoral argentino, con sus caudillos Justo José de Urquiza y Ricardo López Jordán. El mercader Urquiza, especulará, como hemos visto, con su supuesto apoyo a la montonera –que no se producirá nunca– para obtener notables ganancias en negocios con el Banco de Londres, mientras sueña con la candidatura presidencial. Ricardo López Jordán logrará pronunciarse tardíamente, recién después de la muerte de Urquiza en san José.Circunscripta al noroeste argentino, la revolución varelista se convierte en una heroica epopeya, con el último grito montonero de protesta ante el avance de la “civilización portuaria”, pero inexorablemente condenado al fracaso en el terreno de las armas.Tingosta, Paso de San Ignacio, Pozo de Vargas, Salta y Jujuy, darán testimonio esperanzado del paso del caudillo y su montonera, hambreada y sin recursos, pero siempre dispuesta a cumplir la palabra empeñada por su jefe en el “Manifiesto”: “Siempre que la suerte quiera ayudarme, siempre que el cielo quiera protegerme, combatiré hasta derramar mi última gota de sangre por mi bandera y los principios que ella ha simbolizado”.La muerte galopará hacia el caudillo americano en Chile, tísico y postrado, pero con los ojos puestos en su patria sufriente un 4 de junio de 1870. Coetáneamente cesaba la última resistencia del mariscal Francisco Solano López, muriendo con él el Paraguay nacional y proteccionista.Ya nada se oponía a los planes Británicos. La Argentina convertida en una “gran estancia” otorgaba el máximo de garantías a los “inversores” británicos. El ocaso de la nacionalidad se cotizaba satisfactoriamente en el mercado de valores londinense. El nombre de Baring Brothers brillaba con mayor esplendor que nunca.

(Tomado de Baring Brothers y la Historia Política Argentina, Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Dualde, Editorial “La Estrella”, 1968)

19/10/07

Decreto sobre supresión de honores al Presidente de la Junta y otros funcionarios públicos

Gaceta de Buenos Aires (1810-1821), cit., p (711): correspondiente al 8 de diciembre de 1810. Orden del día
En vano publicaría esta Junta principios liberales, que hagan apreciar á los pueblos el inestimable don de su libertad, si permitiese la continuacion de aquellos prestigios, que por desgracia de la humanidad inventaron los tiranos, para sofocar los sentimientos de la naturaleza Privada la multitud de luces necesarias, para dar su verdadero valor á todas las cosas; reducida por la condicion de sus tareas á no extender sus meditaciones mas allá de sus primeras necesidades; acostumbrada á ver los magistrados y xefes envueltos en un brillo, que deslumbra á los demas, y los separa de su inmediacion; confunde los inciensos y homenages con la autoridad de los que los disfrutan; y jamas se detiene en buscar á el xefe por los titulos que lo constituyen, sino por el voto y condecoraciones con que siempre lo ha visto distinguido. De aquí es, que el usurpador, el déspota, el asesino de su patria arrastra por una calle pública la veneracion y respeto de un gentío inmenso, al paso que carga la exacracion de los filosofos, y las maldiciones de los buenos ciudadanos; y de aquí es, que á presencia de ese aparato exterior, precursor seguro de castigos y todo género de violencias, tiemblan los hombres oprimidos, y se asustan de si mismos, si alguna vez el exceso de opresion les habia hecho pensar en secreto algun remedio.¡Infelices pueblos los que viven reducidos á una condicion tan humillante! Si el abatimiento de sus espiritus no sofocase todos los pensamientos nobles y generosos, si el sufrimiento continuado de tantos males no hubiese extinguido hasta el deseo de libertarse de ellos, correrían á aquellos paises felices, en que una constitucion justa y liberal dá unicamente á las virtudes el respeto, que los tiranos exigen para los trapos y galones abandonarían sus hogares, huirían de sus domicilios, y dexando anegados á los déspotas en el fiero placer de haber asolado las provincias con sus opresiones, vivirían baxo el dulce dogma de la igualdad que raras veces posee la tierra, porque raras veces lo merecen sus habitantes. ¿Qué comparacion tiene un gran pueblo de esclavos, que con su sangre compra victorias, que aumenten el luxo, las carrozas, las escoltas de los que lo dominan, con una ciudad de hombres libres, en que el magistrado no se distingue de los demas, sino porque hace observar las leyes, y termína las diferencias de sus conciudadanos? Todas las clases del estado se acercan con confianza á los depositarios de la autoridad, porque en los actos sociales han alternado francamente con todos ellos; el pobre explica sus acciones sin timidéz, porque ha conversado muchas veces familiarmente con el juez que le escucha; el magistrado no muestra seño en el tribunal, á hombres que despues podrían despreciarlo en la tertúlia; y sin embargo no mengua el respeto de la magistratura, porque sus decisiones son dictadas por la ley, sostenidas por la constitucion, y executadas por la inflexlble firmeza de hombres justos é incorruptibles.
Se avergonzaría la Junta, y se consideraría acreedora á la indignacion de este generoso pueblo, si desde los primeros momentos de su instalacion, hubiese desmentido una sola vez los sublimes principios, que ha proclamado. Es verdad que consequente á la acta de su ereccion decreto al Presidente en orden de 28 de mayo los mismos honores, que antes se habian dispensado á los vireyes; pero este fue un sacrificio transitorio de sus propios senimientos, que consagró al bien general de este pueblo. La costumbre de ver á los vireyes rodeados de escoltas y condecoraciones habría hecho desmerecer el concepto de la nueva autoridad, si se presentaba desnuda de los mismos realces; quedaba entre nosotros el virey depueso; quedaba una audiencia formada por los principios de divinizacion de los déspotas; y el vulgo que solo se conduce por lo que vé, se resentiría de que sus representantes no gozasen el aparato exterior, de que habian disfrutado los tiranos, y se apoderaría de su espíritu la perjudicial impresion, de que los xefes populares no revestian el elevado caracter, de los que nos venian de España. Esta consideracion precisó á la Junta á decretar honores al Presidente, presentando á el pueblo la misma pompa del antiguo simulacro, hasta que repetidas lecciones lo dispusiesen á recibir sin riesgo de equivocarse el precioso presente de su libertad. Se mortificó bastante la moderacion del Presidente con aquella disposicion, pero fué preciso ceder á la necesidad, y la Junta executo un arbitrio politico, que exigian las circunstancias, salvando al mismo tiempo la pureza de sus intenciones con la declaratoria, de que los demas Vocales no gozasen honores, tratamiento, ni otra clase de distinciones.
Un remedio tan peligroso á los derechos del pueblo, y tan contrario á las intenciones de la Junta, no ha debido durar sino el tiempo muy preciso, para conseguir los justos fines, que se propusieron. Su continuacion sería sumamente arriesgada, pues los hombres sencillos creerían ver un virey en la carroza escoltada, que siempre usaron aquellos xefes; y los malignos nos imputarían miras ambiciosas, que jamas han abrigado nuestros corazones. Tampoco podrían fructificar los principios liberales, que con tanta sinceridad comunicamos; pues el comun de los hombres tiene en los ojos la principal guia de su razon, y no comprenderían la igualdad, que les anunciamos, mientras nos viesen rodeados de la misma pompa y aparato, con que los antiguos déspotas esclavizaron á sus súbditos.
La libertad de los pueblos no consiste en palabras, ni debe existir en los papeles solamente. Qualquier déspota puede obligar á sus esclavos, á que canten himnos á la libertad; y este cántico maquinal es muy compatible con las cadenas, y opresion de los que lo entonan. Si deseamos que los pueblos sean libres, observemos religiosamente el sagrado dogma de la igualdad. ¿Si me considero igual á mis conciudadanos, porque me hé de presentar de un modo, que les enseñe, que son menos que yo? Mi superioridad solo existe en el acto de exercer la magistratura, que se me ha confiado; en las demas funciones de la sociedad soy un ciudadano, sin derecho á otras consideraciones, que las que merezca por mis virtudes.
No son estos vanos temores de que un gobierno moderado pueda alguna vez prescindir. Por desgracia de la sociedad existen en todas partes hombres venales y baxos, que no teniendo otros recursos para su fortuna, que los de la vil adulacion, tientan de mil modos á los que mandan, lisongean todas sus pasiones, y tratan de comprar su favor á costa de los derechos, y prerogativas de los demas. Los hombres de bien no siempre están dispuestos ni en ocasion de sostener una batalla en cada tentativa de los bribones; y así se enfria gradualmente el espiritu público, y se pierde el horror a la tirania. Permitasenos el justo desahogo de decir á la faz del mundo, que nuestros conciudadanos han depositado provisoriamente su autoridad en nueve hombres, á quienes jamas trastornará la lisonja, y que juran por lo mas sagrado, que se venera sobre la tierra, no haber dado entra a en sus corazones á un solo pensamiento de ambicion o tirania: pero ya hemos dicho otra vez, que el pueblo no debe contentarse con que seamos justos, sino que debe tratar, de que lo seamos forzosamente. Mañana se celebra el congreso, y se acaba nuestra representacion; es pues un deber nuestro, disipar de tal modo las preocupaciones favorables á la tiranía, que si por desgracia nos sucediesen hombres de sentimientos menos puros, que los nuestros, no encuentren en las costumbres de los pueblos el menor apoyo, para burlarse de sus deréchos. En esta virtud ha acordado la Junta el siguiente reglamento, en cuya puntual é invariable observancia empeña su palabra, y el exercicio de todo su poder.
1º El artículo 8º de la órden del dia 28 de mayo de 1810, queda revocado y anulado en todas sus partes.
2º Habrá desde este dia absoluta, perfecta, é idéntica igualdad entre el Presidente, y demas Vocales de la Junta, sin mas diferencia, que el orden numerario, y gradual de los asientos.
3º Solamente la Junta reunida en actos de etiqueta y ceremonia tendrá los honores militares, escolta, y tratamiento, que están establecidos.
4º Ni el Presidente, ni algun otro individuo de la Junta en particular revestirán carácter público, ni tendrán comitiva, escolta, ó aparato que los distinga de los demas ciudadanos. 5º Todo decreto, oficio, y órden de la Junta deberá ir firmado de ella, debiendo concurrir quatro firmas quando menos con la del respectivo Secretario.
6º Todo empleado, funcionario público, ó ciudadano, que execute órdenes, que no vayan suscriptas en la forma prescripta en el anterior artículo, será responsable á el gobierno de la execucion.
7º Se retirarán todas las centinelas del palacio, dexando solamente las de las puertas de la Fortaleza, y sus bastiones.
8º Se prohibe todo brindis, viva, ó aclamacion pública en favor de individuos particulares de la Junta. Si éstos son justos, vivirán en el corazon de sus conciudadanos: ellos no aprecian bocas, que han sido profanadas con elogios de los tiranos.
9º No se podrá brindar sino por la patria, por sus derechos, por la gloria de nuestras armas, y por objetos generales concernientes á la pública felicidad.
10 Toda persona, que brindase por algun individuo particular de la Junta, será desterrado por seis años.
11 Habiendo echado un brindis D. Atanasio Duarte, con que ofendío la providad del Presidente, y atacó los derechos de la patria, debía perecer en un cadalso; por el estado de embriaguez en que se hallaba, se le perdona la vida; pero se destierra perpetuamente de esta ciudad; porque un habitante de Buenos Ayres ni ebrio ni dormido debe tener impresiones contra la libertad de su pais.
12 No debiendo confundirse nuestra milicia nacional con la milicia mercenaria de los tiranos, se prohibe que ningun centinela impida la libre entrada en toda funcion y concurrencia pública á los ciudadanos decentes, que la pretendan. El oficial que quebrante esta regla será depuesto de su empleo.
13 Las esposas de los funcionarios públicos políticos y militares no disfrutarán los honores de armas ni demas prerogativas de sus maridos: estas distinciones las concede el estado á los empleos, y no pueden comunicarse sino á los individuos que los exercen.
14 En las diversiones públicas de toros, ópera, comedia &c. no tendrá la Junta palco, ni lugar determinado: los individuos de ella, que quieran concurrir, comprarán lugar como qualquier ciudadano; el Excmo. Cabildo, á quien toca la presidencia y gobierno de aquellos actos por medio de los individuos comisionados para el efecto, será el que unicamente tenga una posicion de preferencia.
15 Desde este dia queda concluido todo el ceremonial de iglesia con las autoridades civiles: estas no concurren al templo á recibir inciensos, sino á tributarlos al Ser Supremo. Solamente subsiste el recibimiento en la puerta por los canonigos y dignidades en la forma acostumbrada. No habrán coxines, sitial, ni distintivo entre los individuos de la Junta.
16 Este reglamento se publicará en la gazeta, y con esta publicacion se tendrá por circulado á todos los xefes políticos, militares, corporaciones, y vecinos, para su puntual observancia.
Dado en Buenos Ayres en la Sala de la Junta á 6 de diciembre de 1810 = Cornelio de Saavedra. = Miguel de Azcuenaga. = Dr. Manuel de Alberti. = Domingo Mateú. = Juan Larrea. = Dr. Juan José Passo, Secretario. = Dr. Mariano Moreno, Secretario. 6 de diciembre de 1810 Fuente:
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