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3/3/08

El sistema-mundo de Wallerstein y la transición


Por Marco A. Gandásegui

El impacto de la obra de Immanuel Wallerstein se debe fundamentalmente a dos aspectos sobre los cuales el sociólogo norteamericano insiste cada vez con más fuerza.
En primer lugar, Wallerstein caracteriza la presente coyuntura mundial como una transición fundamental de una forma de organización social a otra. En segundo lugar, señala que el resultado de esta transición no puede ser predeterminado y el futuro está exclusivamente en las manos de todos nosotros. Wallerstein cuestiona las nociones (tradicionales) de la modernidad que nos presentan el mundo como un cúmulo de relaciones sociales en perfecto equilibrio funcional o en un estado de permanente conflicto con objetivos y resultados conocidos.
Otra área que penetra Wallerstein, creando fuertes debates, se refiere a su crítica a las formas de producir conocimiento científico. Estamos frente a una crisis epistemológica que se expresa por la incapacidad de la ciencia tal como la hemos construido para explicar la transición que atraviesa la humanidad. La manera de producir conocimiento está pasando por un período de cambios profundos. Son cambios similares o más importantes que la revolución introducida por la ciencia moderna en el siglo XVI. Wallerstein también cuestiona la dicotomía que divide la ciencia en compartimentos que podríamos considerar artificiales, como ocurre en el caso de las ciencias naturales versus las ciencias sociales.
Todo indica que la interrogante de Tolstoi se hace cada vez más relevante: ¿Para qué sirve la ciencia si no puede contestar las preguntas que más nos importan? Estas preocupaciones que dominan la obra de Wallerstein, se insertan en su noción de sistema-mundo, que constituye el objeto de estudio de su esfuerzo teórico. La humanidad ha conocido varios sistemas-mundo con capacidad para presentar una visión global coherente. Según Wallerstein y sus colegas, la crisis actual de carácter global es consecuencia de cambios fundamentales que atraviesa el sistema-mundo capitalista que emergió hace 500 años y que se ha expandido a escala mundial.
Al respecto, quisiéramos examinar aquí tres momentos sobrepuestos del análisis de Wallerstein, que forman un todo y no se pueden entender a plenitud por separado. En primer lugar, la concepción de un sistema-mundo como sistema social. En segundo, la crisis del sistema-mundo, su significado y cómo entender sus consecuencias. Por último, las causas de la crisis y el papel de las clases sociales. Además, tomaremos nota de la posición del autor en torno a América latina en esta fase de transición.
Un perfil de WallersteinImmanuel Wallerstein nació en la ciudad de Nueva York en 1930. Hizo sus estudios y obtuvo su doctorado (Ph.D. en Sociología, 1959) en la Universidad de Columbia, de la misma ciudad, donde fueron sus profesores, entre otros, C. Wright Mills * y Robert K. Merton. En las aulas de ese centro de estudios superiores trabó una relación intelectual con Terence K. Hopkins y junto con Giovanni Arrighi emprendieron la tarea de construir el edificio teórico del sistema-mundo.
Inició su relación con Fernand Braudel en 1970 cuando escribía el primer volumen de The Modern World-System. En 1975 se trasladó a París donde Braudel lo invitó a trabajar juntos en la conducción de su seminario. Tuvo especial interés en los procesos de liberación nacional que sacudían a Africa. A su regreso a EEUU, en 1976, fundó el Centro Fernand Braudel en la Universidad del Estado de Nueva York (SUNY) en Binghamton donde ejercería también la docencia hasta 1999. En pocos años, el Centro se convirtió en meca de estudiantes de todo el mundo quienes trabajan en los proyectos de investigación del sistema-mundo. Además, los trabajos aparecen publicados en Review, revista del Centro Fernand Braudel.
En 1974, Wallerstein publica el primer volumen de su obra El sistema-mundo moderno donde presenta sus tesis principales que ha seguido desarrollando desde entonces. Ha mantenido en este período una estrecha relación crítica con el equipo de cientistas sociales que se identifica con Monthly Review, revista y casa editorial donde se publican las obras de Paul Sweezy, Harry Magdoff, Samir Amin, A. Gunder Frank y otros. En América latina mantiene relaciones con los centros de investigación de la región, participó en el último Foro Social de Porto Alegre y cultiva una relación de trabajo especial con el sociólogo peruano Aníbal Quijano. En la actualidad Wallerstein es profesor eméritus de SUNY-Binghamton, continúa dirigiendo el Centro Fernand Braudel y es investigador titular en la Universidad de Yale.
Sistema-mundoEn su libro The Modern World System: Capitalist Agriculture and the Origins of the World-Economy in the Sixteenth Century,1 Wallerstein nos ofrece una primera aproximación a las claves de su teoría sociológica. Define el sistema-mundo como una estructura con fronteras, grupos, normas que la legitiman y dan coherencia. Es un mundo lleno de conflictos que se mantiene en un estado de tensión permanente. Funciona como un organismo que experimenta cambios y que saca a relucir sus fuerzas o debilidades según las circunstancias.
Para Wallerstein, lo que caracteriza un sistema social es su ser endógeno. En otras palabras, el sistema social es, ''en gran parte'', autosuficiente. Wallerstein identifica dos tipos de sistema social. Por un lado, el sistema social pequeño, con una economía de subsistencia autónoma. Por el otro, el sistema-mundo. La diferencia obvia es el tamaño. Pero, también, el sistema mundo se basa sobre una división de trabajo ex­ten­sa y una diversidad cultural de múltiples expresiones.
Wallerstein agrega que hasta el presente han existido dos tipos de sistemas-mundo. Por un lado, el sistema-mundo imperio que es articulado políticamente por un régimen centralizado que domina la totalidad del territorio sobre el cual se extiende. Por el otro, el sistema-mundo económico que carece de un sistema político centralizador.
Los sistemas-mundo económico en la era pre-moderna eran estructuras muy inestables que evolucionaban hacia imperios o se desintegraban. La particularidad del sistema-mundo moderno es que ha dado lugar a una economía-mundo cuya duración lleva 500 años. Aún cuando el sistema-mundo económico puede tener centros políticos, éstos no son permanentes ni hegemónicos. Es el caso de las ciudades del norte de Italia, después Amsterdam (Holanda), Londres (Gran Bretaña) y Nueva York (EEUU) que se han sucedido como capitales del sistema-mundo económico del capitalismo en el último medio milenio. Arrighi y Silver anuncian un desplazamiento del centro hegemónico actual a corto plazo.2 Esta falta de centro hegemónico, según Wallerstein, es el secreto de la fuerza del sistema-mundo moderno y, a la vez, constituye el lado político de la organización económica llamada capitalismo. El éxito del capitalismo descansaría precisamente sobre esta multiplicidad de sistemas políticos que conviven simultáneamente.
El capitalismo dispone de varias opciones para operar en un sistema-mundo de este tipo. En primer lugar, le ofrece a los capitalistas una estructura sobre la cual pueden moverse con mucha libertad. Esta noción es tomada de Braudel, que considera que las operaciones capitalistas y sus agentes son básicamente especulativas y financieras. Mientras que la producción requiere de la protección de una clase o Estado, las finanzas necesitan plena libertad para moverse sin restricciones. En segundo lugar, el sistema-mundo le permite al capitalismo expandirse territorialmente en diversas direcciones, a diferentes ritmos sin enfrentar restricciones políticas.
En su obra de 1974, Wallerstein deja una puerta abierta para permitir la posibilidad de que aparezca un sistema-mundo alternativo. Este nuevo sistema-mundo tendría que integrar las esferas económica y política para equilibrar la distribución y el poder entre los diferentes grupos sociales. Este sería el sistema-mundo socialista. Para Wallerstein, este sistema integrador no debe confundirse con el socialismo que dominó enormes áreas geográficas en el siglo XX. El socialismo soviético del siglo pasado formaría parte del sistema-mundo capitalista, aunque periférico. Para Wallerstein, el colapso político del socialismo soviético es una señal de la decadencia de la ideología liberal que dominó el sistema-mundo entre 1848 (revoluciones europeas) y 1968 (la sublevación estudiantil que el sociólogo norteamericano bautiza con el nombre de "Revolución Mundial").
Es oportuno introducir en este punto las nociones de centro y periferia de quienes trabajan con el concepto de sistema-mundo. El sistema-mundo capitalista tendría un centro que dirige y acumula la riqueza global. Al mismo tiempo, se expandiría sobre una periferia que es objeto de una explotación sistemática. En el medio, como un colchón amortiguador, se ubica una semi-periferia que serviría de estadio promotor de nuevos centros. En el caso de América latina, su posición dentro del sistema-mundo capitalista, desde su aparición hace 500 años ha sido periférica. En algunos casos y para tiempos limitados algunos países de la región habrían alcanzado el nivel de semi-periferia: Argentina, Uruguay, Cuba.
El sistema-mundo y, en este caso, el sistema-mundo capitalista opera sobre la base de un conjunto de reglas. Las mismas se reflejan en los ritmos cíclicos y en sus tendencias seculares.
Como todos los sistemas, la proyección lineal de sus tendencias encuentra ciertos límites, después de lo cual el sistema se encuentra a sí mismo lejos del equilibrio y comienza a bifurcarse. A partir de este punto, podemos decir que el sistema está en crisis, y que transita a través de un período caótico en el cual busca estabilizar un nuevo y diferente orden, es decir, que realiza la transición desde un sistema aotro. Qué es lo que este nuevo orden será, y cuándo se estabilizará, es algo imposible de predecir, pero también es algo que se encuentra fuertemente impactado por las acciones de todos los actores que participan en toda esta transición. Y es exactamente la situación en la que estamos ahora. 3
Crisis e incertidumbreEn una conferencia pronunciada en Praga en septiembre de 1997, Wallerstein señala que el sistema-mundo capitalista vive en la actualidad en una ''crisis terminal''. Esta declaración es presentada sobre la base de un conjunto de premisas que rompen con la visión habitual de los círculos académicos.
La primera premisa que esboza Wallerstein no tiene mucho de original. Señala que todo sistema social histórico aparece, se desarrolla, entra en decadencia y, finalmente, muere. Esta desaparición de la escena histórica es consecuencia de la incapacidad del sistema por mantener el equilibrio, ya no puede controlar las tensiones que la sacuden desde adentro. En medio de la crisis se produce una ''bifurcación'', concepto que Wallerstein utiliza para introducir su segunda premisa: Las bifurcaciones constituyen las múltiples alternativas que se abren en el marco de las tensiones que desgarran el sistema. Los resultados de las bifurcaciones no se pueden predecir, son indeterminados. La tercera premisa señala que el sistema mundo está en una ''crisis terminal''. Más aún, Wallerstein anuncia que es improbable que el sistema que conocemos hoy exista en unos cincuenta años.
Sin embargo, ya que el resultado es incierto, no sabemos si el sistema (o los sistemas) resultante será mejor o peor que el actual, pero sí sabemos que el período de transición será una terrible etapa llena de turbulencias, ya que los riesgos de la transición son muy altos, los resultados inciertos y muy grande la capacidad de pequeños inputs para influir sobre dichos resultados. 4
Las conclusiones que extrae del desarrollo de las premisas apuntan en direcciones aún menos convencionales. La primera conclusión es que ''el progreso no es inevitable''. La segunda, que la ''creencia en certezas (premisa fundamental de la modernidad) ciega y mutila'': a menudo, esta certeza que identifica la ciencia moderna tiende a secularizar el pensamiento cristiano donde la figura de Dios es reemplazado por la ''naturaleza''. La tercera y última conclusión es que en toda sociedad humana la lucha por una sociedad mejor es un rasgo permanente.
En otras palabras, las transformaciones sociales son posibles pero no necesariamente seguras. La última conclusión de Wallerstein es que ''la incertidumbre es maravillosa y que la certeza, si fuera real, sería la muerte moral''. Vale la pena citar un pasaje que refuerza este optimismo:
Si estuviésemos seguros del futuro, no habría apremio moral alguno para hacer cualquier cosa. Seríamos libres para satisfacer cualquier pasión y actuar siguiendo cualquier impulso egoísta, ya que todas las acciones estarían sometidas a una ordenada certeza. Por el contrario, si todo está sin decidir, entonces el futuro está abierto a la creatividad, no sólo a la creatividad meramente humana, sino también a la creatividad de toda la naturaleza. Está abierto a la posibilidad y, por lo tanto, a un mundo mejor.5
Causas de la crisisImmanuel Wallerstein señala que ''el mundo está siendo sometido a tres presiones estructurales a las que ya no está en posición de controlar'', que erosionan la rentabilidad de las inversiones en sectores claves de la economía global. La primera presión estructural que experimenta el capitalismo global se refiere al costo de la fuerza de trabajo: para Wallerstein, el acceso a la fuerza de trabajo barata en las regiones del mundo no integradas al sistema-mundo se está agotando. La búsqueda de trabajadores más allá de la ''periferia'' del sistema-mundo capitalista se está volviendo cada vez más difícil. como consecuencia, le corresponde a los estados-naciones integrados al sistema-mundo ejercer presión sobre sus propios trabajadores vía iniciativas legislativas para reducir los costos de su fuerza de trabajo. Esta política conocida como neoliberal no sólo genera protestas en la periferia y semi­periferia. En los últimos lustros estas presiones han movilizado a los trabajadores del ''centro'' quienes se oponen a su empobrecimiento como consecuencia de las políticas de flexibilización y la reducción del ''Estado de bienestar''.
A pesar de la búsqueda de nuevas fuentes de trabajo y las presiones para bajar los salarios, según Wallerstein, la existencia de fuentes de fuerza de trabajo baratas está llegando a su fin.
En palabras de Wallerstein, ''la primera (presión estructural) es consecuencia del proceso de desruralización del mundo, que está ahora muy avanzado y que probablemente se habrá completado totalmente dentro de los próximos 25 años. Es un proceso que está incrementando inexorablemente el costo del trabajo en tanto que magnitud porcentual del valor total creado''.6
La segunda presión estructural se refiere al ambiente. Existe un límite a la capacidad que tienen las empresas capitalistas para externalizar sus costos usando los recursos naturales y bienes públicos como si no tuvieran costo alguno. De hecho hay otros sectores sociales que están pagando la degradación del ambiente y la destrucción de la infraestructura en forma cotidiana.
En el caso de Panamá, la depredación de las cuencas, las bahías y los bosques son costos que deben pagar los grupos sociales que no controlan el gobierno en beneficio de unos pocos empresarios. Igualmente, el uso de las áreas urbanas construidas con fondos públicos para beneficio de ciertos intereses privados es otra forma de externalizar los costos de estos últimos y elevar sus beneficios. Según Wallerstein, ''la segunda presión (estructural) es la consecuencia del largo plazo de la externalización de los costos, que ha sido llevada hasta el agotamiento ecológico. Ello está haciendo aumentar el costo de los insumos dentro del porcentaje del valor total creado''.7
La tercera fuente de desequilibrio, por último, proviene de los límites que tienen los regímenes políticos de someter a sus trabajadores a una creciente tasa de impuestos. Han sido los impuestos que han alimentado el sistema capitalista. Una muestra de ello es la política ''keynesiana de guerra'' del presidente Reagan en la década de 1980 así como la ''guerra contra el terrorismo'' de Bush en la primera década del siglo XXI. Para Wallerstein, ''la tercera presión (estructural) es la democratización en el mundo, que conduce a demandas crecientes respecto al gasto público en educación, salud y garan­tías del ingreso de vida. Esto está impulsando hacia arriba los costos de los impuestos en el porcentaje del valor creado''.8
El análisis de tipo estructural de Wallerstein apunta a u­na crisis del sistema que se amplía y se expande desde hace cin­co siglos. La desruralización, la externalización y la demo­cra­tización son procesos sociales irreversibles, por lo menos a corto plazo. Si estos procesos llegan a su límite, sin po­si­bili­dad de continuar extendiéndose, se anuncia un desplome sis­té­mico inevitable.
La combinación de estas tres presiones está creando una enorme reducción estructural, a largo plazo, de las ganancias derivadas de la producción, hasta el punto de estar transformando al sistema capitalista en un sistema no rentable para los propios capitalistas.9
La crisis del conocimiento
Wallerstein no sólo apunta a la crisis del sistema-mundo moderno como un fenómeno de reproducción social y económico. Le dedica igual atención y esfuerzo a la aparente incapacidad que existe para comprender los procesos en que estamos envueltos. La ciencia, plantea, no está al servicio de la sociedad. Más bien, se desarrolla para servir al desarrollo capitalista. En términos de Ilya Prigogine, la ciencia moderna estableció una nueva alianza cognoscitiva entre el hombre y la naturaleza.10 Pero según Alan Rush, el capitalismo, que dio a luz la nueva ciencia y le imprimió un ritmo cada vez más acelerado de desarrollo y especialización, no podía dejar de transformarla en sus principios mismos a medida que mutaba las propias estructuras culturales y económicas.11
Como parte de la crisis estructural de la economía-mundo capitalista, Wallerstein asegura que estamos viendo también el fin del modo en que hemos sabido el mundo:
Es decir, el fin de la utilidad de las herramientas y de los marcos de trabajo actuales de nuestro sistema de saber. En particular, la idea de que el saber científico de un lado, y el saber filosófico/humanístico del otro, son radicalmente diferentes, y que son modos intelectualmente opuestos de saber el mundo. La idea, que, a veces, llamamos la tesis de ''las dos culturas'' se está volviendo, no sólo inadecuada como explicación de la enorme transición social que estamos ahora viviendo, sino incluso un obstáculo mayor para enfrentar inteligentemente esta misma crisis. Hay que recordar que esta idea tiene sólo doscientos años de antigüedad y que nunca existió en otro sistema histórico.12
Wallerstein propone un camino que tome en cuenta, entre otros, las teorizaciones tanto de Max Weber como de Antonio Gramsci. En medio de la incertidumbre, sólo sabemos que de­bemos escoger entre diferentes alternativas. Wallerstein trae a colación lo que Weber llamó ''racionalidad material'', lo que significa escoger entre varios fines. Estos fines cons­titu­yen la configuración del nuevo sistema histórico que se quiere cons­truir. Queda por definirse el agente social o portador del pro­yecto que se quiere realizar.13
En el caso de Gramsci, el conocimiento era un producto de la posición de clase y no acepta la llamada ''neutralidad valorativa'' que se desprende de la ''racionalidad'' weberiana. Gramsci acepta la noción de incertidumbre pero subraya el papel de la clase con capacidad de ofrecer un liderazgo con legitimidad. Las nociones epistemológicas de Weber fueron elaboradas en las primeras décadas del siglo XX. En el caso de Gramsci, su contribución más duradera la produjo desde una celda de la Italia fascista de la década de 1930.
Wallerstein se pregunta si se podría aceptar una política e­cológica como racional por el hecho de creer que controlamos sus consecuencias y podemos calcular lo que estamos dis­pues­tos a pagar. ''Inmediatamente surge la pregunta ¿quiénes son esos nosotros que estarían pagando ese precio? Además, te­nemos que abrir el abanico de la gente que se incluye en ese nosotros, en términos de abarcar todos los grupos sociales den­tro del sistema, abrirlo geo­gráficamente y abrirlo en tér­mi­nos generacionales (incluyendo a aquellos que aún no han nacido)''.
América latina y una conclusiónEn uno de sus planteamientos más provocativos, presentado en el XX Congreso Latinoamericano de Sociología, celebrado en la ciudad de México en 1995, Wallerstein expuso en forma explícita una tesis controvertida sobre el desarrollo de la región.
Es absolutamente imposible que América latina se desarrolle, no importa cuales sean las políticas gubernamentales, porque lo que se desarrolla no son los países. Lo que se desarrolla es únicamente la economía mundo capitalista y esta economía-mundo es de naturaleza polarizadora.14
Es precisamente la tesis que rechazaba una importante co­rriente de pensamiento social encabezada, entre otros, por Agustín Cueva y Ricaurte Soler. Cueva señalaba que es la configuración de clases a escala nacional que define el nivel de lucha y los objetivos que se persiguen. Soler seguiría esta línea de privilegiar la formación nacional y sus contradicciones sociales.
Según Cueva, ''la creación del Estado nación y de la cultura nacional correlativa se torna tanto más difícil cuanto que tropieza con barreras no sólo internas sino externas. Antes de construir la unidad nacional, estas formaciones económico sociales se ven supeditadas y, en cierto sentido, desvertebradas por los múltiples efectos, incluso culturales, de la dominación imperialista''.15 A Soler le preocupan, tanto política como metodológicamente ''las posiciones que al caracterizar el capitalismo desplazan la investigación de las relaciones de producción de la formación social para destacar, como esencial, la acumulación de excedentes de las desiguales relaciones de intercambio que se establecen entre centro y periferia''.16
Las críticas de esta corriente de pensamiento latinoamericano se dirigían sobre todo a las nociones dependentistas de A. Gunder Frank y sus seguidores. El debate enriquecedor con la escuela de Rui Mauro Marini aún constituye una de las páginas más brillantes de la sociología latinoamericana. Este último teorizó en torno al desarrollo capitalista mundial como eje que subdesarrollaba la región latinoamericana. Creemos que Wallerstein no compartía la idea central de Frank y suscribiría algunas de las nociones principales de Marini.
El sistema-mundo capitalista avanza generando contradicciones que no podrá resolver a largo plazo. En el caso de A­mérica latina, la transición (globalización según la terminología de moda) aparentemente ha deslegitimado los proyectos nacionales, tanto los concebidos por las burguesías (nacionales) como los anunciados por las alianzas populistas. Fueron precisamente estos proyectos nacionales que sirvieron de base para numerosos movimientos sociales.
Wallerstein no concibe su recuperación, pero tampoco niega la importancia de los movimientos sociales vengan de donde vengan. Cuestiona incluso la existencia del ''Tercer Mundo'' en esta fase de transición.
Es quizás prematuro desechar los proyectos nacionales o las formulaciones de tipo ''tercer mundista'' y sus respectivos agentes portadores. Como señala el propio Wallerstein, el sistema-mundo moderno descansa sobre un eje económico que logra acumular riqueza con éxito (durante los últimos 500 años) precisamente por la falta de un ente político único hegemónico. Los movimientos sociales de la periferia, así como del centro, aún tienen tareas por completar en el ámbito de lo nacional. Pero como también señala Wallerstein, ésta es una de las muchas ''bifurcaciones'' que nos cabe reconocer en su momento.
La ''globalización'' estimula la concentración de la riquezaa y la centralización de las políticas. Pero ''el mundo sin fronteras'', motor ideológico concebido por el capital financiero para esconder sus tesoros, no es nuevo. Para Braudel así como para Wallerstein la acumulación es la marca del capitalismo como forma de operación dentro del sistema-mundo moderno. Donde Wallerstein se encuentra con Marx es a nivel de la economía: instancia donde la fuerza de trabajo produce la riqueza.
Hay otro mundo sin fronteras donde todos los grupos sociales organizados pueden intervenir, construir el mundo de a­cuerdo con sus intereses y hacer realidad sus sueños. Este es el mundo que anuncia Wallerstein, siempre que se presenten las condiciones necesarias para que la voluntad de la humanidad lo haga posible. La conclusión es que el futuro está exclusivamente en las manos de todos nosotros.
* Wallerstein escribió una biografía de C. Wright Mills que apareció en español en 1975 en la Enciclopedia Internacional de las Ciencias So­ciales, publicada en Madrid por la editorial Aguilar (pp.132-134).
Notas1. Primera edición en 1974 por Academic Press de Nueva York.2. Giovanni Arrighi y Beverly Silver, 2001, Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Madrid: Editorial Akal.3. ''Los intelectuales en una época de transición''. Ponencia presentada en el Coloquio Internacional Economía, modernidad y ciencias sociales, organizado por varias instituciones académicas en la ciudad de Guatemala, del 27 al 30 de marzo de 2001.4. ''Incertidumbre y creatividad''. Ponencia presentada en el Forum 2000: Inquietudes y esperanzas en el umbral del nuevo milenio, Praga, 3 al 6 de septiembre de 1997. Artículo publicado en Iniciativa Socialista, número 47, diciembre de 1997. La traducción fue revisada por Immanuel Wallerstein. 5. ''Incertidumbre y creatividad...'', idem.6. ''Los intelectuales en una época de transición'', idem.7. ''Los intelectuales...'', idem.8. ''Los intelectuales...''9. Para una exposición más detallada ver I. Wallerstein, 1998, Utopística, o las opciones históricas del siglo XXI, México: Siglo XXI, México.10. Ilya Prigogine, 1996, El fin de las certidumbres, Santiago de Chile: Ed. Andrés Bello. En su conferencia de Praga, Wallerstein se refiere al libro de Ilya Prigogine, El fin de las certidumbres, ''en el que sostiene que, incluso en el sancta sanctorum de las ciencias naturales -los sistemas dinámicos de la mecánica- los sistemas son regidos por la flecha del tiempo y se alejan inevitablemente del equilibrio. Estas nuevas perspectivas reciben el nombre de ciencia de la complejidad, en parte porque afirman que las certezas newtonianas siguen siendo válidas solamente en sistemas muy restringidos y simples, pero también porque dicen que el universo manifiesta un desarrollo evolutivo de la complejidad y que la inmensa mayoría de las situaciones no pueden explicarse a partir del equilibrio lineal y de un tiempo reversible''. 11. Alan Rush, 2002, ''Ciencia y capitalismo posmoderno'', Universidad de Tucumán, (Internet)12. ''Los intelectuales...'' Ver también The End of the World as we Know It: Social Science for the Twenty-First Century, Minneapolis: University of Minnesota Press, 1999. Apareció en español, editado por Siglo XXI (México), con título: Conocer el mundo, saber el mundo: El fin de lo aprendido - Una ciencia social para el siglo XXI. 2001.13. Según Wallerstein, ''el mundo no ha avanzado moralmente en los últimos miles de años, pero podría hacerlo. Podemos movernos en la dirección de lo que Max Weber llamó ''la racionalidad sustantiva'', esto es, valores racionales y fines racionales, alcanzados colectiva e inteligentemente''. Ver ''Incertidumbre y creatividad...'', ídem.14. ''La reestructuración capitalista y el sistema-mundo'', conferencia magistral en el XX Congreso Latinoamericano de Sociología, ciudad de México, 2 al 6 de octubre de 1995. 15. Agustín Cueva, 1987, La teoría marxista, Quito: Planeta.16. Ricaurte Soler, 1980, Idea y cuestión nacional latinoamericanas, México: Siglo XXI ed.

22/2/08

¿Siempre nos mintieron?



El fusilamiento de Dorrego, obra de Rodolfo Campodónico


Herencia para un hijo gaucho cliquear para escuchar mientras se lee

Controversia de los dos proyectos de Pais. Félix Luna y Luis Alberto Romero



Los argentinos y la historia best-seller



Por Eduardo Rosa



He leído (porque alguien me lo pasó fotocopiado, ya que no soy lector de Criterio) un artículo que transcribe una conferencia de Félix Luna y Luis Alberto Romero el 16 de agosto pasado. No hubiese ido a la conferencia por Romero, ya que me lo impedían mis prejuicios ancestrales, tal vez sensibilizados porque la conferencia de marras se dictó en el Centro Cultural Borges. No estoy orgulloso de esa falta de objetividad, que los conferenciantes estiman necesaria para ser historiador.
Por eso no me digo historiador sino sólo divulgador de lo poco que sé, que por otro lado lo sé por herencia, y el saber por herencia, como el ser rico por esa vía, no es mérito y los herederos nunca llegaremos a ser como los que construyeron la fortuna (salvo casos excepcionales, que actúan para que la incompresible frase de "la excepción que confirma la regla" funcione).Pero me sorprendió lo dicho por Félix Luna. Lo creía más objetivo. Don Félix hizo y hace una gran labor desde su magnífica revista Todo es Historia. Todo el que tuviese algo que aportar a la historia tiene cabida en sus páginas, sin importar de que corriente proviene o cual es su segunda intención. En su conferencia Luna arremete contra lo que él llama "complotismo", que es la pretensión paranoica que algunos tienen de ver todo como una inmensa y perfecta conspiración de "los malos", y atribuye al revisionismo el facilismo de poner siempre a "los malos" en el exterior (ingleses, brasileros y hasta uruguayos). Luna se siente molesto con el nacionalismo, óptica desde la que autores principalmente revisionistas miran la historia. ¿Cuál es su ventana, don Félix? Si me dice que la del radicalismo, fracción a la que alguna vez lo he visto adherir e incluso confesar pertenencia, recuerde que su bandera es colorada (en recuerdo el rojo punzó de antaño) y blanca (por el gran partido criollo de los orientales). Al menos ese fue el "contrabando ideológico" de Leandro Alem, que le cupo actuar en una época en que la historia "ya había dado su veredicto inapelable". Ése era el concepto de su época. Ya se habían dictado el anatema contra Rosas y los "rosines". Quien se atreviese a quebrarlo podía despedirse de todo reparto oficial; y ésas eran épocas donde las leguas de tierra quitadas a indios y gauchos se concedían graciosamente (¿vendrá de allí el nombrar a las oficinas públicas como "repartición"?). Y no sólo eso: se corría el riesgo de una muerte civil, si se era de la clase acomodada o una muerte real, un "cantar p'al carnero", si se era pobre sin suerte. Los pobres con suerte, como Martín Fierro, eran mandados a la frontera a matarse mutuamente con los indios. ¿Que eso es complotismo? Sí que lo es, pero no son los investigadores de la historia los que quieren complotarse. Son los mismos actores de ella, especialmente los que triunfaron luego de Pavón, que tienen cola de paja y no admiten ninguna revisión. ¿Por qué? La razón de esta tergiversación es simple y cristalina. Querían un país hecho a la medida de su ideología, y el país real, con sus virtudes y defectos no se ajustaba a su molde. Quisieron un país que privilegie las instituciones "cultas" o es decir las instituciones hechas en Europa o en Norteamérica, sin detenerse a pensar que esas instituciones eran el desarrollo de lo que Europa o Norteamérica eran y querían ser, o es decir eran instituciones con piso. El tema confeso de la conferencia es una crítica a la liviandad con que se toman los temas históricos. Romero cita a cierto autor muy vendido y televisado, (¿no será envidia?) y encuentra que ya no se discute la historia con V. F. López o con Mitre, ahora se polemiza con el Billiken. Para ejemplificar esto, toma la aseveración de este exitoso historiador que nos cuenta que en las invasiones inglesas no se tiraba aceite -por ser muy cara- sino... ¡agua hirviendo! Confieso que yo también hice una crítica similar en su oportunidad, pero elogiando al autor por hacer pensar a su joven audiencia, señalando como incongruente la leyenda lo del aceite por su precio. Decía yo en mi crítica que era bueno hacer pensar, pero era nefasto proponer una hipótesis de reemplazo no suficientemente pensada. ¿Agua hirviendo arrojadas desde las azoteas de esas casas de techos de 5 metros en agosto? ¿Qué queríamos? ¿Bañar a los ingleses con agua que llegaría apenas tibia? Esto que yo pensé lo debieron haber pensado más de la mitad de los jóvenes teleespectadores. Y descartando el disparate, descartaban por arrastre todo lo demás. ¿No se le ocurrió a ese historiador-detective pensar un poquito más? ¿No sería grasa hirviendo, ya que la grasa era prácticamente gratis? Así se ve como las cosas dichas con un propósito (enseñar a deducir) se vuelven en contra. Lo mismo pasa con la conferencia de Romero y Luna: comienzan atacando esa liviandad exitista y taquillera de la historia pero el verdadero propósito es denostar al revisionismo. Clasifica al revisionismo como una "excrecencia" (¡que mal suena!), pero la verdadera excrecencia es la historia sacralizada. Es una excrecencia con el agravante que es fósil. Los Alberdis, Mitres y Sarmientos creyeron que su deber era transformar esta tierra "inculta" –carente de lo que ellos consideraban civilización- y hacer que sus habitantes se olviden de su herencia y sus tradiciones, o cambiar directamente a la gente por inmigrantes cultos y civilizados, eligiendo para eso "las razas viriles del norte de Europa."O es decir, tomaban el país como un sitio, como una estancia cuyos propietarios eran -naturalmente- ellos, los cultos y civilizados,
y si los peones no servían a sus propósitos se los cambiaba por otros. Para el propósito civilizador, debía haber una historia de progresos, que privilegiara lo utilitario a lo épico. Había que conjurar las previsibles futuras rebeldías. Algo así debieron pensar los milicos del Proceso, cuando entregaban los hijos de sus prisioneros a otras familias "para evitar que crecieran con resentimientos". ¡Qué ingenuos! Debieron -ya que antes citamos lo del "anatema"- usar el anatema como lo hacían los israelitas en tiempos del regreso a la tierra prometida. No sólo quemar los ídolos (O esconder al cadáver de Evita), sino matar a todos; hombres mujeres y niños y también casas, ropas y enseres. Tal vez ese sea el único método de borrar la memoria. (El decreto libertador 4161 que prohibía palabras e imágenes, canciones y frases omitió prohibir pensamientos) Que los próceres (y llamo próceres a los que tienen calles y gozan de eterna alabanza no solo en el Billiken sino en las aulas y libros escolares) pensaron cambiar el contenido del país para que funcione su idea de perfección es confesión de Alberdi (el númen de nuestra constitución, no el "arrepentido" posterior). Alberdi decía en sus Bases: "Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población... necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad". Sarmiento advertido en sus sinceros –y hoy olvidados con prudencia- Comentarios a la Constitución : "Son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure sus libertades de acción y de pensamiento. Una Constitución no es para todos los hombres: la Constitución de las clases populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad". Por supuesto que esta clase social se consideraba el país mismo. Nada serio existía fuera de ella. Volvamos a oír a Sarmiento: "Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes, patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara (diputados y senadores) ni gauchos, ni negros, ni pobres..." (Discurso ante el Congreso, de 1866) ¿Entonces para quién dibujaban el país? ¿Para las clases educadas? ¡Por supuesto!, y también para las empresas que vendrían a fertilizar al país y a consolidar la posición gerencial de las clases educadas. Pero -olvidado detalle- estas empresas de ferrocarriles y servicios no venían para desarrollar nuestro país, venían a hacerlo funcional a los propósitos imperiales del peor imperialismo, que es el de los negocios. No nos tocaba "ser fuertes", nos correspondía solo "ser útiles". No interesaba tener un polo de desarrollo y competencia en estas pampas. No lo permitiría "la división internacional del trabajo", donde nuestro papel sería el de proveedor de alimentos sin valor agregado y el de ser dóciles satélites de Inglaterra (al menos hasta 1945), sin pretensión de mas independencia que las que se otorga a un empleado a sueldo. Para evitar que antiguos recuerdos reaviven sentimientos nacionalistas, había que cambiar la historia; nuestra historia de rebeldías y eclosiones de populacho era una molestia. Hubo quién ingenuamente quiso usar, para enterrar la historia el argumento leguleyo de la condena en juicio. Cuando se debatía la posibilidad de hacerle un juicio a Rosas, el diputado Emilio Agrelo insistía en sepultar la historia bajo una condena que impidiera "legalmente" toda revisión. La historia debía ser "cosa juzgada" y aquí no se habla mas de "eso". ¿Por qué? Escuchemos a Agrelo: "No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia.¿Qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿Que el general San Martín le legó su espada? ¿Que grandes y poderosas naciones se inclinaron a su voluntad? ¡No, señores diputados!; debemos condenar a Rosas y condenarlo en términos tales que nadie quiera mañana intentar su defensa". Y no fue el único "complotista" que intentaba a sabiendas tapar la historia porque no los favorecería: Salvador María del Carril, temeroso que el fusilamiento de Dorrego sea "mal interpretado" aconseja en carta a Lavalle en 1829: "Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad... fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos". Unas líneas más abajo, luego de aconsejarle actuar con la mayor crueldad posible para con los federales que caigan en sus manos aconseja: "Cartas como estas se queman". Por suerte para la historia Lavalle -cándido y honrado- no la quemó. Y ya que estamos en este episodio ¿Dice algo el Manual del Alumno de 4º grado sobre la matanza que vino después del fusilamiento de Dorrego? ¿Por qué no? ¿Será que no es "académico" decirlo?. Siguiendo los consejos de Del Carril y la su logia, una locura homicida se apodera en 1829/30 de los mas dignos militares: Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia, recorre la campaña apresando gauchos a los que hace cavar sus propias tumbas. Estomba, otro héroe, los ata a la boca de los cañones para destrozarlos con la metralla (sus horrorizados soldados lo mandarán a Buenos Aires atado y completamente loco). Se calcula en más de mil los asesinados en la campaña por el solo delito de ser gauchos. Aún los militares se quedan cortos, porque Juan Cruz Varela desde El Pampero exige que "se deben degollar cuatro mil para mantener quieta esa gaucha canalla". Hasta el canónigo Agüero, no obstante su condición eclesiástica, ha escrito a Lavalle felicitándolo por la muerte de Dorrego e incitándole a seguir con esa "obra de higiene": "No dudo que usted ha de concluir con estos salvajes... es necesario que se logre cuanto antes". No solamente en la campaña. Comisiones especiales recorren la ciudad para "proceder sumariamente" contra cualquier inculpado de simpatías populares. Las Memorias de Beruti mencionan a niños de siete años degollados "por andar con divisas federales". En una población que en la campaña de Buenos Aires, escenario de estas atrocidades, no pudo haber superado las 150 mil almas ¿Qué proporción son 4 mil? Hoy, con una población 40 veces superior, ¿hablaríamos de 160 mil desaparecidos, y en solo un año? Pero, claro, no eran más que gente pobre, gente sin abogados que los defiendan ni curas que velen por sus familias. Coincido con los conferencistas en cuanto a la simplificación conspirativa. Es un infantilismo pensar en la siempre perfecta conspiración de "los malos". Parece que se nos acusa a los nacionalistas de situar a "los malos" siempre en el exterior y acepto que esa ingenuidad se pudo alguna vez haber cometido. Me sorprende que ese argumento lo usen los conferencistas para defender esa maraña de leyendas y omisiones que algunos llamamos "la historia oficial". Permítanme una acotación que muestra lo poco que se nos enseña la historia: Romero nos dice que Saavedra nació en el Alto Perú, por lo que lo considera extranjero. ¿Sería "bolita"? No; era argentino, porque esa tierra por la que peleó tenazmente y sin medios la coronela del ejército argentino Juana Azurduy era Argentina. No se me escapa que Perú la reclamaba, pero la reclamaba, no la gobernaba. Tampoco debemos olvidar que solo cincuenta años antes de mayo los porteños éramos peruanos. ¿Dice algo el Billiken o la "historia de los académicos" de por qué no defendimos esa porción de tierra y cómo la dejamos ir? ¿No son estas omisiones o al menos "despriorizaciones" en la enseñanza de la historia grandes ocultamientos? ¿Por qué soltamos la mano de la provincia oriental, cuando su "delito" era simplemente no aceptar la hegemonía porteña? ¿Por qué oculta las veces que nuestros "próceres" planearon cercenar el litoral, independizarlo o entregarlo al Brasil, a cambio de ayuda para que ellos pudiesen gobernar? El conferencista Romero, en el título de su disertación, habla de "La otra Historia, la verdadera". Esa palabra "verdadera" me hace pensar que Romero es un creyente laico oficiante de los rituales de una revelación divina cuyo texto sagrado es la "historia verdadera". Todo el que opine lo contrario es un hereje. Y si este hereje está contaminado por lo que él quiere hacernos creer que es el nacionalismo, es lisa y llanamente un enfermo (son sus palabras: "el nacionalismo es una pasión enfermiza", concluyendo que "no es ni bueno ni sano". ¿Malo y enfermo? ) Pero para mejorar su dialéctica utiliza el bajo recurso de presentar al público un nacionalismo infantil y dibujado a su gusto, un "chauvinismo" que pretende todo y no admite nada, Ese "nacionalismo" solo existe en aquellos que tienen mentalidad militar (la bandera a la que se saluda con hieráticos movimientos de sable, el escudo que es la patria misma, el mapa, que es la heredad sagrada y recortada siempre por los "malos" vecinos -y de paso la desconfianza hacia todos los vecinos). No me sorprende que Romero no sepa qué es el nacionalismo, nunca lo supo ni quiere infectarse con él. Romero, desde su trono en la calle Puán es sumo sacerdote de una religión en la que la Patria no tiene lugar. Patria para él y sus progresistas alumnos es más bien un anacronismo. Para facilitarse la polémica contra un revisionismo que sólo parece haber estado presente en la solitaria pregunta de un oyente, quiere disminuir ese pensamiento adjudicándole aspectos caricaturescos. Y para colmo habla de "la historia de los pueblos", que según él es la verdadera. ¿De qué pueblo habla? ¿Del que discurría su tiempo en los salones principalmente porteños (y por cholulismo en algunos de provincia)? ¿Del de "la gente de posibles? ¿Del de la gente "culta"? ¿Del club del Progreso, el Jockey, el club del Orden de Santa Fe o el salteño 20 de febrero? ¿O serán los señores de las logias? ¿O directamente la cámara de comercio británica, de donde antaño salían las candidaturas?. Sí, de acuerdo, eso también es pueblo, como también son los orates de las casas de salud o los presos de las cárceles. Pero tal vez los orates o los presos sean más pueblo, ya que ellos no se sienten superiores con derecho a mandar ni han repudiado a "la chusma ígnara". Pero por ellos, por esa clase social que se cree dirigente pero en realidad es sumisa a sus verdaderos directores, que son sus empleadores o dispensadores de favores oficiales, esa clase social orgullosa de su pertenencia a camarillas clubes o logias, y temerosa a su vez que estos círculos los "desclasen", por lo que cumplen con sus ritos, modas y lenguaje para seguir "figurando". Por esa clase social es el exclusivo y único camino por donde siempre transitó "la historia oficial"; que para Romero y los académicos la "verdadera". Los otros, los gauchos, los que no tenían más padrinos que sus caudillos, tan perseguidos como ellos, solo les cabía el orgullo de morir en el desigual encuentro de la montonera y los Remington. Porque si allí no morían eran lisa y llanamente asesinados, como fueron los prisioneros degollados en Cañada de Gómez por asesinos contratados en Italia. ¿Cuántos? No es aventurado el cálculo de que entre 1861 (Pavón) y 1878 (conquista del desierto) murieron la mitad de los gachos de la campaña. Esto es muy serio y no es "académico". El genocidio fue ignorado por la historia. Oigamos nuevamente a Sarmiento: "Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier numero que sean" (año 1868). "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos". Y a Mitre: "Hemos jurado con Sarmiento que ni uno solo ha de quedar vivo" (Mitre en 1852). Los criollos murieron, sus mujeres fueron a los prostíbulos militares o a servir en las casas de gente "bien" y sus campitos y majadas repartidas como botín de guerra. La otra mitad se calló definitivamente la boca y pasó a malvivir como compadrito o peón de a caballo. El escalón que ocupaba fue habitado por los gringos inmigrantes, no ya las "razas viriles" -rubios de ojos azules- que soñaran los padres de la patria sino laboriosos agradecidos y sumisos tanos y gallegos, que si traían alguna rebeldía era reflejo de viejas luchas de Europa, casi inaplicables en nuestra inmensidad. Pero sus hijos comprendieron y amaron a ese taciturno sufrido y despreciado gaucho. Y juntos un día volvieron. Si está suficientemente probada y nunca fue desmentido que hubo una confesada intención de tergiversar la historia, ¿por qué la mantenemos vigente? ¿Por qué Luna opina que los revisionistas hoy académicamente no existen? ¿Fueron rebatidos? ¿Por quién? ¿O es que no existen porque el único revisionista que alguna vez dejaron entrar a la academia de la historia fue el fallecido Guillermo Furlong, tal vez porque su sotana de jesuita no dejaba ver su cachiporra de nacionalista? Hay algo podrido en Dinamarca. No seremos nunca nada ni iremos a ninguna parte si no sabemos quienes fuimos. Tuvimos paralelismos enfermizos en la historia. Recordamos a alguien que llegó disfrazado de Facundo Quiroga y se retiró parecido a Urquiza.Como dijo un oyente, tal vez Quiroga fuese teóricamente unitario pero era patriota. Su clon, por el contrario no era ni lo uno ni lo otro. Con este ejemplo vemos que de una historia amañada y poco creíble no puede sino surgir una confusión. Una historia así no imprime carácter de nación, es simplemente un problema sicológico que produce monstruosidades, Desde una historia así no se parte hacia ningún destino. Una patria que no se asiente en su historia es solo un sitio en el mundo. La diferencia entre un sitio y una nacionalidad es similar a la que hay entre una casa y una familia. Tal vez la "Academia" sirva alguna vez para vernos como una nacionalidad, llámese argentina o suramericana. Mientras siga siendo un club exclusivo, unívoco y refractario a todo lo que huela a revisionista, o peor aún, a nacionalista seguirá siendo un Olimpo demasiado lejano del suelo. O si se quiere del pueblo.
Fuente: www.nacionalypopular.com